Muchas gracias: ¡de nada!

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(El don de la gratuidad)

 

Dentro de las muchas definiciones que existen de gratuidad, una muy apropiada para las condiciones actuales de la sociedad es: desprenderse gratuitamente de algo sin esperar una contraprestación, dando ese “algo” (amor, felicidad, solidaridad, empatía, sabiduría), siempre, cada vez que haya una oportunidad y no de manera intermitente, dependiendo del estado de ánimo. Pero gratuidad es también todo aquello que no se puede comprar con dinero.

Desde otro punto de vista, todo ser humano tiene un don, un regalo que no le cobraron ni por el que ha que pagar (capacidades, competencias, valores) y precisamente por su naturaleza humana, por su espiritualidad, toda persona, desde el punto de vista ético dará esos dones a otros sin que por ello los vaya a perder. Al contrario, mientras más se dan esos dones, más crecen en el interior de cada uno. En cambio, si no se comparten, se apagan.

Cuando se llega a comprender que la vida es un don, toda persona logra darse cuenta de que la esencia de vivir consiste precisamente en dar lo que uno es, más que dar lo que se tiene desde el punto de vista material. Si se cuenta con un carácter alegre, se podrá dar alegría; si se tiene el don del conocimiento, es eso lo que se dará; si se es solidario, se irradiará empatía. Es claro, entonces, que todas las personas tienen dones, valores que se pueden cultivar, fortalecer y compartir siempre.

Entendiendo que la existencia, el ser, es un don y que por eso mismo estamos hechos para el don, para dar, para mostrar lo que somos, es en ese dar, en exteriorizar lo que somos donde  se asienta la felicidad. La persona que da lo que es y que ve que gracias a ese don se mejora el mundo a su alrededor, esa es una persona feliz.

Desde el punto de vista del mercado, en este la regla es dar para recibir, para tener, comprar objetos o servicios a cambio de un pago, de una compensación, de un favor, de un trabajo. La razón del mercado es siempre un intercambio; se da un bien o un servicio y se recibe un precio, buscando siempre la obtención de un beneficio. Pero esta concepción no se puede convertir en la principal forma de relación pues se acaba poniéndole precio a todo, de buscar el propio interés por encima de valores, cayendo así en el individualismo, el que a su vez lleva al mercantilismo, al utilitarismo y consumismo, como meta principal de vivir

Con la anterior consideración queda clara la diferencia entre el mercantilismo y la gratuidad, siendo está todo aquello que no se puede comprar con dinero. Se puede comprar diversión pero no felicidad; se puede comprar una casa pero no una familia, medicamentos pero no salud; diplomas pero no cultura; sirvientes pero no amigos. Tampoco es gratuidad cuando se da algo para recibir un favor, para interceder por alguien, para influir en un contrato, un empleo, un cupo en el colegio, cuando se mantiene una relación con el otro en la medida en que sirva para el propio interés, no por una auténtica amistad. Tampoco son gratuidad los regalos, promociones y descuentos en el comercio pues siempre se hacen a cambio de alguna utilidad, de vender más, de conseguir más clientes, etc.

Por otra parte la gratuidad transforma el concepto de progreso, entendido como la mejora integral de toda persona y de las relaciones interpersonales a través de los dones de cada quien. En el mundo de la economía, del mercado se entiende el progreso como el éxito económico, en vender más para ganar más. “Si tú ganas, yo pierdo” como decía el filósofo y economista  Thomas Hobbes. En cambio, el don es un servicio, algo que se da gratuitamente, excluyendo toda obligación de retorno, de pago o compensación. Y si este dar gratuitamente genera una reciprocidad por parte del otro, esta debe ser libre, sin costo. Se da para no recibir nada a cambio sino por el interés sincero por el bien del otro.

Para concluir, la gratuidad se manifiesta de manera sencilla en el intercambio de palabras entre dos personas después de dar algo de manera gratuita. Quien recibe dice ¡Gracias! Es la manera de manifestar su gratitud por haber recibido un regalo, un don. Y quien da usualmente contesta ¡De nada! Con lo que libera al otro de la obligación de dar él también. Esa respuesta enfatiza la realidad de que lo ha hecho de manera libre, por “nada”, es decir que no espera nada a cambio.

“Somos don y estamos hechos para el don. Sólo a través de la propia experiencia puede constatarse que en este movimiento de exteriorización radica la felicidad. Es libre la persona que puede donar lo que es en sus adentros, la que puede expresar en el mundo su riqueza y creatividad interior. Es feliz la persona que da lo que es y observa que, gracias a ese don libremente donado, mejora, ostensiblemente, el mundo que le rodea”, como bien afirma Andrés Jiménez en su obra “La lógica del don y la ética de la gratuidad”

 

Luis Carlos Ochoa Vásquez
Pediatra puericultor

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