Tiempo de compartir

La solidaridad hace parte de la vida cuando se aprende desde la niñez. Esta Navidad puede ser la oportunidad de inculcarles a sus hijos lo maravilloso de compartir con los demás. Un valor que debe quedarse con ellos para siempre. Depende de su ejemplo.

Compartir a veces cuesta y más cuando en la niñez no se aprendió. Lo preocupante es que el egoísmo empieza en el hogar. Así lo corrobora la psicóloga Beatriz Parra, quien define la solidaridad como el antónimo de las actitudes individualistas. No es raro encontrarse con adolescentes que solo piensan en sí mismos y, más tarde, con adultos tercos e intolerantes que nunca quieren colaborar ni son capaces de trabajar en equipo.

Y lo peor es que si un niño no es solidario y generoso con sus hermanos, su familia y su entorno, tampoco podrá serlo con los demás. Pero, ¿qué es solidaridad? Es un sentimiento, “un valor a través del cual las personas se sienten y reconocen unidas y compartiendo las mismas obligaciones, intereses e ideales y conformando además uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta la ética moderna”, según el diccionario Definición ABC sección Social.

Lo cierto es que las personas adultas son el modelo a seguir de los niños y por eso deben promover valores como justicia, respeto, amistad, empatía, sensibilidad y conciencia de ayudar al que le hace falta, todos relacionados con la solidaridad.

Desde las primeras semanas de vida, papá y mamá encontrarán las claves para conocer a su hijo y entenderán las señales que él les envía, identificando las características que lo hacen un ser único. Así mismo, el niño empieza a reconocer a su papá, mamá, abuelos, personas de la familia y amigos frecuentes. Lo mismo hará con su entorno y sus juguetes. “En estas etapas la enseñanza está a cargo de los padres y cuidadores del niño, que empieza a dominar su entorno, reconoce su objeto gratificante y sus juguetes que no comparte mucho, solo en visitas y juegos familiares, presentándose los primeros desacuerdos”, comenta la psicóloga Catherine Bayer Prince, directora de Consejeras de Crianza.

Un proceso…

Desde los dos años, el niño es consciente de lo que está bien hecho y de lo que no. Ya sabe lo que consigue con el llanto. Del año a los tres años vive en su propio mundo: “Mis juguetes, mi mamá, mi papá. Ahí es cuando los padres le deben decir: “Préstame tu muñeco”, “dame un pedacito”, “toma de mi galleta”, “miremos cómo sigue tu hermanito que está enfermo”, e invitarlo a la solidaridad y a la generosidad a través de los modelos de la casa para que tenga conciencia y asimile lo que significa contribuir, colaborar, ayudar y ser generoso”, aconseja Beatriz Parra. “Desde temprano debe aprender a ponerse en los zapatos del otro”, agrega.

A los tres años de edad, los niños empiezan a entender el concepto de propiedad, por eso es importante aclararles que cada cosa tiene su dueño y que cuando se quiere algo que es de otro, hay que pedir permiso. También deben aprender que el propietario puede decir sí o no, entendiendo que hay cosas que se comparten y otras que no.

Entre los cuatro y los cinco años de edad, los niños entienden la importancia de compartir con otros. Se dan cuenta de que trae ventajas como tener amiguitos y divertirse con ellos. Así reconocen los límites y empiezan a entender cuáles son sus juguetes o útiles y cuáles son los de los demás.

“En ese momento el educador y los padres deben enseñarle a compartir y decirle con ejemplos vivenciales como: ‘Si tú le prestas la muñeca a Simón, él le puede prestar el carro a Luna’, recordemos que los juguetes no tienen género. A su vez, los padres deben invitar a sus amiguitos a la casa para enseñarles a prestar sus juguetes y que los niños que vienen de visita traigan los suyos para que en este intercambio sepan que todos pueden disfrutar y compartir los juguetes, reconociendo a quién les pertenecen”, recomienda Bayer.

Así mismo, los padres deben ser ejemplo de socialización y solidaridad en las actividades cotidianas; hacerlo permitirá que los niños adquieran estos valores. Cabe recordar que los niños aprenden por imitación y repetición en las actividades cotidianas. “Si se les enseñan límites con amor a temprana edad, aprenderán a respetar que lo mío es mío y que lo de los otros es de otros, que yo presto y tú prestas”, añade Prince.

No todo…

Al inculcarle al niño lo bueno de compartir, también conviene aclararle que no tiene que darlo todo, porque así puede caer en abusos por parte de otros en el colegio, por ejemplo. Beatriz Parra recomienda que la mamá le explique que puede compartir sus onces, pero no entregárselas a quien se las quiere quitar.

También puede prestar sus útiles y si ve a un niño más pequeño que necesita ayuda, lo ideal es que se la pueda brindar.

Algunas veces la solidaridad lleva al altruismo, que significa procurar el bien de los demás sin interés alguno y a costa de los propios intereses.

Empezar en casa

Los niños sobreprotegidos, que dependen de sus padres para todo y que no colaboran en el hogar, difícilmente serán capaces de ayudar a los demás. Aunque suene increíble para muchos, según Parra, deberían tener hábitos como por ejemplo tender su cama, ayudar en las tareas de la casa, regar las plantas y preocuparse por su higiene personal. “La familia debe inculcarles que ni la solidaridad ni la generosidad dependen del dinero, sino que nacen del amor por otras personas”, enfatiza.

Inculcarles a los niños que deben ser solidarios y capaces de compartir es clave en la crianza para aprender a vivir en sociedad y trabajar en equipo, pero para lograrlo ellos deben ver que sus padres se preocupan por los demás, que son capaces de pensar en los otros, de dedicarles tiempo y de dar.

En los más pequeños, los gestos de solidaridad parten de actos como saludar a los demás, preguntar cómo está el otro, si necesita ayuda, compartir con más niños, compañeros de clase, amigos, familiares y no solo de lo que les sobra, sino de lo que tienen, inclusive lo que más les gusta. También deben hacer el ejercicio de pensar en lo que pueden necesitar los demás y en ayudar sin esperar nada a cambio.

 Para enseñarles

Compartir es un proceso largo que no debe ser obligado para los niños, más bien hay que motivarlos y nunca compararlos con otros. Aquí están algunos ejercicios propuestos por la psicóloga Bayer:

– Los padres pueden sentarse con sus hijos en un círculo y rotar juguetes a medida que los describen. Al final nombrarán el dueño del juguete y se lo entregarán.

– Para que sean solidarios, es bueno llevarlos a un almacén para que ellos elijan un juguete, explicándoles que se lo regalarán a un niño que lo quiere y que no tiene tantos como él. Esta época del año es ideal para llevar a cabo este acto.

– Al organizarle su fiesta de cumpleaños, hay que explicarle que sus amiguitos le traerán regalos y en agradecimiento él les dará un regalo, la sorpresa, de esta manera el niño aprenderá a agradecer a los otros niños.

– Un error común que cometen los padres es decirles a los niños que todo es de todos, pues deben aprender que las cosas sí tienen un dueño y que cuando se quiere algo, hay que pedir permiso. Y, además, entender que el propietario puede decir que no. Así deberán aprender las dos experiencias: la de sentir el agradecimiento del otro ante su generosidad o el rechazo del otro ante la falta de esta o, el placer de compartir.

– Si el niño no comparte sus cosas, los padres pueden negarle algo que normalmente le darían para que entienda que si no es generoso, los demás tampoco lo serán. Pero no hay que obligar al niño a compartirlo todo. Los demás deben respetar sus cosas y sus decisiones.

– Ver películas que transmiten valores o leerles historias sobre personas solidarias puede ser igualmente de utilidad.

– Si el niño ya está en el colegio, los padres pueden animarlo a ayudarle a su compañero que tiene dificultades en alguna materia o que le cedan el puesto a los mayores en el bus. Por cosas pequeñas empiezan los grandes cambios.

Por: Ana María Gómez Campos

Con la asesoría de Beatriz Parra y Catherine Bayer Prince

Psicólogas clínicas de adolescentes y niños