Si puedo leer, puedo imaginar

Un día cerré los ojos y me levanté soñando despierta. Algún acorde mágico me arrebató un velo de la memoria y me encontré como una niña emprendiendo un largo viaje por mis pasiones y amores más profundos. La música y los libros infantiles revoloteaban en mi cabeza. Esa mañana decidí que mi vida como pediatra debía llevar siempre de la mano notas musicales, arrullos, poesía y tantos cuentos como en mi memoria e imaginación cupiesen. Prometí que a cada niño que viera le hablaría con rima, entonaría canciones y lo abrazaría con mis brazos y mi alma. 

La poeta estadounidense Emily Dickinson eternizó una frase que resume la fruición inherente que llegan a provocar los libros: “Para viajar lejos no hay mejor nave que la lectura”. Y es que, sin lugar a dudas, a través de los libros, y más aún hablando de la literatura infantil, el niño o adolescente le abre paso a su imaginación y fantasía, permitiéndose ser otro sin dejar de ser él mismo, logrando viajar a mundos remotos, conocer diversidad de culturas, dialogar con los amigos de la naturaleza, embarcarse en fantásticas travesías e, incluso, reconocerse a sí mismo en otros personajes.

A pesar de las maravillosas ventajas mencionadas, el hábito de la lectura no hace parte de la rutina de muchos niños y jóvenes con frecuencia, pues aparenta ser poco divertido. A partir de la última Encuesta Nacional de la Situación Nutricional en Colombia (ENSIN 2015), se evidencia que entre siete y ocho de cada diez escolares o adolescentes pasan tiempo excesivo frente a las pantallas (más de dos horas al día), dedicando su tiempo libre a ver televisión o jugar con videojuegos, lo cual no solo atenta contra su salud y bienestar nutricional, sino que, además, hace que deje la lectura en un segundo o quizá último plano.

Parte de la responsabilidad de ello está en las familias, pues sabemos que el desarrollo de las potencialidades y capacidades del niño, que se dan en gran medida durante los primeros tres a cinco años de vida, se fortalecen si los padres, cuidadores o adultos acompañantes están dispuestos y
disponibles, de tal modo que a través del ejemplo (vale la pena recordar la frase “la palabra convence, pero el ejemplo arrastra”) y un acompañamiento afectuoso e inteligente, logran inculcar desde temprana edad el amor por la lectura, la creatividad y las artes.

Cuando nos adentramos en el mundo de la literatura infantil en Colombia, encontramos a autores como Beatriz Helena Robledo, narradora, ensayista y profesora colombiana, que considera que el término literatura ™es una manifestación del arte que llama a la imaginación, a la sensibilidad y a los sentimientos del lector∫. La primera infancia es una etapa gobernada por los sentidos; la estimulación de estos le otorga al niño la información necesaria para comprender y adaptarse al mundo que le rodea. El niño necesita oír, oler, chupar, morder, tocar, moverse y, lo más importante, comunicarse. Así, la literatura infantil busca dar respuestas a las necesidades propias de los niños. Más allá de una función estrictamente formativa, tiene como función primordial la de promover en ellos el gusto por la belleza de la palabra, el desarrollo de la imaginación y la creatividad, y el placer ante la creación de mundos posibles.

Es así como se abre paso a la fantasía. Para Mercedes Falconi, escritora ecuatoriana, “los cuentos son un puente sobre el abismo entre la vida real y los sueños”. La fantasía le permite al niño creer en los personajes de los libros, vivir aventuras, compartir sus victorias y fracasos, sin olvidarse de la realidad. A ese ser real que es el niño se suma otro, el que a través de los libros sale de viaje.

Cabe resaltar la vigencia perenne que tiene la literatura infantil de tradición oral, pues no solo tiene importancia como manifestación cultural, sino que también involucra la emocionalidad del niño, su desarrollo intelectual y afectivo. La palabra “tradición” viene del latín trado, que significa entregar y “recordar”, que también viene del latín recordari y significa “volver a pasar por el corazón”. ¿Cómo no
recordar con emoción y nostalgia aquellas `nanas’, el dulce arrullo materno mientras con ritmo lento se entonan cantos, rimas, estribillos? Ana Pelegrín, especialista en literatura de tradición oral y poesía infantil, expresa acertadamente: “Cuando el niño va a dormir, la palabra de la madre-padre es también palabra-contacto, palabra-piel, palabra-pelo”, lo que para mí tiene una validez asombrosa.

Luego, en la medida en que el niño crece, aparece la literatura a través del juego. Margaret Meek, escritora e investigadora londinense, afirma que el juego es el texto compartido, es la primera literatura de un grupo social emergente que explora los límites de su mundo común. Así, los juegos lúdicos de palabras, retahílas, adivinanzas, trabalenguas, estribillos, son incorporados por la literatura infantil como manifestación de esa cultura de la niñez.

Sin duda, el niño va sintiendo encanto con el lenguaje, con las palabras desconocidas, con las onomatopeyas, con las palabras sonoras. Al niño le gustan las palabras con ritmo, las palabras contadas y cantadas; las repite, les cambia su estructura, su sentido. Llega a la incoherencia con felicidad. Esa incoherencia que, para Miguel de Unamuno, filósofo y poeta español, “es otra expresión de creatividad”.

Podemos evocar, entonces, rondas como “A la rueda, rueda”, “Aserrín-aserrán”, “El puente está quebrado”, “Sol solecito” y “Arroz con leche”, cuyos versos son imborrables. Permanecen, en algunos casos, dormidos, pero jamás olvidados. Se avivan al sonido de un acorde mágico que aparta el velo que el tiempo puso sobre la memoria de aquellos años de infancia.

Vuelven a mí también a la memoria tantas imágenes, dibujos, colores, caricaturas que leí y me leyeron, y que nos cuentan en silencio tanto… Aldo Antonelli, en una de sus ilustraciones, expresó que: “Leer es como volar, pero para adentro”. Para mí, leer permite darle más color al vuelo que es la vida. Vamos a intentar volar entonces con algunos libros:

*Vuelo en diente de león (desde antes de nacer hasta los 3 años)

En esta primera etapa la mente del niño será suavemente mecida por el viento amoroso que soplan los padres y cuidadores con los cuentos e historias que comparten, con los poemas que musitan, con los arrullos que entonan días y noches enteras. Esto no solo va incentivando la imaginación y el goce de los libros desde pequeños, sino que, además, refuerza el vínculo afectivo entre padres e hijos, hermanos, abuelos, etc. Mis recomendados son:

  • El libro que canta de Yolanda Reyes.
  • El pollo Pepe de Nick Denchfield.
  • De paseo de Estrella Ortiz y Paloma Valdivia.
  • ¡Guau! de Raúl Orozco.
  • Cuando sea… grande de María Inés Almeida.
  • Mi primer libro de poesía colombiana de Beatriz Helena Robledo.
  • La cebra Camila de Marisa Núñez.
  • Un gorila de Anthony Browne.

*Viajando sobre la libélula arcoíris (de 3 a 7 años)

Al igual que las libélulas, la mente de los niños pasa por un proceso de transformación en el que empiezan a ser partícipes, ya no solo como receptores, sino también como creadores y actores de las historias que irán construyendo a partir de las vivencias e información que han recibido desde cuando volaban como diente de león.

  • Adivina cuánto te quiero de Sam McBratney.
  • Mi mascota de Yolanda Reyes.
  • No te rías, Pepe de Keiko Kasza.
  • Julieta y su caja de colores de Carlos Pellicer López.
  • ¿Qué será lo que lleva ahí? de Claudia Rueda.
  • Choco encuentra una mamá de Keiko Kasza.
  • Un día en la selva de Ella Bailey.
  • Emma y Juan de Amalia Satizábal.
  • Vamos a cazar un oso de Michael Rosen.
  • Aquí estamos. Notas para vivir en el planeta Tierra de Oliver Jeffers.
  • Los cuentos de Willy de Anthony Browne.

*Volando con alas de colibrí esmeralda (de 8 a 12 años)

Si tenemos la fortuna de asomarnos a la ventana y ver posarse un colibrí sobre una flor, veremos reflejados los niños que, como este, disfrutan del dulce sabor de la lectura generalmente de forma individual, batiendo sus alas no solo hacia abajo para mantener el vuelo horizontal por los libros que ya conocen o que leen todos en el colegio, sino también hacia arriba, manteniéndose en equilibrio vertical y empezando a tener un criterio propio a la hora de elegir qué leer. Mis recomendados son:

  • Momo de Michael Ende.
  • El principito de Antoine de Saint-Exupéry.
  • Corazón de León de Antonio Ungar.
  • Zoro de Jairo Aníbal Niño.
  • ¿De dónde vienen los perros? de Francisco Leal Quevedo.
  • Solomán de Ramón García Domínguez.
  • El libro secreto de los monstruos (y de sus miedos) de Lizardo Carvajal.
  • 24 señales para descubrir a un alien de Juliana Muñoz Toro.
  • El bondadoso rey de Toño Malpica.
  • Atlas de los lugares que no existen de Mia Cassany.

*Tripulando alto en un albatros (de 12 en adelante)

Emprendiendo un viaje interoceánico, encontraremos a una de las más grandes aves que surcan los cielos sobre los anchos mares, con poderes de vuelo sin igual y una larga vida por venir. Una vez ha desplegado sus alas, su vuelo no conoce fronteras.

  • El tigre en la vitrina de Alki Zei.
  • ¡Por todos los dioses…! de Ramón García Domínguez.
  • La historia interminable de Michael Ende.
  • La alegría de querer de Jairo Aníbal Niño.
  • Lugares fantásticos de Colombia de Irene Vasco.
  • 000 leguas de viaje submarino y Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne.

¡Y aquí no se acaba este vuelo! Sin duda, la literatura infantil es también para adultos, para las familias y para quien quiera sumarse en este viaje.

Hoy dedico este amoroso viaje por la literatura infantil a mi gran amigo y maestro Germán Ernesto Soto Moreno (Q.E.P.D.), quien me enseñó que no solo debo y puedo leer, imaginar, soñar; sino que también, cargada de amor por lo que hago, revolucionar.

Por: María Alejandra García Cajiao
Pediatra Grupo Puericultura SCP, Regional Bogotá