Otredad

Por: Rubén Darío Barrientos G.
Abogado asesor

“Para que pueda ser, he de ser otro, salir de mí,
buscarme entre los otros”.
Octavio Paz

Otredad es un término sonoro. Podríamos decir que define en dos palabras su quintaesencia: la individualidad y el respeto. Aparta de tajo las imágenes de xenofobia, racismo, homofobia, misoginia y otros lastres más. Nos recuerda que “no soy único en el mundo” y que “mis derechos llegan hasta donde comienzan los del otro”. Nos advierte, con mucha energía, que deben ser lemas de la vida: el respeto por el otro y el reconocimiento del otro. Para la Real Academia Española (RAE), la otredad no es otra cosa distinta a la “condición de ser otro”. Entretanto, su disciplina se enfila a buscar el entendimiento entre nosotros (“el yo”) y los demás (“los otros”).

La docencia debe tener relación directa con el respeto por el otro, con el hecho de que las libertades de los estudiantes deban ser respetadas. La otredad pretende un cambio interior, desde “el otro” hacia mí. Yo cambio, en la medida en que “el otro” se introduzca en mí y me permita que su experiencia me transforme. Y allí, tiene eclosión la alteridad, que, llanamente, es “ponerme en los zapatos del otro”, en la perspectiva del otro. Algunos autores aseguran que la otredad se construye desde la alteridad. Todo juega en favor de un viento suave y refrescante: el valor social añadido.

La antropología, la filosofía y la sociología, para no citar sino tres materias, son entrañas de la otredad. En el reconocimiento de las diversas religiones existentes en el mundo –para graficar una condición humana–, la otredad se abre camino para buscar la aceptación mediante el respeto de creencias, costumbres, adoraciones y vestimentas. Cuando el nazismo, en plena Segunda Guerra Mundial, deparó un exterminio de un grupo étnico, apeó la falta de reconocimiento del otro. Pero, volviendo a lo que nos ocupa: ¿cuándo se acuñó el término otredad? Algunos lo asocian con el evolucionismo del siglo XIX y no pocos los circunscriben al funcionalismo propio del siglo XX. No importa la época, mientras mi actualidad engendre una sensibilización frente al dolor ajeno.

En el encuentro con “el otro” se levantan los cimientos de “un nosotros”. Le basta a la economía de las relaciones humanas, la identidad y la solidaridad para interactuar. Y allí, nuevamente hace su aparición la alteridad, para recordarnos que “la experiencia del otro, me transforma a mí”. Es la síntesis de la reciprocidad, es la opción de ser “la otra persona”. Podemos predicar, consecuentemente, que el “otro” es una acepción clave en la filosofía continental.

Octavio Paz, el “poeta de la otredad”, en un ensayo, al cual llamó El laberinto de la soledad, consiguió describir qué es ser un mexicano mirándose desde fuera y a través de las experiencias de un adolescente que migra para Estados Unidos. Algunos psicólogos consideran que los procesos en la adolescencia se deben a la percepción de la otredad. Unos autores que han trabajado mucho la otredad (Garro-Gil, 2017), explican que: “En el encuentro con el otro se experimentan: ir y venir, escuchar y hablar, mirar y guardar silencio, esperar y permitir, llorar y reír. Son experiencias de las relaciones humanas, actitudes que implican trasegar y asentir la dualidad entre inmanencia y trascendencia”.

No hay duda, por ejemplo, que en el cara a cara con el dolor, se comunica el sentimiento. Otros investigadores que han ahondado mucho sobre este tema (Murcia-Albañil y Rodríguez-Beltrán, 2019), analizan la intervención como proyecto preconcebido en el tiempo, el cuerpo y la relación “nosotros” y despliegan magistralmente la presencia del “otro” en “mí”, para construir un “nosotros”. Es innegable que, a través del dar y darse a los demás, es como se conoce uno a sí mismo.

En una población tan polarizada, echar mano de las herramientas otredad-alteridad, hace soñar con un mundo más inclusivo.