Primeros años – Puericultura del sueño en la infancia

El primer paso para hablar de sueño en la infancia es entender que el sueño es un proceso madurativo que se modifica con el desarrollo, no es uniforme, sino que va cambiando desde el inicio de los patrones del sueño fetal alrededor de las 12 semanas de gestación hasta los patrones de sueño adulto y se ve influenciado por la manera de adaptación del niño al medio que lo rodea, sumado a la constante maduración cerebral y al aprendizaje de las rutinas familiares.

Los problemas del sueño son frecuentes en la infancia; se presentan en el 20% a 30% de los niños y en muchas ocasiones pueden ser señal de trastornos emocionales, de interacción o familiares, e inevitablemente se convierten en fuente de tensión, angustia e insomnio para los padres y de dificultades de comportamiento o aprendizaje para el niño.

La duración del sueño durante la infancia muestra una gran variabilidad entre un niño y otro, también como las características, gustos, estabilidad a largo plazo o cambios anuales en sus patrones de sueño; por esto es importante realizar una aproximación individual al desarrollo del sueño en cada niño para así ajustar las expectativas de duración apropiada de este a la necesidad individual de sueño.

Para los recién nacidos el sueño ocurre de acuerdo con la interacción del horario con los ciclos de sueño- vigilia(dormir y despertarse) y con la necesidad de ser alimentado, cambiado y acunado, por esto los horarios son irregulares, los periodos de sueño pueden durar desde pocos minutos hasta varias horas y ocurrir entre períodos de una a tres horas. Ellos expresan la necesidad de dormir de diferentes formas: algunos juegan, lloran, frotan sus ojos o indican la necesidad con gestos individuales que poco a poco sus padres aprenden a interpretar. Por esto lo mejor es poner al niño en la cama cuando está somnoliento pero no dormido.

Los recién nacidos pueden dormir menos durante el día por estar expuestos a la luz, el ruido y ser mas estimulados con juegos; en la medida en que se aproxima la noche el ambiente debe hacerse más calmado, silencioso y tranquilo.

Entre uno a seis meses: el ritmo circadiano o los ciclos de sueño y vigilia están regulados por la luz y la oscuridad, el niño empieza a desarrollar este ritmo aproximadamente a las seis semanas pero puede tardarse entre tres y seis meses para establecerlo de forma regular. La duración del sueño nocturno se alarga progresivamente pero todavía puede despertarse varias veces en la noche.

Seis a doce meses: estos lactantes ya no necesitan alimentarse y pueden dormir toda la noche, el 70% a 80% adquieren este logro hacia los nueve meses. Se debe tener en cuenta que hacia el final del primer año la angustia de separación y la adquisición de las destrezas motoras como la marcha puede afectar el sueño dificultando su conciliación.

Se recomienda llevar al lactante a la cama somnoliento pero no dormido pues esto le permite tener conciencia del lugar en el que se encuentra y será más fácil dormir por sí mismo después de un microdespertar causado al pasar de una fase del sueño a otra, lo que ocurre aproximadamente cada 90 minutos. Lo contrario sucede si el niño se duerme en brazos o en un lugar diferente en el que despertará, no logrará conciliar el sueño y llorará para ser devuelto por sus padres al lugar o circunstancia en la que se durmió.

Los niños entre uno y tres años pueden tener dificultades con el sueño principalmente resistencia para ir a la cama y despertares durante la noche, son frecuentes los terrores nocturnos y las pesadillas. Pueden asociarse con los problemas del sueño en esta edad la adquisición de una mayor independencia, el aumento de habilidades motoras, cognitivas y sociales; además de que pueden salir de la cama con facilidad, experimentan angustia de separación pero simultáneamente necesidad de autonomía y esto, sumado al desarrollo de la imaginación, puede representar problemas en la conciliación del sueño.

Al igual que los lactantes, los preescolares pueden tener dificultades durante la conciliación del sueño o despertares nocturnos. En esta edad la gran imaginación, la necesidad de imitar modelos y las vivencias desagradables para el niño durante el día, hacen que se constituya en la edad pico de presentación de terrores nocturnos, caminatas durante el sueño y pesadillas. En la edad escolar los niños incrementan el tiempo de permanencia en la escuela y las tareas en casa, los deportes y las actividades extracurriculares y sociales por lo cual se incrementa el interés en televisión, computadoras, los juegos de video e internet así como el consumo de productos que contienen cafeína; todo lo anterior deriva en dificultades para conciliar el sueño, pesadillas e interrupciones de este. Un pobre e inadecuado sueño conduce a somnolencia diurna, problemas de comportamiento y cognitivos que impactan el aprendizaje y el desempeño escolar.

Desordenes del sueño más comunes

Pesadillas: las pesadillas son episodios de sueño con ansiedad que pueden despertar al niño. Por lo general los sueños son agradables o aburridos, y para muchos niños pequeños constituyen un problema cuando sienten miedo. En el año 1920, el doctor Kimmins llevó a cabo un estudio en el cual reunió y estudió los sueños de miles de niños, encontrando que el 25% de todos los sueños eran pesadillas. (Kimmins, C. W., Children´s Dreams). Estas ocurren durante períodos de transición, estrés o cambios de rutina del niño, por lo general se presentan en la madrugada y se pueden recordar al día siguiente. Tienen tendencia a desaparecer espontáneamente. Estrategias efectivas para eliminar el problema son: estimular al niño a hablar sobre lo acontecido durante la pesadilla, presentar imágenes agradables antes de que se duerma, y evitar la televisión antes de acostarse. Frecuentemente se considera a la televisión como la causante de las pesadillas, se ha dicho que una de las consecuencias de mirar los programas y películas violentas antes de acostarse es la aparición de más alteraciones nocturnas, por lo cual se recomienda que los niños no tengan televisor en su habitación.

Terror nocturno y sonambulismo: muchas veces se confunden las pesadillas con los terrores nocturnos cuando en realidad son cosas muy distintas. Los terrores nocturnos ocurren en el primer tercio de la noche, el niño que hasta ese momento estaba durmiendo calmadamente, se sienta de forma brusca en la cama gritando intensamente. Se pueden producir toda una serie de vocalizaciones acompañadas de manifestaciones de una ansiedad intensa. Se pueden observar también gestos incoordinados y rápidos. A pesar de toda esta actividad el niño puede tardar entre cinco y diez minutos en despertarse, en el caso de que esto ocurra. En plena crisis no reconocerá a sus padres y estará desorientado. La única cosa que un padre puede hacer por su hijo es abrazarlo y tranquilizarlo intentando no despertarlo hasta que se calme. El niño no se acordará de nada de lo sucedido.

Los terrores nocturnos están estrechamente relacionados con el sonambulismo. Ambos aparecen durante la misma fase de sueño y según parece ambos tienen un componente hereditario importante, ocurren con más frecuencia entre los cuatro y ocho años de edad. Es importante remover objetos peligrosos de la habitación para evitar que el niño se haga daño al caminar dormido.

Higiene del sueño

Las siguientes ideas sobre el sueño se pueden aplicar a cualquier niño, independientemente de la edad. Estas ideas pueden mejorar no sólo el sueño del niño, sino también su estado de ánimo durante el día. Y, por supuesto, también ayudarán a mejorar el sueño de sus padres.

Mantener un horario consistente para ir a dormir y despertarse todos los días, los siete días de la semana: el reloj biológico está influenciado por los despertares y somnolencia. Se debe Intentar ponerlo a dormir temprano, los niños responden mejor cuando van a dormir pronto, la mayoría duermen mejor y durante más tiempo.

Intentar que haga siesta todos los días: las siestas son importantes porque representan un descanso intermedio y contrario a lo que se piensa la duración y calidad de las siestas afectan al sueño nocturno, puesto que buenas siestas implican un mejor sueño nocturno.

Desarrollar una rutina consistente para ir a dormir: las rutinas crean sentimientos de seguridad. Una rutina para ir a dormir consistente y pacífica permite al niño experimentar una transición entre el movimiento diurno y la tranquilidad necesaria para dormir. Una rutina específica para antes de dormir termina de manera natural y simple, en la conciliación del sueño. Además, una rutina organizada ayuda a coordinar las situaciones que deben ocurrir antes de ir a la cama: baño, pijama, cepillado de dientes, etc.

Crear un entorno agradable para dormir: asegurarse de que el colchón es confortable, las mantas proporcionan suficiente calor, la temperatura ambiental es correcta, el pijama es agradable y la habitación es acogedora. Alimentarlo correctamente para mejorar el sueño: la comida puede afectar el nivel de energía y la somnolencia. Los alimentos ricos en carbohidratos tienen un efecto calmante en el cuerpo, mientras que las comidas con alto contenido de proteínas incrementan el estado de alerta. Algunas ideas de merienda para comer antes de irse a la cama son: tostadas con queso o mantequilla, cereal con banano, yogures o galletas bajas en azúcar.

Ayudar al niño a estar sano y en forma: muchos niños no realizan suficiente actividad física durante el día. Ven demasiada televisión, lo que añadido a la falta de actividad y a nuestro tipo de vida sedentario, no ayudan a conseguir un buen sueño. Los niños que practican una variedad de ejercicio físico cada día se duermen más rápidamente, su sueño es mejor y dura más tiempo.

Se debe evitar la actividad física en la hora previa de irse a dormir, porque el ejercicio es estimulante y tiene un efecto de alerta.

Enseñar al niño a relajarse y a dormir: muchos niños se van a la cama sin estar muy seguros de qué tienen que hacer cuando están allí. Seguir una rutina previa que les calme y favorezca cierta somnolencia puede ayudarles. Un componente común de estos rituales es contar un cuento, un niño que está escuchando a su padre o madre leer o explicar un cuento, tiende a permanecer inmóvil y concentrarse en la historia, esta silenciosa quietud le permitirá adormecerse más fácilmente.

Paula Andrea Henao Mejía
Pediatra y Puericultora