Obediencia y sumisión

Obediencia es un vocablo derivado del latín obedire, que quiere decir “oír, escuchar, dar crédito, creer en”. Estos significados implican que un niño o adolescente obedece cuando escucha lo que responde a sus necesidades, potencialidades, capacidades y, sobre todo, a sus derechos. También, que obedece cuando escucha la opción que le satisface y cuando sabe que le creen, que le dan crédito. Quien aprende a obedecer a sí mismo y a las razones sociales fundantes aceptadas colectivamente se apropia del elemento fundamental de buena ciudadanía: el autocontrol, que es un asunto de maduración, de equilibrio emocional.

Los niños nacen inmaduros. Las experiencias, la inteligencia, la condición sexual y la manera como los cuidadores adultos acompañan en la crianza constituyen la forma como se configuran el carácter y el desarrollo emocional.

Una persona madura emocionalmente, es decir, con los cerebros límbico y social bien desarrollados, es un sujeto estable, que gestiona la frustración, acepta la responsabilidad de sus propios actos y tiene la suficiente amplitud mental para escuchar reflexivamente la opinión de otros. Para disponer de esa madurez emocional es indispensable que el neocórtex cerebral (corteza prefrontal) tenga un grado adecuado de desarrollo.

El neocórtex cerebral, localizado anatómicamente en los lóbulos frontales, es responsable de las funciones más elevadas y más complejas; inhibición de los otros dos cerebros (el límbico y el reptiliano) y la capacidad de expresar empatía, condición necesaria para el desarrollo como seres humanos. La empatía puede ser definida como el sentipensar con el otro y para el otro en la afanosa búsqueda del bien mutuo, de la fiesta de la convivencia humana.

En el neocórtex residen las capacidades superiores del ser humano y su proceso de maduración se da fundamentalmente en función de la calidad del acompañamiento de los cuidadores adultos. El autocontrol, se desarrolla casi por completo en la primera infancia (período que va de la concepción al sexto cumpleaños) y continúa su desarrollo con menor intensidad hasta los 21-30 años de edad.

Este conocimiento del modo de desarrollarse el autocontrol riñe abiertamente con las pretensiones de programas de televisión, muy populares, en los que una persona con poderes especiales ayuda a que estos mocosos (calificativo peyorativo maltratador para los niños) aprendan a comportarse o en el que adolescentes sin autocontrol (hacen lo que les da la gana y no les importan los demás) ¡en una semana¡ consigan este autocontrol por situarse en una familia con rigidez como el camino al éxito.

La sumisión es obediencia ciega e irreflexiva, generalmente derivada de prácticas castigadoras, lo cual quiere decir que un niño o adolescente se somete al adulto autoritario.

Quien aprende en su niñez y adolescencia a obedecer por miedo o a ser sumiso tendrá todas las posibilidades de formar parte del grupo de borregos utilizados por los poderosos para sus fines, en desmedro, por lo tanto, de  la posibilidad de una buena ciudadanía.

Como lo señala la educadora familiar Colombiana Ángela Marulanda, hay una clara relación entre obediencia y disciplina, en el sentido de que ser obediente (obediencia situacional) es someterse sumisamente a la voluntad de otros, mientras que ser disciplinado es cumplir con el deber por voluntad y decisión propia (obediencia por compromiso, autocontrol).

Gabriel Álvaro Posada Díaz
Pediatra puericultor