Rivalidad entre hermanos

Por: Francisco Javier Leal Quevedo
Pediatra puericultor – Magíster en Filosofía

“Dos hermanos, ya adultos, casados y con hijos, reconocieron que, aunque se amaban, siempre había existido entre ellos rivalidad. Ya que se amaban de verdad, se pusieron un día a pensar en cómo hacer para superar esa excesiva tendencia a competir entre ellos. Se dieron cuenta de que eran rivales desde pequeños y de que sus padres tenían preferencias diferentes por cada uno; además, en la casa y en el colegio los habían comparado siempre: ‘tu hermano es más hábil que tú’, ‘no te vayas a dejar ganar, como siempre’. Luego de reconocer el problema, la relación entre ellos mejoró notablemente: entre otras soluciones, se propusieron no comparar a sus hijos entre sí”.

Cuando dos o más personas conviven, es natural que surjan conflictos: la convivencia entre hermanos no es la excepción. El mejor libro de crianza es la recordación y evaluación de nuestra propia crianza, por lo que, para comprender bien la rivalidad entre hermanos, es útil recordar siempre cómo fue nuestra niñez: ¿peleábamos?, ¿nos apoyábamos?, ¿alguno de los hermanos era el consentido?

La rivalidad y los celos entre hermanos son un hecho normal, en cierta medida, inevitable. Hay que afrontarlo con inteligencia, sensibilidad, cariño y buen humor. El núcleo fundamental de estos conflictos no suelen ser los objetos, como, por ejemplo, los juguetes, es la competencia por el afecto y la preferencia de los padres.

Como padres, no debemos “echar leña al fuego”, no es conveniente comparar, pues hacerlo es promover la rivalidad; es olvidar que cada hijo es único e irrepetible y que, con seguridad, cada uno tiene sus fortalezas y debilidades.

Cuando un niño está celoso es conveniente animarlo a que se exprese francamente; no debemos censurarlo ni disgustarnos cuando expone sus puntos de vista, sus quejas y reclamos. En el fondo, lo que está pidiendo es ser tenido en cuenta, está solicitando afecto, tiempo y espacios compartidos. Luego de escuchar su punto de vista, debemos alentarlo a que pensemos junto con él en las posibles soluciones, sin olvidar que son los niños quienes deben darle fin al problema que existe entre ellos y que los adultos deben promover ello, sin interferir.

La forma de resolver los conflictos entre hermanos es la misma que se utiliza para darle solución a los creados con cualquier otra persona, esto es: escuchar para identificar el problema, analizarlo, generar soluciones, elegir lo mejor para todos, y establecer compromisos. Después debemos revisar los resultados.

Todos tenemos responsabilidad en el conflicto y en la búsqueda de arreglos o acuerdos: es estéril investigar obsesivamente en cada caso quién tuvo la culpa, pero tampoco debemos apresurarnos a culpabilizar y reprender. No es conveniente dejar un conflicto sin remediar. Debemos propiciar que ellos participen en la solución, no imponerla.

Los padres deben ser el ejemplo

Como los niños aprenden por imitación de sus modelos, ellos ven cómo arreglamos nuestras desavenencias de pareja: si escuchamos, si nos ponemos en el punto de vista del otro, etc. Además, los conflictos son excelentes oportunidades de aprendizaje. Los padres enseñamos a los hijos con nuestra propia vida, el trabajo principal es el que hacemos sobre nosotros, pues transmitimos lo que somos de verdad.

Muchas de las rivalidades surgen porque el niño percibe o cree percibir que otro es el preferido de los padres. Tener afinidad mayor con un hijo, que para muchos padres parece inevitable, no significa ser injusto con los demás: a cada uno debemos darle según sus necesidades y nuestras capacidades; debemos tratar a todos nuestros hijos con justicia y equidad, recordando que no son iguales, son distintos, pero igualmente importantes.

Nunca debemos hacerle sentir a un hijo que sus necesidades son menos importantes, por ejemplo, ante la realidad: “No puedo comprarte el balón porque tu hermana necesita zapatos”, deberíamos decirle que su petición figura también en nuestra lista, pero que, a veces, unas necesidades son más urgentes que otras.

Cada niño necesita atención personal y que le dediquemos un tiempo exclusivo: hacer sentir a cada hijo que es amado, ni más ni menos que sus hermanos, de forma única, va a disminuir las rivalidades entre los hermanos.

Tampoco hay que dar por hecho que los hijos van a ser inseparables, solo porque son nuestros hijos: entre los seres humanos de igual forma existen corrientes de afecto que no se pueden programar de antemano. La relación entre dos hermanos es, ante todo, asunto de ellos y, por lo tanto, son ellos los que deben decidir cómo la manejan, haciéndoles siempre notorio con nuestro ejemplo que es más importante compartir que competir.

Nuestra función de padres es crear una atmósfera de equidad, comprensión y afecto para que florezcan los vínculos entre todos los miembros de la familia.

Recomendaciones

  • Cuando interactúen con sus hijos recuerden siempre cómo se llevaban con sus hermanos en la niñez: ¿se apoyaban?
  • Recuerden si alguno de sus hermanos era el consentido y qué relación tienen ahora, como una excelente manera de entender la rivalidad entre sus hijos.
  • Procuren darle a cada hijo según sus necesidades, con justicia.
  • Nunca comparen a sus hijos entre sí ni con otros niños.
  • Nunca ignoren las rivalidades entre hermanos: analícenlas para buscar la causa real e intenten una solución de conjunto.