Mujer gestante, fruto diversamente hábil

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Sin importar el escenario en el que se reconozca la llegada del bebé, la gestación debe aceptarse no solo como un proceso natural, sino también como un período crítico, particular y especial dentro del ciclo vital, con necesidades de ajuste y adaptación.

“Mi pequeño tesoro

se halla escondido,

entre el valle y el monte

que hay en mi ombligo.

Mi pequeño trocito de gloria,

es el alba que alumbra

una nueva historia”.

Presuntos Implicados

El período de tiempo comprendido desde la fecundación del óvulo por el espermatozoide hasta el momento del parto se conoce como embarazo. Este va más allá de los cambios físicos, psicológicos y sociales.

Otro concepto a tener en cuenta es el período de gestación donde una mujer puede gestar o ser formadora de vida y hacerlo tangible desde el momento de la concepción, donde la esfera emocional es protagónica más allá de las moléculas, contemplando la madre, la pareja, la familia y el entorno. Este concepto incluye la vida desde el instante en que una pareja alberga la posibilidad de que su amor se plasme en una o más vidas.

Durante el período de gestación se empieza a identificar un dinámico proceso de interacción entre los deseos y los temores que presenta la madre y cómo esto genera los propios conocimientos que cada mujer adquiere sobre el embarazo. Es aquí donde surge el concepto de ‘maternaje’, entendido como el conjunto de procesos psicoafectivos que desarrollan e integran (bien o no) a la mujer. Es necesario reconocer entonces que la gestación transcurre entre el inmenso deseo de que todo salga bien y el innegable temor de lo inesperado; es un estado constante de ambivalencia, ambigüedad y complejidad. No es de ninguna manera simple o alejado de conflictos; es una mezcla entre el egocentrismo y el reconocimiento del otro y, por lo tanto, la confusión, constituyendo una nueva relación madre e hijo que tendrá una representación futura en ambas vidas.

Este período corresponde a una realidad de vida que invita en mayor o en menor grado a cuestionarnos sobre sus orígenes, su curso y el desenlace, sin olvidar las creencias y la cultura con las que se ha crecido.

Las respuesta a la infinidad de preguntas que se pueden generar en el tiempo de gestación por parte de la madre, el padre y la familia, encuentran respuesta parcial en sus propias historias de vida, especialmente las de la madre, pero también en un gran número de fantasías, mitos y experiencias relatadas por otras personas. De las formas en las que se orientan estas respuestas se ha percibido que la gran mayoría corresponden a las fantasías que transcurren en la gestación, entre lo que la madre cambiaría o tomaría de su propia madre, de su familia y la necesidad de darle a su hijo lo que ella no tuvo. La mujer atraviesa, entonces, la maternidad en función de su historia y vivencias individuales, su estructura de personalidad, su situación psicosocial y la ubicación del niño en la historia de la familia.

Cuando nos enteramos de la presencia de un nuevo integrante de la familia, desde nuestro trabajo en la comunidad con madres gestantes y sus familias, nos puede ocurrir que nos encontremos en alguno de los escenarios que vamos a describir: primero, “cuando lo deseábamos tanto, lo amamos y lo aceptamos”. El segundo, “cuando no lo planeamos, lo aceptamos y lo amamos”; y el tercero, “cuando no lo esperábamos y nos cuesta trabajo aceptarlo, pero seguimos adelante”.

Independiente del escenario en el que se reconozca la llegada del bebé, lo importante es aceptar la gestación no solo como un proceso natural, sino también como un período crítico, particular y especial dentro del ciclo vital de las personas y, por lo mismo, con necesidades de ajuste y adaptación que deben ser atendidas.

Este período puede contener algunas variaciones, como la presencia de una noticia no esperada, tal como una enfermedad (condición de discapacidad, malformación, enfermedad rara o una situación de vulnerabilidad) en la que será necesario entonces resignificar al niño o la niña desde el vientre, como una persona diversamente hábil, que corresponde a “las personas que presentan diferencias físicas, cognitivas o sensoriales, pero que tienen habilidades y capacidades funcionales que les permiten expresar de manera diferente, pero dignamente, su proyecto de vida”.

Este acontecimiento se sale del curso esperado de la gestación, en especial para la madre, quien intentará buscar sus propias respuestas, como parte de su proceso de adaptación a la nueva situación. Por ejemplo: “No sé cómo podría vivir con un bebé que fuera diferente, eso es muy difícil, a esas mamás y a esos niños les toca muy duro”, o inicialmente podrían pensar: “Mi niño está averiado… Lo que más deseo es volver a tener un niño sin defectos que me haga sentir como una mamá que hace bien a sus hijos”.

El diagnóstico durante la gestación que indica la presencia del bebé en la categoría de persona diversamente hábil, se constituye en un hecho social caracterizado por varios elementos conducentes a un proceso de duelo, ya sea por la pérdida del bebé ideal o del hijo soñado o por la anticipación de la muerte del hijo, lo cual determina la necesidad de intervenciones que involucren las dimensiones médica, psicológica y social.

El impacto para la persona y para el grupo familiar que vive esta experiencia, es dependiente del nivel de variabilidad que represente con respecto a lo esperado, de la viabilidad existencial o del grado de visibilidad o inscripción corporal de dicha variabilidad. A partir de ello, las familias construyen estrategias de afrontamiento que incluso moldean sus contextos de convivencia, con el fin de ajustarlos a la nueva realidad.

El objetivo de cualquier intervención que se haga en este período será el de lograr una adecuada elaboración de las emociones propias de este proceso de duelo, que permita una posterior adaptación a la nueva situación y, con ello, un desarrollo de recursos emocionales para la familia necesarios para la generación de un entorno de bienestar y de desarrollo familiar para el niño que está por nacer.

Las emociones propias del proceso de duelo pueden incluir desde el shock, en donde la incertidumbre y la negación se fusionan haciendo que la familia requiera la búsqueda de la mayor cantidad de información posible; la evasión de la realidad, la calificación como ‘errónea’ de la información médica, transitando también por sentimientos como la rabia acompañada de frustración y dolor; la sensación de culpabilidad como una estrategia de búsqueda racional de explicaciones, hasta la tristeza, la desesperanza y la aceptación; todo ello en un transcurrir cíclico sin orden sistemático y con poca predicción de sus intensidades.

En este proceso tiene un lugar privilegiado el llamado ‘vínculo afectivo’, dado que durante la experiencia de conocer, entender y aceptar la gestación diversamente hábil, la dimensión emocional de la gestante y su familia, puede implicar cambios negativos en la vinculación afectiva percibida por los padres hacia su hijo. De ahí que la tarea más importante de quienes apoyan el proceso sea la de resignificar las emociones, así como redefinir el shock y el dolor, con el fin de reparar el proceso vincular que se ha visto afectado, ya que de su calidad dependerá la interacción padres-hijos-familia, posterior al nacimiento.

Son la resiliencia (entendida como la capacidad de enfrentar con éxito la adversidad) y el afecto, los componentes que emergen en este momento como elementos facilitadores tanto del constante proceso de elaboración del duelo que nunca termina, como de la adaptación permanente a la nueva situación.

En este proceso son varios los escenarios de vulnerabilidad para las familias que cursan con una gestación que generará un bebé diversamente hábil, poniendo a los padres, familia y cuidadores frente a una sociedad y servicios de salud no incluyentes.

Actualmente, nuestras instituciones sociales y de salud fragmentan lo físico de lo psíquico, limitando sus intervenciones a interconsultas, que se dan frecuentemente a través de los servicios ambulatorios o de la consulta externa, pero se carece de programas institucionales que integren los aspectos psicológicos y sociales a la atención médica, especialmente para casos críticos y emocionalmente dolorosos.

Durante los últimos tiempos se ha realizado sensibilización ante las habilidades diversas, pero valdría la pena atravesar el horizonte, hacer un alto, reflexionar e iniciar procesos de concienciación a toda la población y, con esto, lograr una verdadera inclusión que permita la eliminación de barreras de acceso, para que cada persona pueda desarrollarse dignamente como ser humano, independientemente de sus características, configuración física, mental, social o cognitiva.

De la correcta comprensión de la diversidad, de la imperiosa necesidad de apoyar el curso del duelo perinatal, de la importancia de la relación médico-paciente, del respeto por las diferentes estrategias de afrontamiento puestas en marcha por las gestantes y sus familias y por sus redes de apoyo, y del trascendental lugar del vínculo afectivo, comprenderemos entonces lo imprescindible de las intervenciones multidisciplinarias organizadas, en donde ginecólogos, pediatras, psicólogos, enfermeras, padres, familiares y cuidadores se integren en la generación de espacios terapéuticos. Igualmente, es fundamental la inclusión de temáticas referentes a este tema en los centros de atención de salud y en los escenarios de formación universitaria, así como el fomento de la investigación en este campo y los grupos de interés participativo.

La puericultura de las personas diversamente hábiles encuentra un gran apoyo en el papel que puede desarrollar el pediatra antenatal, quien tempranamente acompaña y apoya una familia en una experiencia diversamente hábil.

Pediatra antenatal

El pediatra antenatal pasa a desempeñar un papel fundamental en el seguimiento del bebé y su núcleo familiar desde la gestación, cumpliendo con algunas funciones primordiales a las cuales se debe entregar para que se genere todo un grupo interdisciplinario que involucre de manera activa a los futuros cuidadores, padres y en general a la familia.

Para lograr este objetivo debe acompañar las fases adaptativas del grupo familiar, convertirse en aquel profesional capaz de contener y reconocer emociones causadas por la situación, ofrecer respuestas claras y sinceras a los padres, fomentar buenas relaciones y momentos de seguridad con la familia, involucrar a estos padres con grupos o federados en la misma situación, ejercer la comunicación asertiva y, lo más importante, fomentar la resiliencia, el amor y la esperanza.

Se ha llegado a la conclusión de que el embarazo diverso no es raro; lo raro es no estar preparado para abordarlo. El reto es promover grupos de apoyo que generen concienciación e inclusión para este tipo de situación.

 

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