Mi hijo no duerme bien

Por: Gloria Viviana Torres Archila
Residente IV de Pediatría – Sanatorio Itoiz (Buenos Aires – Argentina) y
Ángela María Giraldo Mejía
Pediatra puericultora
Coordinadora de Pediatría – Clínica Comfamiliar (Pereira – Colombia)

Los trastornos del sueño son un motivo de consulta frecuente debido a que los despertares nocturnos son situaciones que suelen asociarse a una gran perturbación familiar con impacto emocional, social e inclusive laboral. Concomitantemente, las alteraciones del sueño revisten una gran importancia, ya que la función del sueño es un indicador del desarrollo infantil y neurológico adecuado del niño y, en muchas ocasiones, puede reflejar una estrecha relación entre el problema nocturno y las alteraciones durante el día del comportamiento; es posible que se asocie con conflictos familiares, trastornos del aprendizaje y con maltrato infantil.

Los trastornos del sueño se clasifican en dos grandes grupos:

  1. Disomnias: son las alteraciones en la cantidad y calidad del sueño, que incluyen: el insomnio, la hipersomnia (sueño excesivo), resistencia a dormir y miedo a dormir solo.
  2. Parasomnias: son fenómenos que aparecen durante el sueño, donde se incluyen las pesadillas, terrores nocturnos, sonambulismo, bruxismo y enuresis (no control de esfínteres).

Si su niño está padeciendo algún tipo de trastorno del sueño, puede presentar algunas de las siguientes características:

  • Dificultad para despertarse.
  • Duerme en situaciones inusuales, tiene persistencia o prolongación de las siestas.
  • Presenta cambios de humor (irritabilidad, labilidad emocional), o del comportamiento (hiperactividad, conducta oposicionista, impulsividad, bajo nivel de conciencia de riesgo, baja tolerancia a la frustración).
  • Tiene accidentes frecuentes, dolores en las piernas, hormigueos o calambres.
  • Presenta déficit neurocognitivo (inatención, pobre concentración), dolor de cabeza en las mañanas, o bajo rendimiento escolar.
  • Se despierta varias veces por las noches y, como consecuencia, hay conflictos familiares por la falta de sueño en el niño y, por ende, de sus padres o cuidadores.

Es primordial para los padres conocer que la cantidad de horas de sueño diurno y nocturno disminuye gradualmente a lo largo de la infancia, ya que, en ocasiones, las expectativas de sueño que consideran los padres difieren de las necesidades reales, por lo que pueden estar refiriendo un problema de insomnio cuando no lo hay. Además, la resistencia a dormir solo es una manifestación esperable entre los 2 a 5-6 años de edad y, por ello, puede ser considerada que “casi forma parte del desarrollo normal de todo niño”. La presencia de cohabitación es un hecho que, generalmente, está más relacionado con factores socioambientales (elevado número de convivientes, cantidad de habitaciones), que con trastornos del sueño.

Entre los 4 y los 5 años de edad el 35-40% de los niños ha suspendido naturalmente las siestas y, sobre esto, los padres deben estar informados. Entre los 6 y los 12 años el sueño adquiere gradualmente las características propias del adulto. Entre tanto, en los adolescentes se advierte la aparición de una hipersomnia fisiológica que, en parte, está relacionada con cambios hormonales normales.

El sonambulismo se presenta casi siempre entre los 4 y los 8 años de edad y desaparece en la adolescencia. El tratamiento apuntará a dar correctas pautas de higiene del sueño, que incluyen el no favorecer la estimulación externa del niño durante el evento y disminuir las actividades excitantes en horas previas al dormir.

Las pesadillas, entre tanto, son sueños con un contenido inquietante o angustiante para el niño. Los terrores nocturnos se caracterizan por episodios de brusca y súbita aparición, ansiedad extrema, intenso miedo y desconsuelo, con espontánea resolución, reanudación del sueño y amnesia en la mañana sobre el episodio nocturno.

El bruxismo, por su parte, puede ser secundario a anormalidades odontológicas, como mala oclusión dentaria, el estrés, la ansiedad y las alteraciones respiratorias durante el sueño que deben investigarse cuando, además, se asocia con ronquido, el paciente se queja de dolor en la articulación mandibular y de dolor de cabeza, y suele haber desgaste del esmalte dental.

Promedio de horas de sueño esperado para la edad

Edad Horas de sueño en 24 horas
0 a 2 meses 14 a 16
3 a 12 meses 13 a 16
1 a 3 años 12
3 a 5 años 11 a 12
6 a 12 años 10 a 11
> 12 años 8 a 9

Tratamiento

El primer paso debe ser la educación de la familia y del niño, lo cual, a veces, es suficiente. La higiene del sueño es importante en todos los casos, siendo el único tratamiento en los trastornos del sueño de origen conductual y en el sueño insuficiente. El tratamiento, en general, va a ser fundamentalmente conductual, excepto en casos de enfermedad psiquiátrica o cronificación del trastorno. Otras pautas que se siguen son:

1. Medidas ambientales:

  • Uso de cama confortable.
  • Ambiente de baja intensidad lumínica.
  • Temperatura adecuada.
  • Ambiente poco estimulante.
  • Evitar asociación de la cama con situación de castigo.
  • Evitar el consumo de bebidas con cafeína después del mediodía.

2. Medidas que animan o facilitan al niño el irse a la cama:

  • Realización de rutinas predecibles para acostarse.
  • Acostar y levantar a los niños a la misma hora habitualmente.
  • Promover la capacidad de dormirse sin la presencia de los padres.
  • Llevarlos a la cama cuando están cansados y evitarlo si están demasiado activos.
  • Realizar actividades relajantes y no unas intensas antes de acostarse.
  • Resolver problemas o hacer planes antes de acostarse y no en ese momento.

3. Evitar asociaciones externas que acompañan el comienzo del sueño, tales como: chupete, biberón, brazos, palmadas, movimientos de vaivén, contacto corporal con los padres, cantos, ruidos, luces y objetos particulares y, aun en casos no tan excepcionales, la televisión a su máxima potencia y paseos en automóvil.

4. El uso de fármacos inductores del sueño para niños no es recomendado: no hay datos en la actualidad que permitan establecer su seguridad y eficacia, y solo debe ser indicado por el pediatra.

5. La presencia de otras enfermedades que puedan desencadenar una alteración del sueño deben ser estudiadas y descartadas por el pediatra, tales como: disfunciones cerebrales y metabólicas, malformaciones y traumatismos craneoencefálicos, alergia, asma, hipertrofia adenoidea o amigdaliana. El tratamiento se dirigirá a la causa de base y, con ello, las alteraciones del sueño conseguirán mejorar ostensiblemente.

Signos de alarma para consultar al pediatra

  • Dificultad para conciliar el sueño y despertares frecuentes cada noche.
  • Eventos en la noche como sonambulismo, ronquidos, movimientos repetitivos.
  • Alteraciones persistentes del humor, dificultad para la concentración, somnolencia durante el día, tensión y ansiedad.
  • Problemas de sueño que afecten la relación familiar o escolar.

Conclusión

La identificación temprana de los trastornos del sueño, como uno de los indicadores de posibles dificultades del crecimiento y desarrollo, debe ser una tarea prioritaria del equipo de salud, con el fin de poner en práctica una intervención oportuna y exitosa con el consiguiente beneficio para el niño y su familia, lo que, en alguna medida, contribuirá a una mejor calidad de vida. El sueño es una conducta humana y ella, como tal, puede modificarse y, con ello, aprender a dormir adecuadamente, teniendo en cuenta que todos los niños tienen patrones diferentes de sueño.

Definiciones

El sueño es un proceso fisiológico, dinámico y reversible, altamente organizado por el cerebro.

  • Sueño continuo: presencia de sueño nocturno sin despertar o que no requiere intervención de los padres, por lo menos, de 12 de la noche a las 5 de la mañana.
  • Insomnio: dificultad para iniciar o mantener el sueño, por lo menos, tres veces por semana durante un mes.
  • Hipersomnia: excesiva somnolencia diurna no explicable por falta de sueño, por lo menos, durante un mes.
  • Resistencia a dormir, temor a dormir solo: persistencia durante más de una hora por noche durante un mes, con situaciones de protesta, oposición a acostarse, ritos como despedidas reiteradas, luz encendida, puerta abierta, etc.
  • Pesadilla: sueño angustioso y despertar con recuerdos terroríficos que se calma con la presencia de los padres y que se presenta, por lo menos, dos veces por mes.
  • Terror nocturno: despertar súbito precedido por un grito de pánico e intensa ansiedad que puede presentar taquicardia, frecuencia respiratoria aumentada y sudoración; no se calma con la presencia de los padres y no quedan recuerdos posteriores del episodio. Se presenta, por lo menos, dos veces por mes.
  • Sonambulismo: caminar nocturno, sin recuerdo posterior, por lo menos, una vez por mes.
  • Enuresis: mojar la cama una vez por semana en niños mayores de 5 años.
  • Bruxismo: rechinar de los dientes.
  • Colecho: dormir en la cama con los padres u otro adulto, tres veces por semana o más, durante el último mes.
  • Cohabitación: compartir la habitación con los padres, otro adulto o niño.