Primeros años – Felicidad: una manera de viajar por la vida

Niña feliz

En el adulto feliz hay siempre un niño feliz o, por lo menos, un niño con quien hubo un empeño sostenido para que tuviera todo y fuera todo lo que humanamente le era menester.

En el proceso de crianza los niños y los adolescentes, y al mismo tiempo los adultos acompañantes, construyen y reconstruyen permanentemente seis metas de desarrollo humano integral y diverso: autoestima, autonomía, creatividad, felicidad, solidaridad y salud.

En este caso, meta es el fin al que se dirigen las acciones o deseos de los seres humanos, y su construcción y reconstrucción no se hace para llegar, sino para vivir construyendo y reconstruyendo cada una de ellas.

En la cultura colombiana es corriente la aceptación de la sabiduría popular expresada en los dichos y los refranes, los cuales sugieren que uno es lo que fue y que uno será el que fue y está siendo. Sobre todo en la familia, el vecindario y la escuela.

Refranes como de tal palo, tal astilla; hijo de tigre sale pintado; desde el desayuno se sabe lo que va a ser la comida y educa al niño y no tendrás que castigar al adulto, corroboran que lo conseguido tempranamente permanece en la estructura básica de la personalidad.

La primera gran adquisición existencial sobre la cual se funda la confianza en uno mismo y en los demás es el lazo social de la solidaridad, muy rudimentaria al comienzo; luego debidamente elaborada. Tal vínculo proporciona identidad y provee de fines para perseguir. También, responsabilidad con el mundo y con los demás. Sobre esta base se levantan la autoestima, la autonomía y la alegría de vivir.

Tales son los soportes sobre los que se edifica una personalidad que puede ser orientada hacia iniciativas formativas de todo tipo, hacia una buena vida. En esta primera hora de la vida, aun antes del nacimiento del niño, papá y mamá, cada uno por su lado y después juntos, ponen lo suyo en la trama del tejido cultural. El niño se nutre con ello.

Para la nueva vida acabada de concebir el cuerpo de su madre es un vehículo, cuyas condiciones deben ser óptimas, es decir, con salud física, que resulta de la combinación armónica entre correcta dotación genética y nutrición balanceada y con salud psicosocial, que proviene de la combinación de la ternura recíproca en la pareja, la higiene mental de ambos y la sana conexión con la realidad.

La felicidad se prepara precozmente, mucho antes del nacimiento del niño. En esta preparación están implicados directamente los miembros de la pareja, los padres, e indirectamente los demás miembros del entorno que constituyen el grupo de adultos significativos que en algún momento serán el apoyo para aquellos reunidos en pareja.

De las ideas individuales de los padres o de quienes hagan sus veces se desprenderá una estructura y una dinámica familiar inclinadas a la consecución de lo propuesto, también de la felicidad entendida como un estado de ánimo que se contenta con el goce del bien por cuenta de todos y con la posibilidad de la realización del potencial humano por parte de todos. También, de los nuevos niños.

La felicidad en esta fase de desarrollo del niño radica, entonces, en la generación de un ambiente rico en indicadores de seguridad y confianza, levantados sobre la base de la calidad de la alimentación, la solidez afectiva y la fortaleza de los ideales de cada uno de los que llegan a conformar pareja y de las figuras significativas acompañantes.

En el entorno inmediato del niño no nacido todavía, el útero materno se constituye en la primera instancia de acogida, tibia, resistente contra los golpes, flexible, en fin, lugar para la primera escucha de susurros, esto es, palabras dirigidas a la corroboración de la aceptación plena, a la incipiente comprensión fundada en el tono de las palabras de los cuentos infantiles leídos con los ojos de la ilusión, a las primeras notas musicales y, sobre todo, a las caricias primarias que abren el camino a la diferenciación del niño como nuevo sujeto, distinto y muy personal dentro de su mamá y antesu mamá y papá.

Sin aún dar el paso a la región más transparente que es su hogar (como serán después la escuela y la calle contigua a la casa) el niño ha comenzado a ser, ha percibido el equivalente a aprender a ser por cuenta de los adultos significativos. Con estas figuras como modelos ha adquirido el primer tiquete para viajar por la vida.

Una vez nacido el niño y puesto en la cuna, se hace inevitable fijar la atención en él. Allí se convierte en sujeto de cuidados y de regulación. Y aunque él no puede caer en la cuenta de las intenciones de aquellos que lo rodean con respecto a su bienestar, sí va formando una huella existencial que se le va grabando, un carácter, un modo de ser y aparecer traducibles en serenidad, que es la manera como los niños pequeños testimonian su percepción y vivencia de la felicidad.

Recomendaciones

  • Exprésense, como pareja, su amor y lo que esperan de la proyección del mismo en los hijos
  • Mantengan un proyecto de vida personal compatible
  • Comuníquense mutuamente sus expectativas y extiendan tal comunicación a sus adultos significativos con respecto al nuevo niño y lo que aguardan de ellos en cuanto llegue a ser necesario
  • Aliméntense bien y balanceadamente
  • Comulguen con la naturaleza
  • Ríanse juntos
  • Provean de caricias y afecto al niño; atiéndanlo cuando llora, como el modo de atender el lenguaje con el cual manifiesta sus inconformidades y demandas

Vladimir Zapta Villegas 
Educador

Marcela Zapata Gómez 
Médica Pediatra