¿Quién soy?

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¿Quién soy? pregunta un niño y muchos pensadores responden:

 “Soy el árbol y tú la semilla.

La semilla germinando para hacer otro árbol.

Yo no quiero hacerte a mi manera, sino juntos trabajar para introducirte en el suelo y hacernos árboles del mismo jardín”.

 Respuesta de Luis Ernesto Espinoza (Chamalú)

 El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera.

Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.

Recibió una caracola:

—Para que aprendas a amar el agua.

Abrieron la jaula de un pájaro preso:

—Para que aprendas a amar el aire.

Le dieron una flor de malvón:

—Para que aprendas a amar la tierra.

Y también le dieron una botellita cerrada:

—No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.

Respuesta de Eduardo Galeano

 

El niño es luz alumbrando. Es un sabio que nace con los saberes que su biología le permite. Es una joya que la naturaleza les encarga a los padres para que la cuiden, le den brillo y la presenten al mundo. El niño es un ser asombroso. Tiene la capacidad de integrarse con el universo, es trascendente, sabe que él es parte del universo. Tiene una extraordinaria capacidad de asombro: se estremece con un pájaro, una flor, una canción, con la lluvia, el río, o el viento.

El niño es un ser soñador: capaz de imaginarse y construir con sus manitos mundos felices, mundos ideales. Sueña con una madre cariñosa, un padre presente y justo. Sueña que no existe abuso ni injusticia. Posee un pensamiento mágico, animista y concreto. Siente que puede volar cuando corre con todas sus fuerzas con los brazos abiertos simulando un avión o un pájaro; en ese momento es un pájaro. Puede convertir la cobija en un escudo contra los monstruos, el plato en una nave espacial. Puede correr y sentir que la luna corre detrás de él.

El niño vive el presente, el aquí y el ahora. No piensa en el futuro, no se apega a objetos materiales. Vive la vida como los verdaderos filósofos y sabios. No sufre el pasado; sabe incorporar el pasado de forma desprevenida para vivir el presente. Sabe que ya es un ‘niño de bien’; no concuerda con algunos adultos que sacrifican el presente del niño para construir un ‘hombre de bien’. El niño es ese hombre de bien hoy. El sabe que ya es ‘alguien en la vida’ y contrasta con los adultos que ignorantemente le dicen: “Crece niño, para que seas alguien en la vida”. El niño se sabe presente y vive su presente plenamente.

El niño siente y juega con su cuerpo: es armonía con su cuerpo, se sabe cuerpo. Lo usa como un bello tesoro y por ello es tan importante ayudarle a cuidar ese tesoro. Los niños son flexibles, firmes y relajados. Se saben bellos, son bellos; el niño se siente el ser más bello del universo. Sabe que es diferente a todos los demás seres del mundo; se sabe único e irrepetible. Siente que los demás son igualmente cuerpos valiosos: se asombra cuando su cuerpo se daña o cuando mira una herida en los demás; no entiende cómo dañamos otro cuerpo.

El niño es sabio: sabe que el mundo es simple, sabe las respuestas a muchas situaciones. No se ha contaminado por la cultura. Sabe que el diálogo es mejor que el golpe, que la caricia hace florecer el cuerpo y el espíritu. Sabe que es mejor usar un diálogo honesto que un diálogo hipócrita. Sabe que el error es humano y que se puede aprender de los errores.

El niño es ternura: se estremece con una sonrisa. Los abrazos y besos auténticos le hacen desmayar. Necesita afecto para crecer; sabe que el abrazo es necesario para el crecimiento de su cuerpo y su alma. Justamente esto es lo que hace que permita ser dominado por muchos adultos que le niegan afecto cuando se equivoca. Es necesario que los adultos aprendamos a dar afecto desconectado de los errores o aciertos del niño. El afecto no se debe comprar ni vender.

El niño es un excelente comunicador: interpreta y usa muy bien el lenguaje no verbal, el lenguaje aquel que no precisa palabras. Sabe interpretar la alegría, el enojo, la mentira, la confusión, la ternura, la sinceridad, el rechazo, el cansancio y tantos otros estados del adulto. Sabe cuando la caricia es auténtica. No necesita que le digan “te amo”, le basta con sentirse amado.

El niño de la misma manera habla con el lenguaje de sus ojos, saluda con un gesto, dialoga con su cuerpo. Es fundamental que los adultos conozcamos esta forma de lenguaje para no forzarlo a usar códigos que no son característicos de su edad, tales como la palabra fluida o lenguaje verbal.

El niño es esperanza. Es una muestra de reparación y resistencia. Podemos herirlo y él vuelve con nosotros. Olvida con facilidad las formas distintas de agresión y, a pesar de su dolor, vuelve a encantarse con la vida, vuelve a creer en nosotros y vuelve a ennoviarse con el mundo. Es un ejemplo de resiliencia (la capacidad que tiene el ser humano de renacer a pesar de la adversidad). Es un ejemplo de vida.

El niño es muchas otras cosas: es la demostración de que Dios o el universo no han perdido su esperanza en la humanidad. Es el mensajero del tiempo, trae la piel de sus antepasados. Al nacer el niño, nace un abuelo. El niño es más que la elaboración que hemos hecho de él. El niño es un sujeto histórico cuya construcción es social y cultural. El niño no es un adulto en miniatura, es un ser en crecimiento con una gran sensibilidad y una riqueza inimaginable. Es como un cristal fino que necesita la mano de un experto joyero para darle brillo. Es presente, es pasado de las generaciones de las que nacieron sus abuelos y los abuelos de sus abuelos, y es futuro.

Recomendaciones

  • Respeten al niño.
  • Antes de amonestarlo, obsérvenlo y observen el contexto en el que suceden las cosas.
  • Aprendan de él.
  • Acarícienlo y déjense acariciar por él.
  • Cuídenlo.

 

Por: Carmen Escallón Góngora

Pediatra puericultora y terapeuta de familia (Universidad de Cartagena)

 

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