¿Separación a la vista? ¡Cuidado con la ‘guerra’ de lealtades!

oidos
0 acciones Twitter 0 Facebook 0 Email -- Buffer 0 0Acciones ×

El duelo entre los padres luego de la separación trae consecuencias injustas para los hijos, quienes sienten que muchas veces deben tomar partido entre uno y otro. Así suelen caer en un conflicto de lealtades fatal para el futuro de la relación y un detonante de estados de angustia y ansiedad. ¿Cómo manejar la situación y salir avante por el bien de hijos y padres?

Para muchas parejas el divorcio no es el fin del conflicto, sino la entrada a un campo de batalla, en el que todo se vale con tal de tener como aliados a los hijos.

No son pocas las ocasiones en las cuales la rabia, el resentimiento y el dolor causados por la situación que generó el rompimiento, bien sea mutuo o por alguno de los cónyuges hacia el otro, llevan a que una mamá o un papá desvirtúe por completo la imagen del ahora ‘contrincante’ ante los hijos, usando como herramienta hablar mal o dejar mal parado a quien se fue de la casa. En otras, se busca sembrar con premeditación el rechazo hacia uno de los padres.

Hoy en día, desafortunadamente hay muchos más hijos de separados de lo que uno quisiera, según la psicóloga María Clara Arboleda, pero es una realidad. Lo cierto es que, sin importar la edad, bebés, niños, adolescentes o adultos jóvenes, siempre terminan afectados. Por ello, lo ideal sería que cada padre tuviera su mundo aparte luego del divorcio; no obstante, la dinámica le hace sentir al niño que debe escoger entre su papá o su mamá y esto lo deprime y le causa ansiedad.

Al respecto, la psicóloga María Elena López afirma que el proceso del divorcio tiene gran impacto para los menores, pues los padres representan la seguridad y el cuidado indispensables para su desarrollo. La mayoría de las veces quedan ‘atrapados’ en el medio y se ven obligados a desempeñar roles de adultos, para lo que no están preparados.

“El niño no siempre tiene claridad sobre el tipo de sentimiento que experimenta. Aunque no exprese abiertamente las emociones, señales como que no hable como usualmente lo hace, esté muy irritable o que se niegue a salir, pueden ser formas de vivenciar el abatimiento”, comenta la experta. De ahí la importancia de que los padres resuelvan sus problemas y les den tranquilidad a sus hijos.

Cuando los hijos se vuelven ‘trincheras’

El conflicto de lealtades es una dificultad adicional a la que el niño se enfrenta con la separación de sus padres. “Muchas parejas mantienen una relación agresiva y sin ningún nivel de respeto por el otro, y el hijo es la ‘trinchera’ de su disputa. Dentro de esta batalla se convierte en mensajero de información y en mediador de los conflictos de sus padres que se agreden y desprestigian”, agrega la especialista.

Esta situación resulta agobiante, pues los pone en la posición de tomar partido por una de las personas que más quieren. Mantener el rencor, la rabia, la inconformidad hace que los niños se sientan afectados y sufran de angustia, desconcierto, estrés y desasosiego. A este fenómeno se le ha llamado ‘alienación parental’ y constituye “una forma de maltrato y de violencia intrafamiliar”, afirma López. Una de sus consecuencias es que los hijos que lo viven empiezan a creer que los problemas solo se solucionan con discusiones acaloradas y así enfrentarán sus situaciones difíciles.

Los niños también pueden experimentar responsabilidad por el bienestar del progenitor que no vive con ellos, por no acompañarlo o por disfrutar sin él.

El conflicto de lealtades surge en los hijos de padres que no han resuelto sus dificultades como pareja y en este proceso los niños son los que llevan la peor parte porque no tienen cómo solucionar las crisis de papá y mamá, pero sienten que deberían ayudarlos.

En el proceso de separación el hijo puede ser usado por cualquier miembro de la pareja para vengarse, siendo puesto en el centro de las disputas. Él, por su parte, inconscientemente cae en el juego con tal de asegurar el cariño de sus progenitores. Pero, ¡cuidado!, porque un niño no debe ser mensajero ni mediador. Tampoco participar en las peleas de los padres ni ser utilizado para castigar a uno de ellos.

Las trampas

En muchas ocasiones la imposibilidad de los padres de llevarse bien hace que la información que deberían compartir sea transmitida al otro a través del niño, lo cual se convierte en una pesada carga que este debe asumir y de la cual no sabe cómo liberarse.

Ni qué decir de quienes hablan mal de su expareja delante del niño y lo ponen en el dilema de fijar una posición, sin saber que lo único que logran es causarle el dolor de ver desprestigiado a uno de sus padres por parte del otro.

Todos estos comportamientos de las figuras paternas afectan el universo emocional del niño, lo sobrecargan y causan cambios drásticos de conducta, explosiones o histerias sin razón aparente, incluso se siente utilizado, frustrado y desorientado; con la sensación de estar perdido en ese ‘nuevo panorama’ que se presenta ante él.

Pero también está el hijo que cae en la ‘trampa’ del padre ‘McDonald’s’, como define la psicóloga Arboleda al que no vive con el niño, le compra todo lo que le pide y nunca le dice ‘no’. “Con su permisividad piensa que va a reponer el daño que ha hecho, situación que es aprovechada en especial por los adolescentes para pedir permisos, carro, ropa y cosas en abundancia. Así, al padre que vive con el hijo le queda la peor parte, pues se convierte en el que impone la disciplina, normas y límites”, dice Arboleda.

La situación resulta peor cuando va acompañada de conflictos económicos, como cuando la mamá no tiene dinero o empleo y, en consecuencia, tampoco cuenta con la lealtad de sus hijos. A ello se suman el dilema de la custodia y los enfrentamientos por las pautas de crianza o por los valores que se les deben inculcar a los hijos.

Los niños siempre son las víctimas

Las parejas, en su mayoría, suelen separarse porque se les acabó el amor, también por dificultades financieras, pero la peor de las causas es la infidelidad, pues el engañado con frecuencia termina por victimizarse, mientras que el supuesto victimario argumenta que “tiene que vivir”.

En cualquier caso, de acuerdo con Arboleda, los niños deben pasar por las distintas etapas del duelo: negación, culpabilidad y, finalmente, aceptación. Pero que este proceso resulte lo menos doloroso posible depende de que la pareja no extienda sus problemas a los hijos. “Muchas veces, ellos se preguntan si fue por su culpa que uno dejó de querer al otro y si lo mismo sucederá con ellos”, indica.

Los más pequeños, por ejemplo, pueden idealizar a su amigo porque “él sí tiene a los padres juntos”. Los adolescentes, en cambio, sienten rabia, vergüenza y, con frecuencia, depresión, que sus padres pocas veces detectan por mantenerse en su ‘guerra’.

Según María Elena López, la relación del niño con el padre que deja el hogar presenta diferentes matices, dependiendo de las circunstancias que motivaron ese desenlace, la edad y la personalidad del niño, la actitud de ambos padres y del manejo del proceso de la separación.

Es probable que el niño extrañe al padre ausente porque le hace falta estar juntos en familia. Estos sentimientos los expresa de varias formas: tristeza, agresividad e incluso apatía. Puede llegar a decirle al padre custodio expresiones que lo hieran y lo hagan sentir menos que el otro. Muchas veces después de añorar y pedir su presencia, decide que ya no quiere verlo.

Y si tiene una nueva pareja…

Otro punto álgico de la situación surge cuando uno de los padres decide volverse a casar o vivir con otra persona, lo cual puede alterar de nuevo el equilibrio de la familia. Mientras la vida de este progenitor se abre para recibir a la nueva pareja y, probablemente a sus hijos, el otro miembro de la expareja también deberá modificar algunas áreas de su vida familiar para permitir a sus hijos recibir, aceptar y desarrollar afecto hacia las nuevas personas que llegan al grupo.

En opinión de María Elena López, para los hijos la naciente etapa produce deslealtad hacia uno de sus padres y de nuevo experimentan el dolor por las pérdidas del divorcio. Pero es indudable que para algunos niños es más difícil enfrentar el nuevo matrimonio que el divorcio de sus padres.

Casi sin poderlo evitar, le surgirán preguntas tales como: ¿Es posible tener dos padres o dos madres?, ¿cómo se puede vivir con tres o cuatro padres?, ¿qué significa la llegada de hermanastros y medios hermanos a mi vida?, ¿quiénes asistirán a los eventos especiales de la familia?, ¿ahora que mi padre se ha enamorado de nuevo me dejará de querer y se olvidará de mí? Son interrogantes que les causan inseguridad y gran temor. Esta confusión les impide entender y compartir la alegría del padre que empieza una nueva etapa de la vida.

Mientras tanto, para la expareja es una etapa de resurgimiento de muchas situaciones y sentimientos no resueltos con el excónyuge. Se requiere tener conciencia de estas emociones y evitar comentarios negativos sobre el reciente matrimonio. Cuando los hijos perciben nuevamente el dolor de uno de sus padres y sienten que su vínculo con el progenitor que se casa corre peligro, culpan al recién llegado del caos que vive su familia y les es difícil acercarse a él.

Encontrar la salida

Es claro que toda manipulación hacia los hijos debe evitarse y eso se logra con sensatez, madurez y amor de los padres para ubicarse por encima de los conflictos y protegerlos sin adjudicarles responsabilidades propias de los adultos. Ellos no deben tomar partido por ninguno.

Por ejemplo, los padres jamás deben discutir delante de sus hijos asuntos de dinero, su custodia o sobre la conducta del otro.

Lograr la adaptación depende de factores como el tiempo que ha pasado desde el divorcio, los cambios económicos y de vivienda que se producen, quiénes se mudarán a la casa del padre y cómo se siente el otro progenitor frente a la decisión.

La aceptación de la nueva situación será directamente proporcional a los cambios que esta ocasione. A mayores cambios y pérdidas más dificultad de adaptación para los hijos y ello se traduce en problemas con la disciplina, las normas, los límites y el desempeño escolar. En casos más graves pueden caer en adicciones y convertirse en quienes no son forzados por la presión de sus padres.

Por todas estas razones, los padres deben hablar con sus hijos y explicarles de forma clara (cuando están pequeños, los ejemplos son una valiosa ayuda) que aunque uno de los padres no viva en la misma casa, no significa que no vayan a estar atentos a sus necesidades, aconseja María Elena López. Para los niños resulta muy beneficioso que el padre con el que viven facilite el diálogo con el otro. Puede ayudarles para propiciar los encuentros, definir las citas, y acordar los tiempos que pasarán juntos.

Cuando papá y mamá pelean con frecuencia es importante que revisen a fondo su comportamiento y se esfuercen por resolver sus diferencias teniendo en cuenta que lo mejor para el hijo es mantener la relación en los términos del respeto, la cordialidad y la decencia. Después de la separación, existen muchos temas sensibles que los llevan a discutir o a tener divergencias. Si esto ocurre, es necesario aclararles a los niños que la responsabilidad no es de ellos.

“La guerra de lealtades no es deseable; por el contrario, los hijos que viven en medio del conflicto pierden la alegría por la vida. El ser humano idealmente debe tener familia, no dos casas; y aunque sus padres se separen, ellos pueden salir adelante y fortalecerse sin entrar en un duelo que por demás es injusto. Los padres deben entender que los hijos son prioridad y nunca caer en el maltrato emocional y verbal”, aconseja Arboleda.

Si a pesar de su amor por los hijos los padres no han logrado resolver sus dificultades, es importante pedir ayuda profesional para buscar diferentes estrategias de manejo. Conviene aceptar la separación como un hecho y hacer un inventario de recursos internos y externos para enfrentar mejor la situación, constituyendo una red de apoyo social con la familia y los amigos.

Los niños solo deben dedicarse a lo que les corresponde para su edad, esto es, estudiar, jugar y asumir las responsabilidades propias de la etapa que están viviendo.

Por: Ana María Gómez Campos

Con la asesoría de las psicólogas María Clara Arboleda y María Helena López

0 acciones Twitter 0 Facebook 0 Email -- Buffer 0 0Acciones ×