Primero gatear para después ‘andar’

Primero gatear para después ‘andar’

La etapa del gateo, que por lo general se da entre los seis y los ocho meses de edad, es clave para el desarrollo del cerebro, la atención, la visión, la lateralidad y el equilibrio. Los padres deben estar alerta para estimular la aparición de esta habilidad en el bebé, fundamental en su camino hacia el futuro.

Por falta de conocimiento y a la espera de que sus hijos caminen más pronto de lo que toca, muchos padres ni se dan por enterados de las implicaciones que puede acarrear el hecho de que los bebés se salten la etapa del gateo. En vez de eso, les compran caminadores y no les brindan muchas oportunidades de moverse en el piso. Pero la realidad es que el gateo es una fase imprescindible en el neurodesarrollo. No se puede analizar al ser humano sin darle un vistazo al proceso evolutivo (filogenia). Por lo menos así lo sostiene el neurólogo y neuropediatra, Carlos Medina Malo: “La historia del desarrollo del cerebro tiene alrededor de 750 millones de años y se dio antigravitatorialmente en el agua, ambiente en el que se formaban los seres vivos. En esa evolución, las células asexuadas se volvieron sexuadas, luego vinieron los peces, los anfibios y los grandes reptiles. En ese momento, aparece el cerebro reptil que empieza a luchar contra la gravedad. Entonces se inicia el proceso de marcha cuadrúpeda”. Luego de 60 millones de años vinieron los primeros mamíferos, con una forma de reproducción distinta, por placenta, seres que buscan el alimento en su propia madre. Cuarenta y siete millones de años después, aparecieron los primeros mamíferos con las características del hombre de hoy: talón, uñas y dientes para cortar, masticar y rasgar. Y se necesitaron 40 millones de años más para llegar a la posición de pie (bípeda) y otros 20.000 años para la socialización.

Pero, ¿qué tiene que ver esta historia con el gateo?

Todo, pues en el neurodesarrollo se repite el proceso descrito anteriormente. De acuerdo con el doctor Medina, la evolución del ser humano desde el momento de su concepción es igual (ontogenia), pero son procesos paralelos solo en el espacio, no en el tiempo. La muestra es que en el ser humano hay dos períodos: uno de vida intrauterina (en el agua) y otro luego de nacer. A los nueve meses de su gestación, cuando el bebé está listo para salir al mundo exterior, su cerebro se ha formado completamente, pero sin una función lo suficientemente clara. “Es un cerebro reptil que pasa por todos los procesos de neurodesarrollo del cerebro mamífero para llegar a la bipedestación (la capacidad de andar sobre la extremidades inferiores): el niño, primero se gira, luego se arrastra, se sienta, gatea, se arrodilla, se para y corre. En ese momento se abre la posibilidad de aprendizaje consciente y de socialización”, explica el especialista. “En el nacimiento –continúa el doctor Medina– el cerebro humano está constituido por un gran cerebro reptil o sensorial, que vive con nosotros toda la vida, nos permite sentir ansiedad y miedo, manejar la respiración, la frecuencia cardíaca, la sudoración y los procesos biológicos primarios. Luego viene el cerebro mamífero o del movimiento, desde donde también se forma la atención, y sobre ese se arma el cerebro de raciocinios o de pensamiento”. Lo cierto es que en todos estos procesos el bebé necesita del compañamiento de la madre para que sucedan como deben ser. Pero en ocasiones no sucede así y los padres dejan a sus hijos al cuidado de nanas o abuelas que no los estimulan lo suficiente ni los ponen en el piso para que gateen. Al respecto, el especialista recalca que los niños que no gatean, aunque son bebés normales, les falta estimulación. “La madre sabe qué es lo que tiene que hacer su hijo. Su instinto se lo dice y si no gatea, pues ella se pone en el suelo, se arrastra y el niño hará lo mismo, gracias a lo que se conoce como ‘células espejo’ que permiten que él imite esos movimientos”, enfatiza.

¿Por qué es indispensable?

En el acto de gatear se conectan los dos hemisferios cerebrales (izquierdo y derecho) y ese es el punto de partida de la lateralización del cerebro, imprescindible en todas las actividades y en el desarrollo de las funciones cognitivas, implicadas en los procesos de aprendizaje. Con la lateralización se desarrolla el desplazamiento corporal en equilibrio. Ese movimiento comprende el del eje de las caderas y el de los hombros. Al gatear se tonifican los músculos que más adelante permitirán que el niño mantenga la columna perfectamente recta cuando esté maduro para poder ponerse de pie. Adicionalmente, apoya su peso en las palmas de las manos y soporta esa tensión en las articulaciones de las muñecas, de los hombros, de la columna vertebral, del fémur y de la cadera y así percibe la oposición de la gravedad y aprende a manejarla (como en el proceso evolutivo). Así mismo, permite el enfoque de los ojos. Al mirar al piso para poner la mano o la rodilla convenientemente, el niño enfoca los dos ojos en un mismo punto a corta distancia. Y es que según estudios de optómetras, el 98% de los niños con estrabismo no gateó lo suficiente. También es clave en el proceso de la lecto-escritura. Con el gateo se va desarrollando la coordinación cerebral ojo-mano y, obviamente, es todo lateralización.

¿Cómo y cuándo?

El gateo se da entre los seis y ocho meses de edad. En esa etapa, los bebés empiezan por aprender a permanecer sentados. Luego pueden mantener erguida su cabeza para ver alrededor y fortalecen los músculos de sus brazos, piernas y espalda, que les servirán para pasar a la posición de ‘cuatro patas’. Finalmente, el niño descubrirá que al empujar sus rodillas contra el suelo obtiene el impulso necesario para  empezar a gatear. Luego aprenderá a volver a sentarse desde la posición de gateo y desde entonces empezará a perfeccionar su técnica cada vez más hasta que gatee perfectamente. Y, ¡ojo!, hay solo un tipo de gateo, otras posiciones para desplazarse no lo son. El paso siguiente es la marcha de rodillas y luego pararse. Y a los 12 meses es común que empiecen a caminar.

Si no sucede…

Hay cuatro áreas de neurodesarrollo psicomotor: motor grueso, motor fino, lenguaje y socialización. Todas tienen su tiempo y si una de ellas se altera, afecta a las demás. Cuando estas fallan los niños no gatean. De acuerdo con el doctor Carlos Medina, esto puede suceder por muchas causas, como daño cerebral, parto prolongado y problemas de lateralización del cerebro que causan déficit en el desarrollo y que deben descartarse en una evaluación médica. Las consecuencias de no gatear van desde problemas de aprendizaje, hasta de seguridad y sueño que se extienden hasta la edad adulta. “Hay personas que no manejan la lateralidad y la integración de los dos hemisferios del cerebro, lo que también se nota en la posición de las rodillas (juntas), zapatos gastados por encima o torcidos, uñas encarnadas, dolores de cabeza y disfunción temporomandibular (alteración de las estructuras de esta articulación), entre otros. Cuando se tiene un mal patrón de aprendizaje básico no se puede tener buena respuesta. Y es que el cuerpo es holístico, es un todo y como tal debe verse”, concluye.

¿Qué hacer?

Si un bebé no gatea, no hay que dejarlo pasar inadvertido. Al respecto, el especialista recomienda ser más instintivo. “Los padres tienen que ser más partícipes del neurodesarrollo de los hijos y hacer más esfuerzos para estar con ellos. Cuando noten que el desarrollo se altera y no ven respuestas, deben consultar”. En ese sentido, aconseja a los padres no quedarse con respuestas simples como, por ejemplo, si el niño no se voltea, que piensen que “mejor así, con eso no se les cae de la cama”. Todo lo contrario, hay que buscar las causas y la forma de solucionar el problema. Es claro que en el aprendizaje los niños copian, en especial de sus padres, más que de nanas, maestros o abuelas. Por eso, aquellos que tienen madres que manejan el desarrollo instintivamente, tendrán menos problemas. Ellas y sus hijos hablan el mismo lenguaje.

Por: Ana María Gómez Campos

Con la asesoría de  Carlos Medina Malo

Neurólogo y neuropediatra