“Somos lo que comemos y seremos lo que comimos”

La alimentación ha constituido en el devenir de la historia un encuentro entre la biología y la cultura.  La gran mayoría de los procesos evolutivos de nuestra especie han estado relacionados con cambios en las costumbres alimentarias, que nos han llevado a convertirnos en omnívoros en un periodo de tiempo relativamente corto, lo que ha tenido consecuencias funestas para la salud humana, habida cuenta de que estos procesos no han podido acompañarse de los cambios genéticos necesarios para una buena adaptación, lo que se traduce en riesgos importantes de tipo cardiovascular que afectan tanto la calidad como la duración misma de la vida.

Mucho más allá de lo instintivo, la alimentación humana involucra elementos emocionales y afectivos que hacen de este proceso una condición compleja, donde conceptos como hambre y apetito le confieren al mismo nociones subjetivas, donde la necesidad y el goce se entrecruzan a veces de manera imperceptible.

“Somos lo que comemos” han dicho tradicionalmente los expertos y “seremos lo que comimos” se afirma en los nuevos tiempos, al querer llamar la atención sobre la importancia que unos buenos hábitos alimentarios tienen para la formación estructural y funcional del organismo humano, además de la necesaria relación con la calidad de vida en la adultez y en la vejez, en consonancia con corrientes universales del pensamiento actual, que se refieren al derecho de “envejecer sanamente” que tienen las personas.