Mamá, ¡tengo barros!

Por: Carmen Escallón Góngora 

Pediatra, puericultora y terapeuta de familia

En medio de cambios corporales, familiares y sociales, una de las batallas que debe librar el adolescente es la del acné. Los padres deben ayudarle a fomentar la seguridad en sí mismo y consultar con un especialista para evitar que el problema empeore.

Javier se levantó temprano, contento saltó de la cama, pues sabía que ese día sería muy especial. Entró al baño, orinó y se miró al espejo. Hizo algunas muecas para aflojar los músculos de la cara, ensayó algunas sonrisas y, en ese justo momento, observó al monstruo: no lo había visto antes y allí estaba, ¡un volcán en medio de la frente! Volvió a mirarse al espejo y lo comprobó, seguía allí, como una aparición silenciosa. ¡No lo podía creer! Durante la tarde anterior sintió un poco de dolor en ese sitio, pero la cosa no era para tanto… Era un barro, allí instalado muy cerca de la ceja derecha, grande e imponente, enrojecido, horrible. Trató de eliminarlo presionándolo y el dolor le sacó lágrimas. Miró nuevamente y la situación había empeorado, ahora había una hinchazón y la piel alrededor del volcán se había tornado más roja.

 ¿Qué hacer? Y justamente hoy, el grandioso día, debían ir sin uniforme y Natalia… Él había elegido cuidadosamente el pantalón nuevo, ancho, con bolsillos en las rodillas y la camiseta roja. El muchacho se desesperó, tomó del botiquín unas venditas y cubrió el barro. La imagen que le devolvió el espejo lo llenó de desesperación: ¡parecía un enfermo!

 ¿Por qué justamente hoy, cuando tenía decidido hablar con Natalia?, dijo entre dientes. En eso se escuchó la voz estruendosa de la madre golpeando la ya atormentada mañana: “Javier, el desayuno está listo, rápido que te deja el bus…”, ¡siempre la misma historia! Se volvió a acostar y se cubrió con la sábana: “No voy al colegio, con ese tumor en la frente no me presento”, dijo con determinación. ¿Y la fiesta? ¿Y Natalia? ¿Y el partido? ¿Y todo lo que había organizado con sus compañeros?

 “¡Javier se hace tarde, por Dios, siempre lo mismo, me tienes cansada!”, siguió gritando la madre. El chico se sintió triste, como si todas sus tristezas se hubieran reunido en ese momento; sintió mucha rabia: “¿Cómo que siempre lo mismo?, ¿acaso había estado antes en una situación como esta?”, pensó.

 Se duchó rápidamente y ensayó echarse el cabello hacia la frente con tal de tapar el invasor. Resultó un fracaso. Con la toalla envuelta en la cintura salió del baño, se sentó en la cama, refugió la cabeza entre sus manos y lloró. Lloró de rabia, de desconsuelo, de impotencia y desesperanza.

 “Javier, ¡no te llamo más! Es el colmo de tu frescura”, seguía gritando la madre.

 Entró disparado al cuarto de sus padres y allí en el armario vio lo que podía ser su salvación: una pañoleta azul de hilo que su madre poco usaba. La dobló a manera de cinta y la puso en la frente anudándola atrás, se acomodó el húmedo cabello y se miró fijamente al espejo. El espejo, más bondadoso en ese momento, le devolvió una imagen agradable. Sí, le gustaba, estaba tapado el invasor y se vio como un muchacho interesante, enigmático y hasta seductor.

 Se vistió, se miró de nuevo al espejo. Se imaginó la cara de asombro y agrado de Natalia, hasta vio sus ojitos cafés mirándolo con amor. Tomó su morral y bajó la escalera de unos pocos saltos, entró a la cocina y la madre lo miró como se mira un espanto, al tiempo que le gritó con la cara descompuesta llena de furia: “¿Y esa pañoleta en la cabeza? Pareces un pandillero. ¡Te la quitas ya! Así no sales de esta casa”.

 —Mamá, déjame explicarte…

—No, no me expliques nada. Me tienes hasta la coronilla, esos pantalones ridículos y ahora esa estúpida pañoleta, como si fueras un matón. Es el colmo, Javier. ¡Te la quitas ya!

—Mamá, ¡es injusto! ¡Maldita sea, es injusto!, gritó el muchacho con lágrimas que no podía contener. Se quitó la pañoleta, la tiró al piso y corrió a su cuarto, cerrando la puerta de un golpe.

—¡Abre la puerta, Javier! Basta de pataletas, llevas allí más de una hora. Abre o llamo a tu papá a la fábrica y sabes que así la cosa va a ser peor. ¡Abre ya, Javier!

Y Javier, jamás abrió…

El cuerpo es el pasaporte de los adolescentes, el que los une a un mundo nuevo, desconocido y amenazante. El cuerpo es, además, la pizarra donde se escribe la historia del ser humano. El adolescente construye parte fundamental de su historia adolescente mediante el cuerpo.

Cuando empieza la adolescencia, el cuerpo sufre modificaciones drásticas, repentinas y aceleradas. El joven no tiene tiempo de adaptarse a un nuevo cambio corporal, cuando ya sucede otro. Esto le produce mucho desconcierto, es algo así como desconocer la casa que habita.

El cuerpo es la casa donde habitó durante toda su niñez, una casa segura, conocida y probada mediante sus juegos, sus aventuras interminables, por medio de vivir situaciones extremas. El nuevo cuerpo poco lo conoce, y mucho menos lo acepta.

El cuerpo se alarga, se aumenta en grosor, la piel se infiltra de grasa, se llena de vellos, las manos crecen y se descontrolan: es un cuerpo que se le sale de todo control.

Cualquier ser vivo, órgano o célula posee una corteza, túnica, envoltura, membrana o piel. La piel traduce en el ser humano su vulnerabilidad, por su finura, así como el desamparo al nacer, mayor que el de cualquier especie.

La piel, ese órgano sexual por excelencia, es la que une y a la vez separa el mundo interior del exterior del ser humano; es la arena de los conflictos, el blanco de las emociones. La piel refleja la armonía del ser humano, por lo que se transforma constantemente: palidece y enrojece según la emoción recibida y se vuelve tersa o áspera según los distintos estados.

En el manto llamado piel hay glándulas que producen el sebo, la grasa (sebácea), cuya función es la de lubricar y proteger la superficie de la piel. Son numerosas en la cara, parte anterior del tórax y línea media de la espalda.

Durante la adolescencia se producen cambios en las grasas del cuerpo, estimulados por las diferentes hormonas que circulan por la sangre y por las emociones que experimenta el muchacho. La actividad mayor de estas glándulas de sebo es lo que se llama acné juvenil, conocido popularmente como barros.

El acné es solo uno de los cambios

Los barros son más frecuentes en varones que en mujeres y se presentan entre los 10 y los 15 años de edad. Se relacionan, además, con el estrés y, en las adolescentes, con los ciclos menstruales. Es necesario recalcar que no tienen relación con los alimentos o con las golosinas.

El acné es indudablemente otra forma de llorar de los adolescentes. En la adolescencia se producen muchas pérdidas y muchas luchas. Tal vez, la más importante es la que lleva a cabo el joven con el fin de descubrir su identidad.

La identidad es ser él mismo en tiempo y espacio, en relación con los demás y consigo mismo; la identidad es tener seguridad sobre sí mismo. Parte de la resolución de la crisis de identidad consiste en pasar de ser dependiente a independiente.

Es necesario que los padres y sus hijos adolescentes discutan sobre la elección de amigos, pandillas, planes de estudio, etc., como el mejor modo de que estos últimos vayan afianzando su propia identidad.

Por otra parte, el chico sufre un cambio significativo en su pensamiento: es el momento en el que empieza a existir un pensamiento llamado lógico-formal, el cual le permite pensar en ideas y no solo en objetos reales al alcance de los órganos de los sentidos, como es el pensamiento característico de la niñez.

Este tipo de pensamiento le permite al adolescente la capacidad de reflexionar: las ideas se manejan como antes se manejaban los juguetes; las palabras y la acción son reemplazadas por el pensar.

El adolescente piensa y siente. El adolescente es una esponja, capaz de absorber las sensaciones del medio y las propias, acompañada al mismo tiempo de su capacidad de entristecerse con facilidad y de tener gran disfrute y creatividad que expresa por medio de la música, el arte, la poesía y la escritura.

Son innumerables los dolores que tiene que afrontar un adolescente: una familia que ya no le es tan amable; unos padres muy distintos a los que tenía cuando era niño, los cuales creía veraces, justos y omnipotentes, para sentir a los nuevos, como injustos, débiles y rígidos.

Todas las batallas que debe librar el adolescente al afrontar sus cambios (corporales, familiares, escolares y sociales) y cumplir su tarea de vida se viven en un campo llamado piel.

El acné produce en el adolescente una imagen corporal insatisfecha, acompañada muchas veces de aislamiento, ansiedad y depresión. Se siente un monstruo, incapaz de enfrentarse a una sociedad que él percibe amenazante, donde se siente, además, el centro del universo. Esto crea en el muchacho mayor ansiedad, con mayor probabilidad de aparición de nuevas lesiones en su piel, causando mayor temor y ansiedad.

El grupo de amigos muchas veces funciona para este adolescente como una envoltura o piel, dentro de la cual se siente seguro, donde puede mostrar su dolor e inconformidad y puede hablar de sus frustraciones y dudas con comodidad, sin ser juzgado, criticado o calificado.

Los padres deberán ser flexibles y acompañar al joven en esta etapa. Deberán evitar los sermones, las críticas, las comparaciones y, sobre todo, el obligarlo a exponerse al mundo, en los momentos en los que se siente insatisfecho con su apariencia. Se debe fortalecer el concepto del adolescente, acompañándolo y ayudándolo a mirar sus propias fortalezas.

Se debe crear en casa un clima de comunicación agradable y armónico, en medio del cual se escuchen las distintas opiniones. Los padres deberán expresar sus sentimientos y su respeto por el adolescente en todo momento, ayudándolo a transitar esta fascinante etapa.

Cuando la situación concreta en la que vive su vida el adolescente le dificulta salir de su aislamiento, se suele agravar su lesión de piel, caso en el que se debe consultar con un profesional del equipo de salud.

Recomendaciones

  • Establezcan un clima de comunicación adecuado en la familia.
  • Escuchen a su hijo adolescente.
  • Resalten los aspectos positivos de su hijo adolescente.
  • Permítanle expresar los sentimientos a su hijo adolescente.
  • No empujen a su hijo adolescente a exponer su imagen al mundo cuando no lo desee.
  • Respeten los gustos y elecciones de su hijo adolescente, aunque ustedes no estén de acuerdo.
  • Consulten a un profesional de la salud si persiste el aislamiento, la tristeza y la ansiedad de su hijo adolescente.