Riesgos y conductas de riesgo de los adolescentes

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Vivir implica necesariamente afrontar incertidumbres y correr riesgos, y cada persona, conforme a su historia individual, desarrolla su propia capacidad de hacerlo.

Durante la niñez, el medio familiar asume, en buena medida, la función de protección ante los riesgos y las incertidumbres. Pero, según se explicó, como parte del proceso normal de desarrollo, el adolescente necesita salir de su medio familiar y afrontar de manera más autónoma las nuevas situaciones que se le plantean.

Explorar nuevos ambientes y situaciones, tomar decisiones, descubrir y ejercitar las nuevas funciones y posibilidades que su desarrollo le ofrece, exige afrontar riesgos. Esto es necesario para que el adolescente pueda apropiarse tanto de su vida como de su ambiente y llegar a la realización de un proyecto vital propio, que le facilite desplegar su potencial como ser humano. El riesgo, entonces, no es algo que necesariamente represente una amenaza para la salud.

No obstante, hay ciertas conductas que, dada la inexperiencia relativa del adolescente y su limitación para prever las consecuencias de sus actos, pueden llegar a ser nocivas para su bienestar.  En algunas ocasiones, según la historia individual y en circunstancias de vida muy conflictivas, estas conductas de riesgo pierden su carácter de exploración normal y se llegan a establecer como algo destructivo en la vida del adolescente.

En tales casos, la presencia del adulto y su sensibilidad para discernir entre distintas situaciones, así como su capacidad para el diálogo y el intercambio de saberes, cobran importancia máxima. Sin embargo, nada ni nadie podrá garantizar que no habrá dificultades, es preciso aceptar que también en algún momento se cometerán errores y cuando esto sucede lo importante es tratar de que la relación entre el adulto y el adolescente, y a veces el adolescente mismo, salgan lo menos lesionados que sea posible.

A veces, a causa de su propia ansiedad y justificado en la  necesidad de proteger al adolescente, el adulto puede exagerar la sensación de peligro, lo cual dificulta que este pueda afrontar el riesgo de manera sana.

Como afirma el filósofo español Fernando Savater, “lo único seguro que sabe la ética es que el vecino, tu y yo y los demás estamos todos hechos artesanalmente, de uno en uno, con amorosa diferencia”. Esto tiene especial significación en el caso de los adolescentes. Así, cambiar la forma de verlos, revisar las propias actitudes y los posibles estereotipos con los cuales tradicionalmente se los ha mirado, y aceptarlos en su período evolutivo, es un comienzo necesario para todo aquel que interactúa con ellos, pues constituye la base de una buena relación adulto-adolescente, que es en sí misma una acción primordial de acompañamiento.

La educación es un elemento fundamental de promoción y prevención que debe estar integrado en todas las interacciones con adolescentes; esta educación no es siempre conceptual, sino que también se transmite por medio de los modelos representados por los adultos de una sociedad, los cuales, de alguna manera, tienen que ver con la educación de los adolescentes.

Si una sociedad reconoce a sus adolescentes como un grupo invaluable e imprescindible y los puede integrar de manera activa y participativa en los procesos de gestión social, y si, a su vez, ellos trabajan por ganar y conservar ese espacio, se cimentará un verdadero apoyo y acompañamiento social a sus procesos de desarrollo. Con su creatividad y recursividad, los adolescentes tienen mucho que aportar en la búsqueda de soluciones, tanto para ellos mismos como para la sociedad en general.

Adolfo León Ruiz Londoño
Psicólogo

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