Preservar la infancia como etapa del vivir

En cada momento de su vida el niño es una realidad polifacética; por ello, debe vivir paso a paso la plenitud de cada una de sus edades biológicas. El aquí y el ahora son inherentes a su transcurso vital, desde las condiciones de severa indefensión propias del recién nacido y el proceso dinámico de construcción de las metas del desarrollo, hasta las manifestaciones de cuestionamiento y oposición propias de la adolescencia.

Aceptar la naturaleza propia de la edad de sus hijos constituye el primer acto de entendimiento por parte de los padres. El enfoque del hijo solo como un proyecto del hombre del mañana constituye una valoración inadecuada de su esencia y su destino. La mayoría de las tensiones que son frecuentes en la relación padres-hijos están situadas en una exagerada vivencia del futuro, en la que se subestima el presente y se piensa que durante los años de infancia “no se puede perder el tiempo”. No se tiene en cuenta que dentro de la secuencia y vivencia del desarrollo son absolutamente necesarias aquellas aproximaciones del niño con su entorno, para que la sintonía con la naturaleza, el ejercicio de su capacidad de asombro y los procesos creativos e interactivos de complejidad creciente, se constituyan en insumos para la progresión hacia una excelente salud física, mental y social, que permita mediante un adecuado desarrollo de la personalidad, afrontar la vida en las mejores condiciones.

Frente a lo anterior, es preocupante que en nuestra sociedad esté desapareciendo el concepto y la realidad de la vida de infancia, como consecuencia directa del impacto que están causando los medios de comunicación. A veces se tiene la impresión de que la infancia está huyendo de los niños.

El descubrimiento gradual y progresivo de los secretos del mundo con pleno ejercicio de la capacidad de asombro, debe continuar siendo un elemento fundamental de la crianza. Hagamos todo cuanto esté a nuestro alcance para este empeño necesario y trascendente.