¿Qué nombre le pongo a mi hijo?

Por: Luis Carlos Ochoa Vásquez
Pediatra puericultor – Universidad de Antioquia
Profesor titular de Medicina UPB

El tercer principio de la Declaración Universal de los Derechos del Niño dice textualmente: “El niño tiene derecho desde su nacimiento a un nombre y a una nacionalidad”. Es decir, dentro de los derechos fundamentales de los niños y adolescentes está el de tener un nombre, lo que significa, ni más ni menos, que se trata de una cualidad que, al igual que su aspecto físico y sus huellas dactilares, va a permitir su identificación por el resto de sus vidas.

Por ello, a continuación, les damos algunos puntos valiosos para que tengan presente al momento de elegir el nombre adecuado para sus hijos:

¿Por qué es tan importante el nombre para una persona?

Tener un nombre es, ante todo, una necesidad, pues es una manera práctica para identificar a alguien, para diferenciarlo de los demás, pero también es una forma de ser, de adquirir identidad, de ser individualizado, de convertirse en un sujeto, en un ciudadano, en alguien que va más allá de un simple número (registro civil, cédula, pasaporte).
Pero el nombre igualmente juega una función muy importante en los procesos de socialización y comunicación, situación mucho más válida cuando de niños se trata. Cuando nos ponemos en contacto con otra persona por primera vez, lo primero que decimos al saludar es nuestro nombre, lo que genera una reciprocidad inmediata: el otro también nos dice el suyo.
Por otro lado, cuando se llama a alguien por su nombre se logra establecer, desde el principio, un contacto personalizado y humano; es un aviso de que se tiene en cuenta al otro, lo que, a su vez, es una muy buena puerta de entrada para construir una comunicación respetuosa y bidireccional. Todos tenemos la experiencia agradable cuando nos llaman por nuestro verdadero nombre, pero también nos mortifica si nos llaman o escriben con otro nombre o con uno equivocado, situación que procedemos a corregir instantáneamente.

Y hay otro factor no menos relevante en el nombre y es un rasgo que nos enseñan los niños: ellos le ponen nombre a las personas y cosas con las que tienen un vínculo afectivo y de cariño, con lo que indican que son importantes y valiosos para ellos. Los niños les dan un nombre a los abuelos (“Tata”, “Toto”, “Yeya”), pero, de igual forma, le asignan uno a su muñeca o juguete preferido. Es claro, entonces, que darle un nombre a algo o a alguien es un indicio claro de que lo nombrado nos importa, que es significativo para nosotros.
Por otra parte, y desde el punto de vista del niño recién nacido, registrarlo lo más pronto posible es de un enorme valor, pues mientras esto no ocurra ese niño no existe para el Estado ni para las instituciones gubernamentales, ni de salud, y, por lo tanto, no es posible reclamar ni hacer cumplir sus derechos.
Finalmente, es clave aclarar que no hay ninguna evidencia científica de que el nombre que se le impone a un niño influya, por sí solo, en su manera de ser o actuar. No por asignarle el nombre de un científico o de un deportista famoso un niño se convertirá en quien su nombre identifica.

Con frecuencia los padres de familia le ponen al hijo el nombre de algún antepasado como manera de rendirle honor a un abuelo, a la bisabuela, etc. ¿Es esto válido?

En términos generales esto no tendría ningún problema mientras el nombre en sí mismo no sea un problema para el niño (un nombre raro que sea motivo de burlas, por ejemplo). Sin embargo, sí se puede convertir en un inconveniente serio para el niño si al asignarle ese nombre esto va acompañado de expectativas altas por parte de los padres de que él se transforme con el tiempo en esa persona, con sus dotes y cualidades. Es como decirle al niño: “Tienes que ser como tu abuelo” o “deseamos que seas como el hermano que se murió”. Es ponerle una carga pesada, algo así como un fantasma que lo acompañará a toda hora y lo que, a todas luces, es una injusticia.

También es común que le pongan nombres de personas famosas del cine, los deportes, o nombres de líderes religiosos o políticos. ¿Es saludable esta práctica?

Como en la pregunta anterior, con esta conducta se corre el riesgo de poner al niño en la tarea imposible de ser como alguien, de convertirse en esa persona que sus padres idealizaron, algunas veces como manera de esconder carencias afectivas o dificultades para establecer sólidas relaciones de pareja.
Se trata entonces de actitudes que le quitan la identidad al niño, que no lo dejan ser él mismo, lo cual es de una gravedad extrema, pues es desconocerlo como sujeto, como ser único e irrepetible.
Además, es necesario tener en cuenta que cuando se ponen nombres de líderes o famosos del momento, se desconoce que esos que ahora son ídolos de muchos, con el paso del tiempo podrían pasar de héroes a villanos, lo que se prestará para burlas, apodos y afectación en general de su autoestima. No se puede olvidar, de igual forma, que la fama de políticos, artistas y campeones de deportes es altamente efímera y no hay derecho de poner a un niño a cargar con este lastre por el resto de su vida.

¿Quiénes deberían escoger el nombre?

Sin lugar a dudas, esta es una tarea exclusiva de los primeros responsables del hijo, esto es, los padres por supuesto. Es la pareja la que toma todas las decisiones importantes para el niño y la escogencia del nombre es, indudablemente, una de dichas determinaciones. Cuando son los padres los que deciden, el mensaje para los demás es muy claro: son los que se hacen cargo de los puntos decisivos de esta nueva vida. Por el contrario, no se recomienda que intervengan otras personas, pues se puede prestar a discordias e interpretaciones equivocadas entre las dos familias del niño.

¿Cuál es el momento ideal para buscarle el nombre más adecuado a un hijo?

Lo ideal es hacerlo antes del nacimiento. Lo óptimo es que al momento del parto ya todos sepan el nombre y empiecen a llamarlo por este. Si se realiza esto antes de la gestación, los padres pueden estudiar con tiempo varios nombres, tanto masculinos como femeninos, y elegir uno de cada grupo, teniendo en cuenta las pautas generales que se mencionan adelante.
Si es durante la gestación y ya se conoce el sexo del niño, la propuesta es también hacer la selección, pero siempre antes del parto por lo significativo que es que desde el primer momento el niño tenga un nombre. Además, esto facilita el hacer el trámite del registro lo más pronto posible.

Si bien es cierto que no existen fórmulas precisas ni recetas perfectas, ¿Cuáles podrían ser las recomendaciones generales para una pareja que va a tener un hijo?
A continuación, les damos unas pautas generales que son una buena orientación:

  • Analicen cómo combina el nombre con los apellidos del niño de tal manera que al pronunciarlo suene bien, sea eufónico. Por el contrario, eviten la cacofonía, es decir, los sonidos que son desagradables para el oído.
  • Si el apellido es largo lo recomendable es optar por un nombre corto y viceversa.
  • Eviten nombres que al conjugarse con los apellidos se presten a chistes, a la burla, especialmente en los niños (ejemplo: Concha Misas de Naranjo, Dolores de Caballero).
  • Tengan presente el significado del nombre para evitar molestias futuras cuando se conozca este aspecto. Así, por ejemplo, Mara significa “mujer afligida”.
  • No escojan nombres raros, sofisticados, difíciles de pronunciar o de escribir. Esto casi siempre trae problemas, dando lugar a la repetición de registros, matrículas, o inconvenientes con pasajes aéreos o documentos bancarios y comerciales cuando son de ortografía o de pronunciación engorrosas que se prestan, además, para burlas y apodos.
  • De igual manera, estudien cómo es el nombre cuando se pronuncia en diminutivo o en forma abreviada para evitar situaciones como las anotadas en el punto anterior.
  • Tomen en consideración que algunos nombres compuestos se reducen a uno solo en la vida diaria y que en documentos públicos deben siempre escribirse ambos, pues si no se hace puede provocar confusiones, repetición de documentos, suplantaciones, etc.
  • A su vez, se recomienda no repetir nombres en la familia para prevenir confusiones y demoras en la comunicación o calificativos que pueden molestar (Óscar “el viejo”, Julián “el rico”, Juliana “la de mal genio”).
  • Debe ser un nombre que permita identificar, sin ninguna duda, de que se trata de una mujer o un hombre. De nuevo, hay que recordar que las ambigüedades en este sentido pueden contribuir al desarrollo de molestias, burlas y chistes de mal gusto.

Al ponerle un nombre a su hijo recuerde que, a lo sumo, será algo para toda la vida. Que más que en sus gustos y preferencias, deben pensar en el bienestar del niño y darle un nombre adecuado es algo que, ciertamente, contribuirá en su bienestar, tanto en su etapa de niño como en la del adulto en que se convertirá finalmente.