Tareas escolares: que no se conviertan en un castigo

Tareas escolares: que no se conviertan en un castigo

Aunque son blanco de críticas, bien concebidas las tareas escolares en casa aumentan la autonomía, refuerzan los conocimientos, estimulan la creatividad y crean hábitos. Nunca deben convertirse en un castigo.

Por: Luis Carlos Ochoa Vásquez
Pediatra puericultor de la Universidad de Antioquia
Profesor titular de la Facultad de Medicina de la UPB

Las tareas escolares para hacer en la casa constituyen un asunto que ocasiona muchas discusiones en hogares, escuelas y colegios. Lo más preocupante es que por desinformación, falta de conversación e ideas preconcebidas se han vuelto un verdadero dolor de cabeza para padres de familia, maestros y estudiantes.

El objetivo

La revisión de la historia de las tareas escolares revela que en un primer momento se impusieron en el aparato escolar como una forma de castigo. La crítica a este modo de concebirlas, así como los progresos de la pedagogía, llevaron a que se concibieran como un medio para el logro de un mayor rendimiento académico. La percepción que se tiene en Colombia es la de que aunque se sostenga que solo persiste el concepto academicista, en el imaginario colectivo hay una mezcla de los conceptos disciplina y de logro académico. Sobre la pertinencia de las tareas escolares para hacer en la casa, muchos adultos afirman que no tienen justificación, ya que si la jornada en la escuela o colegio es de seis a ocho horas diarias, entonces no serían necesarias.

Otros dicen que estas son simplemente disculpas de los maestros para eludir sus responsabilidades o que las imponen como castigo a sus alumnos cuando ellos se comportan mal en clase. Las tareas escolares para hacer en la casa son privativas del aparato escolar a partir del primer año de primaria, lo que implica que los niños de guarderías y jardines infantiles no deben tener tareas para hacer en la casa. Si bien es cierto que en ocasiones se dan circunstancias negativas, realmente las tareas, en su más sana concepción, tienen objetivos muy específicos y altamente positivos en el  desarrollo de la niñez y la adolescencia.

Entre muchos de los objetivos de las tareas, los principales son:

• Fomentar la autonomía:  se trata de una actividad que la deben hacer quienes tienen la responsabilidad, con la mínima participación de los adultos. Así se aprende a tomar decisiones y a afrontar las consecuencias de los actos.

• Estimular la creatividad:  dónde consultar, qué materiales usar, dónde conseguirlos, cómo presentar un trabajo, qué formulas usar en un problema son, entre muchos, los retos que se deben afrontar ante una tarea.

• Reforzar conocimientos:  en la mayoría de las veces el maestro desarrolla en su clase los puntos básicos de un tema. Con las tareas se logra ampliarlo o se llega a comprenderlo mejor.

• Desarrollar aptitudes y habilidades: cuando las tareas son apropiadas para las capacidades según la edad, permiten hacer evidentes habilidades diversas. Pintar, redactar, resolver problemas matemáticos, hacer trabajos manuales,aprender a sintetizar y extractar las ideas principales de un escrito, así como organizar actividades en grupo, son elementos valiosos que les permitirán a los niños encontrar las herramientas necesarias para afrontar lo cotidiano.

• Ayudar a construir y reconstruir la autoestima y la felicidad:  con la idea negativa que tienen muchos adultos (por su experiencia personal de la niñez y la adolescencia) este objetivo les parecerá contradictorio o poco menos que imposible de lograr. Pero es que se olvida que a los niños, niñas y adolescentes les encantan los retos y los desafíos. Además, tienen una gran imaginación y una visión transparente del mundo, que si no se les deforma, los harán capaces de hacer sus responsabilidades como debiera ser: una actividad agradable, placentera, en otras palabras, como un juego. A nadie se le olvida el enorme placer y la gran satisfacción que siente el niño de 3 ó 4 años cuando les entrega a sus padres el primer trabajo que hizo en el jardín infantil. O la expresión de la niña cuando, al darle a su mamá la tarjeta del Día de las Madres, dice toda orgullosa: “La hice yo sola”.

Con estos ejemplos es clara la enseñanza de que la felicidad auténtica está en el ser y en el hacer, no en el tener. Se comprenderá que no es ilógico buscar que el hacer las tareas sea realmente un motivo de felicidad.

• Crear hábitos:  de manera muy simple podría afirmarse que la crianza  se basa en la formación de hábitos: bañarse, vestirse, cepillarse los dientes, tomar los alimentos, acostarse y levantarse a unas horas determinadas, las cuales se van adquiriendo de manera natural y progresiva. Pues, de igual forma, el hábito del estudio, así como el de la lectura, deben estar en esta misma categoría. Si los niños y niñas van incorporando de manera gradual estas actividades en su vida diaria, las asumirán con la misma espontaneidad como hacen las ya mencionadas. Pero, para ello, se deben criar en un ambiente en el que leer y estudiar sea algo habitual. En otras palabras, el ejemplo es fundamental. No se puede olvidar que en la niñez es fundamental la imitación, es decir, se hace lo que se ve hacer a los padres y a otros adultos que sean significativos.

Características de las tareas

Según la psicoorientadora escolar Patricia Diazgranados, hay tres características que deben tener las tareas escolares para que puedan cumplir con los objetivos académicos que pretenden:

• Deben ser pedagógicas, es decir, que el docente tenga una intención clara respecto a lo formativo y al desarrollo cognitivo cuando las asigna.

• Deben ser cortas, de tal modo que el estudiante no tenga que cumplir casi doble jornada de trabajo escolar: la del colegio y la de las tareas agobiantes que no les dan tiempo para jugar, estar en familia y con sus amigos.

• Se deben considerar como una estrategia para formar la rutina del trabajo personal que ayudará en la adultez a cumplir con las responsabilidades personales y laborales.

Cuando los padres son conscientes de estas características deben exigir que las tareas que les ponen a sus niños, niñas o adolescentes las cumplan, para que se puedan conseguir con ellas los mejores resultados.

El ambiente en la casa

Para aprovechar al máximo el estudio se requiere un ambiente físico y emocional adecuado. Se necesita un sitio tranquilo, alejado de las áreas de más ‘tráfico’ de la casa, que no esté cerca del teléfono, el televisor o la puerta. En otras palabras, en un espacio donde haya la menor distracción y ruido posibles. Si no se dispone de una biblioteca o salón de estudio, puede ser el mismo dormitorio o aun la mesa del comedor, pero que sea siempre el mismo lugar, en el que se disponga de los elementos mínimos (sacapuntas, lápices, papel, textos de estudio, borrador, etc.), para evitar las constantes interrupciones buscando estos objetos por toda la casa. Se debe tener una mesa o escritorio con un asiento cómodo, con espaldar y apropiado para su altura. El sitio debe ser bien ventilado, que le permita la entrada de la luz por el lado opuesto de la mano con que escribe; así, si el niño escribe con la mano derecha, la luz debe llegar por el lado izquierdo o de frente, no por el lado derecho. Tan importante como el ambiente físico es el emocional. Es necesario un ambiente de tranquilidad, sin presiones, estableciendo un horario fijo, pero no muy intenso. Lo ideal es que se intercale el tiempo de estudio con momentos de juego, entretención o descanso.

Es más útil distribuir el tiempo así que hacer las tareas en forma continua, como jornadas agotadoras de dos o más horas, que son, a todas luces, inconvenientes. La astucia de los padres juega mucho en este aspecto, pues si se sabe distribuir bien el tiempo, se evita enfrentar las tareas con el juego, la televisión o el teléfono. En otras palabras, que todo el mundo comprenda que estas actividades no son enemigas del estudio  y que hacen parte de la vida diaria de los niños, niñas y adolescentes. Al conciliarlas con las tareas, el niño no deformará su idea de estas. Por otra parte, es necesario que los adultos respeten cada momento, tanto el del juego como el del estudio.

La función de los padres

Los adultos no tienen que hacer las tareas con sus hijos. Esto hay que decirlo de manera tajante y categórica. Con las mejores intenciones y con un “espíritu de sacrificio” mal entendido, muchos padres se sientan con sus hijos a estudiar o, peor aún, a hacerles ellos mismos las tareas, cayendo así en la tan nociva sobreprotección o inculcándoles un inapropiado sentido de competencia: “Tienes que ser el mejor de la clase, así como lo fui yo”. La verdadera función de los adultos acompañantes (papás, mamás, hermanos, tíos, tías, abuelos, abuelas) en las tareas escolares, además de facilitar el ambiente propicio para el estudio, como ya se mencionó, es la de acompañar con afecto y respeto a los niños, niñas y adolescentes en esta labor. Que ellos sepan que cuando tienen una dificultad pueden contar con sus adultos.

Se debe responder positivamente a sus inquietudes con comentarios estimulantes, como: “Eso está muy bien, creo que hay un error en esta operación, ¿quieres que la revisemos juntos? o ¿que tal si lo haces de esta manera?”. Lo contrario, hacer correcciones con sarcasmos, ironías o sermones, solo consigue frustraciones a su esfuerzo y duros golpes a la autoestima. Al finalizar el estudio, se debe preguntar si hubo alguna dificultad, si desean mostrar lo que se hizo o si requiere alguna ayuda. Los adultos impositivos o sobreprotectores, o aquellos que entienden el estudio con el criterio de premio y castigo, no solo entorpecen el normal crecimiento intelectual, sino que, a la larga, solo conseguirán que se asuman el estudio y las tareas como algo tedioso y aburridor.

Otras recomendaciones:

• No basta con pagar el colegio y comprar los útiles y textos. Es necesario conocer los maestros, así como asistir y participar en las reuniones de padres de familia.

• Se deben mostrar con hechos y ejemplos las ventajas de aprender, deducir, buscar alternativas y opciones distintas a las convencionales.

• Es necesario aprovechar la natural curiosidad e iniciativa de los niños, niñas y adolescentes para que se despierte el espíritu investigativo.

• Es fundamental involucrar las tareas escolares y los asuntos de estudio en las conversaciones diarias de la familia, así como relacionarlos con las noticias o artículos de prensa o programas de televisión. Así se verá que lo que se hace y estudia es valioso e importante.

• Nunca se deben utilizar las tareas escolares o el estudio como castigo.

• Nunca se debe castigar por no hacer bien las tareas escolares en la casa: esta es una función del magisterio, el cual debe aprovechar la situación para enderezar el cumplimiento de los objetivos.

• Cuando los niños, niñas o adolescentes se niegan a hacer las tareas escolares de nada sirve el castigo. Hay que analizar, siempre en compañía de los maestros, cual es la razón de la negativa y, de común acuerdo, buscar la solución.

• En resumen, los padres y maestros tienen el gran reto de mostrar a los niños, niñas y adolescentes que estudiar y leer es tan bueno como jugar o estar con sus amigos.