Recién nacidos – Necesidades de padres e hijos

El hijo, ese regalo y a la vez préstamo que la vida hace a los seres humanos para vivir con él en su proceso de crecimiento y desarrollo, necesita un acompañamiento amoroso e inteligente que le provea de lo necesario para su existencia, en el momento en que lo requiere, en la cantidad y con la calidad suficientes. De estas necesidades, una básica es la alimentación, que brindada con amor e inteligencia constituye un pilar fundamental en la crianza y favorece el desarrollo de las potencialidades del niño.

En la alimentación hay dos mecanismos importantes por los que el ser humano busca alimento, uno de ellos es el hambre, que constituye una defensa y se manifiesta con un conjunto de sensaciones displacenteras en el organismo forzando al individuo a buscar comida para satisfacerla, y el otro, es el apetito, en el que prima básicamente el deseo llevando a ingerir sólo cierto tipo de comidas objeto de su deseo.

Dejando de lado aspectos no menos importantes como la nutrición, es fundamental reconocer que la alimentación del niño brinda un espacio privilegiado para favorecer y la construcción de metas de desarrollo humano integral y diverso.

Durante el primer año de vida del niño prima la búsqueda de alimento por hambre utilizando el llanto como forma de expresarse y cuya satisfacción inmediata da certeza al niño de que es amado reforzando su confianza básica y por lo tanto contribuyendo a la construcción de la autoestima.

Además, se inicia en las bases de la solidaridad al recibir la ayuda que tanto necesita en esos momentos permitiéndole también la autonomía alimentaria y de sus procesos digestivos que empieza a ejercer desde que nace y llevándolo con seguridad al placer y conformidad consigo mismo y con el ambiente, fundamento de la felicidad.

Hacia el segundo año de vida y en la etapa preescolar continúa el hambre como motor fundamental en la búsqueda del alimento y empieza a aparecer el deseo y la preferencia por determinados alimentos inducidos por los adultos implicados en la crianza, de tal forma que el niño aprende a comer todo lo que consumen en la familia y en la comunidad en la que está inserto ocurriendo fluctuaciones en sus sensaciones de hambre y saciedad, que lo llevan a comer unos días más que otros.

Es así como en la alimentación durante los años preescolares, el respeto por el niño mismo y por su sensación de hambre o saciedad fortalece la autoestima, percibiendo que lo que siente es válido para quienes lo rodean y que por lo tanto él es valioso, dándole la posibilidad de decir NO cuando no quiere y preparándolo para afrontar algunos momentos en la vida con una negativa rotunda ante ofrecimientos que no desea aceptar favoreciendo su propia toma de decisiones y por lo tanto la autonomía.

Con la autonomía y autoestima fortalecidas se da paso a la creatividad. El niño se siente amado sin condiciones, percibe que la comunicación entre él y sus padres o cuidadores es efectiva, se siente partícipe de su proceso de crecimiento y desarrollo y favorece la convivencia familiar, constructora de la solidaridad, inicialmente consigo mismo, para extenderla posteriormente a los otros.

En los años escolares debe continuar ese trato que respete la dignidad humana del niño y así continuar con la construcción de su crecimiento y desarrollo.

Así mismo, cobran importancia las reglas y normas que la familia establece en la alimentación, tales como los horarios y los rituales, con flexibilidad y participación, promoviendo la formación de hábitos alimentarios saludables y evitando el autoritarismo y la permisividad que tanto confunden a los niños.

Cuando se obliga al niño a comer mediante la amenaza, el chantaje o la súplica se perturban los mecanismos fisiológicos de hambre y saciedad y, asunto más grave, se afecta el amor y el respeto implicados en un buen vínculo afectivo, apareciendo el temor y el miedo, obligándolo a aceptar lo que otros quieren que haga, negándole así la posibilidad de ser.

El niño aprende a manipular a los adultos significativos con la comida comiendo cuando quiere gratificarlos y rehusándose cuando desea castigarlos; esto es notorio principalmente cuando la madre trabaja y deja al niño al cuidado de otros a quienes les recibe muy bien las comidas, lo que significa que el niño ha percibido la angustia que genera en los padres el que no coma y pone a prueba tanto los límites de éstos como los suyos propios.

En ocasiones los adultos recurren a la televisión, a los juegos y maromas para que el niño reciba los alimentos y otras veces al castigo convirtiendo el momento de la alimentación en un circo o campo de batalla, distorsionando una valiosísima oportunidad de fortalecer el vínculo afectivo y la construcción y reconstrucción bidireccional de las metas de desarrollo.

Mitos sobre la alimentación

Alguna creencias sobre los alimentos y la alimentación favorecen actitudes y prácticas inadecuadas e impiden la flexibilidad y una relación armoniosa entre el niño y los padres o cuidadores.
El niño gordo es más sano y saludable
Actualmente se sabe que el sobrepeso constituye un riesgo para la salud. El sobrepeso no equivale a ser saludable, por el contrario, indica que la dieta no es balanceada y que está recibiendo un exceso de energía que el organismo tiene que almacenar en forma de grasa.

La sopa alimenta más que el seco

La sopa es sólo una forma de preparar los alimentos en la que se utiliza mayor cantidad de agua; ésta es necesaria para los procesos digestivos en el organismo, por lo que hay que ofrecérsela al niño en cantidad suficiente, pero no en exceso, ya que tiene que ser eliminada por el riñón y suele poseer poco valor nutricional como tal.

La sustancia de la carne alimenta más que el bagazo

La sustancia es agua con grasa desprendida de la carne; lo que es verdaderamente útil es la fibra (el bagazo), por lo que hay que procurar que el niño lo ingiera.

La yema del huevo alimenta más que la clara

La yema esta formada principalmente por grasa y la clara constituye la proteína; el niño debe ingerir tanto la yema como la clara.

Los niños deben comer con poca grasa, poca sal y poco azúcar

Los niños necesitan una dieta balanceada en grasa, sal y azúcar, pues están en periodo de formación. Además, así se disminuye la posibilidad de colesterol alto, hipertensión y agravamiento de la diabetes si se tiene.

Prácticas desfavorables

  • Interrumpir abruptamente el juego para que se dedique a ingerir alimentos causándole malestar y disgusto que trasladará a los alimentos mismos
  • Ofrecer golosinas antes de las comidas principales, pues suprime la sensación de hambre

Algunos elementos útiles de recordar

  • El niño es el propio regulador de sus procesos de hambre y saciedad y éstos no deben ser interferidos
  • El niño ante todo es un ser humano y merece un trato justo y respetuoso
  • El niño capta emociones y necesita percibir a sus padres como seres equilibrados y justos
  • La alimentación del niño debe enfocarse en la calidad de las relaciones que se establecen con él y no sólo en la cantidad de alimentos que ingiera
  • Las prácticas alimentarias no deben convertirse en un campo de batalla en el que haya un vencedor y un vencido, sino en un momento en el que tanto el niño como el adulto mantengan intacta su dignidad
  • Los padres no deben considerarse malos padres si el niño rechaza los alimentos, ni sentir que esta actitud equivale a rechazarlos a ellos

Miriam Bastidas Acevedo
Pediatra y Puericultora