Raíces y alas: emancipación del adolescente

emancipación del adolescente

“Solo hay dos legados duraderos que podemos abrigar la esperanza de dejar a nuestros hijos: uno, las raíces, y el otro, las alas”. 
J. Salk 

Por: Miguel Barrios Acosta
Pediatra y puericultor
Universidad Nacional de Colombia 

El ser humano en su ciclo de vida avanza desde la dependencia absoluta del recién nacido a la dependencia afectiva de aquellos a quienes ama. Los humanos somos seres dependientes de humanidad, del contacto con el otro, de los afectos construidos y vividos, de los recuerdos. Por eso, cuando hay una despedida esta es solo parcial porque parte de nosotros siempre estará en los demás, y en nosotros se queda lo que vivimos y compartimos con quienes nos despedimos.

Las despedidas son inevitables en la vida. Se despide el niño parcialmente de su casa cuando ingresa a la educación preescolar; se despide el adolescente de las normas familiares cuando se reúne con su grupo de amigos; se despide el joven del contexto escolar cuando ingresa a estudiar en la universidad; se despide el adolescente mayor cuando decide vivir fuera de la casa de su padres, y se despide el viejo cuando va a morirse.

El hogar es un nido de protección, crecimiento y formación para los hijos y es, esencialmente, un laboratorio de partida.

Durante la adolescencia el joven se prepara para ser responsable de su autonomía, la que debe trascender la capacidad de garantizar sus propios ingresos económicos que le proporcionen la satisfacción de sus necesidades básicas. Debe entonces el adolescente ser capaz de establecer vínculos afectivos estables por fuera de su contexto familiar, manejar satisfactoriamente su mundo emocional, controlar sus acciones y hacerse responsable de ellas.

Moratoria social

La preparación para lograr lo anterior se da en muchos escenarios que se inician desde el hogar, pasan por la escuela, la universidad u otros sitos de capacitación, y transcurren también en esquinas, dormitorios, parques, conciertos, salas de cine, clubes, bares, etc. Todo ese tiempo de formación, de reflexión sobre lo que es ser joven y cómo se es adulto -ensayo y error, acierto, satisfacción, desconcierto, confusión, miedo, temor, arrojo, impulsividad, inconsciencia, irresponsabilidad y empatía, entre otros- se ha denominado período de moratoria social.

La moratoria social es el tiempo que la sociedad le da al adolescente para que adquiera las herramientas que le permitirán vivir satisfactoriamente en el mundo de las normas y compromisos de los adultos.

La necesidad de prepararse cada vez más para poder competir en el mercado laboral actual ha condicionado el aumento del tiempo de moratoria social. En otras épocas bastaba un título de bachiller para abrirse campo en el mercado laboral; actualmente, con este nivel de preparación un joven solo puede tener acceso, si lo consigue, a condiciones laborales muy desfavorables, de tal modo que las mejores oportunidades laborales solo se consiguen, mas no se garantizan, mediante la capacitación superior, sea técnica, tecnológica o universitaria.

Las posibilidades de estudio superior para los adolescentes y jóvenes son muy diferentes para los distintos estratos socioeconómicos. En el país, la mayor parte de las instituciones de educación superior son privadas y tienen unas exigencias económicas poco accesibles para la mayoría de la población colombiana que es pobre.

Lo anterior, plantea una situación muy complicada para las familias colombianas de escasos recursos: el adolescente al crecer se convierte en una carga económica que es difícil de mantener y con frecuencia es expulsado al mercado laboral para aliviar el presupuesto de la familia, ingresando en condiciones desfavorables por su baja capacitación.

Esta situación, que es vivida en gran cantidad de hogares, afecta significativamente el proceso de emancipación de los jóvenes. Buena parte de ellos forman una nueva familia que tiene que vivir, por necesidades económicas, en la casa paterna. Otros se mantienen solteros por períodos prolongados en el hogar paterno, pero en condiciones de poca autonomía. Y otros se arriesgan a la aventura de la emancipación solos o acompañados, sin las herramientas económicas de formación, psíquicas o sociales, que les permitan adquirir un nivel de vida digno.

Las condiciones de maltrato y exigencia a adolescentes en los hogares condiciona la emancipación de muchos de ellos en condiciones desfavorables ante la sociedad. Con frecuencia, cuando esto ocurre, lo que buscan los adolescentes con la salida de la casa es mayor libertad para manejar sus horarios y salidas. Otras veces buscan defender una ideología o un estilo de vida que en casa no se les respeta. Muchas veces es solo la necesidad de vivir un amor que no es aceptado por los familiares y, tristemente, otras veces es la reivindicación de los derechos básicos que deberían garantizarse desde el hogar.

Otro problema de la emancipación, distinto de la expulsión precoz, es la limitante de la familia para promover la salida del adolescente por razones diferentes de las económicas. Se encuentran situaciones, por ejemplo, de adolescentes encargados del cuidado de adultos mayores discapacitados; y de aquellos que con su comportamiento problemático o dependiente mantienen a sus padres juntos en torno a su cuidado.

Se ha descrito la situación de autonomía dependiente como una posible solución al dilema que genera la emancipación. Esta autonomía dependiente exige de los padres un elevado nivel de sacrificio, generosidad y amor, ya que tienen que renunciar al control y demandas que de una manera explícita o implícita se dan dentro de la dependencia del adolescente e implica, a su vez, conceder la autonomía que facilite la moratoria social de manera más segura.

La salida del joven del hogar, además de condiciones familiares favorables y capacitación técnica, le exige algunas características, tales como: es necesario tener confianza para asumir el riesgo, estar dispuesto a renunciar a las comodidades implícitas en la casa paterna, sentirse capaz de asumir responsabilidades, aceptar el proceso de crecimiento y, sobre todo, haber encontrado un sentido de vida que le permita empezar a construir un proyecto.

La salida del hijo adolescente del hogar, en especial del último que se va, puede ocasionar en los padres la aparición de un sentimiento de vacío y desolación. Esta situación se ha descrito como el “síndrome del nido vacío”, que muchas veces se asocia con crisis serias en la relación de pareja de los padres o con un vacío existencial en el padre de las familias monoparentales y, además, crea una mayor dificultad para la emancipación del último hijo del hogar. Cuando esto sucede es frecuente encontrar que el sentido de vida de los padres se ha fundamentado en su rol como progenitor descuidando su propia vida.

Debe hacerse énfasis en que el sentido de vida es la base del proyecto de vida, el que a su vez, ayuda en la organización del sentido de la existencia. Ese proyecto tiene implícito descubrir la singularidad del adolescente y los mecanismos para hacerla florecer, por lo cual, debe contener una mezcla de realidades y fantasías, de sueños y posibilidades, de aspiraciones e ilusiones. Es un gran sueño que puede convertirse en realidad si se llevan a cabo las acciones necesarias. Cuando un adolescente tiene claro su sentido de vida el proceso de emancipación es más fácil.

Los padres no deben temer la emancipación de los hijos, ya que ella implica un crecimiento en la relación padres-hijo. Sin embargo, la independencia de los hijos es solo un mito, pues lo vivido y compartido genera un sentimiento de interdependencia que nos acompaña por siempre.

Recomendaciones

  • Prepárense y acompañen a su hijo en la decisión de la partida del hogar para encontrarse con su proyecto de vida.
  • Fomenten en su hijo el interés por el estudio como una manera de tener acceso a mejores condiciones laborales.
  • Ahorren para que su hijo pueda alcanzar un nivel de educación superior.
  • Mientras su hijo esté con ustedes sean respetuosos de sus necesidades y derechos.
  • Hagan sentir a su hijo que están preparados para asumir su partida.
  • Fomenten en su hijo los valores que promueven la emancipación: autoestima, autonomía y responsabilidad.

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