Si papás y mamás entendieran

Paternidad no es repetición de la identidad paterna y materna, en la mismidad, sino en la diversidad: el hijo no es clon ni fotocopia, sino alteridad, es decir, identidad, vida, existencia y conciencia diferentes.

Engendrar, más que embarazar y parir es personalizar, socializar, despertar la conciencia de los valores, el significado y el sentido de la existencia.

Educar no es ordenar, ni coaccionar, ni imponer, ni formar para repetir lo que ya fue y no es más porque se ha agotado; sino ayudar a descubrir lo propio, lo nuevo, lo diferente, en lo personal, cultural y social.

Acompañar a los hijos en la lucha por descubrir su identidad, su originalidad y su exterioridad con relación a las figuras paterna y materna, y su libertad y autonomía frente al poder estatal, no es asunto de dialéctica, que afirma el progreso por la vía de la negación, sino de interrelación dialógica, que construye la novedad desde el encuentro por medio del diálogo.

Negarse a aceptar que en un período de cambio de época, niños y jóvenes vean el universo y la vida desde una cosmovisión nueva, y encuentren el significado y el sentido de la existencia desde un nuevo paradigma, es inducirlos a la perplejidad y a la confusión.

Obstinarse en que los hijos elijan y actúen según una escala de valores preterida o arcaica, de espaldas a la novedad histórico-social y a las demandas de la nueva cultura, es condenarlos a la fosilización cultural, arcaizante.

Empecinarse en que los hijos actúen dentro del formalismo legal que, en lugar de abrir horizontes, plantear problemas y asumir proyectos, actúa según elencos de culpas y virtudes diseñados de acuerdo con el viejo paradigma existencial, es inducirlos al anacronismo ético.

Rechazar lo otro, lo diferente, lo distinto, lo nuevo que se encuentra en el hijo, es rechazar al hijo mismo, convirtiéndolo en huérfano, condenándolo a lo que Enrique Dussel denomina la “condición orfanal”, generadora de la conciencia de abandono, rechazo, subvaloración y menosprecio paterno, causa radical del resentimiento, la frustración y la violencia.

Para que los hijos puedan discernir, los papás y mamás deben entender, comprender y asumir la radical novedad de la época que viven.

Si los padres y las madres no entienden el mundo en que viven sus hijos, a ellos, por sí solos, les resulta imposible aclarar su identidad, asumir su mundo, y apropiarse, creativamente, de la cultura en que van madurando.

¿Será que la niñez y la juventud del siglo XXI no quieren personalizarse, responsabilizarse, asumir valores, amar y escuchar a sus padres o será que los papás y las mamás del tercer milenio no han podido entender el mundo en que les ha correspondido ser padres?

Alberto Restrepo González 
Educador