Maltrato infantil y pandemia ¿En dónde estamos, qué sabemos y hacia dónde vamos?

Por: Ángela María Giraldo Mejía
Pediatra puericultora – Docente Universidad Tecnológica de Pereira y

Pedro José Baquero Marín
Residente de Pediatría – Universidad Tecnológica de Pereira

La pandemia actual por el Covid-19 ha generado un cambio en la rutina diaria de los hogares. El cierre temprano de fronteras, instalaciones comerciales, instituciones educativas y demás, obligó a que más de 1.500 millones de niños y adolescentes tuvieran que salir de las aulas escolares con el objetivo de preservar su salud y la de quienes los rodean para continuar su proceso de formación en casa, ajuste que, por supuesto, ha permitido evocar modalidades educativas previamente planteadas en otras epidemias, como las de poliomielitis y tuberculosis, donde la utilización de la radio y la prensa permitieron la información continua de la ciudadanía.

El común denominador dentro de esta población es su capacidad de adaptación para la realización de actividades académicas, recreacionales y culturales que promueven el desarrollo personal dentro de las viviendas, lo cual ha generado una transformación en el concepto de seguridad e innovación a la hora de fomentar la resiliencia dentro de los más pequeños en el hogar. El requerimiento de participación dentro de largas jornadas de educación a través de medios digitales con el objetivo de cumplir con planes de estudio estructurados, ha permitido no solo la oportunidad de acceso de diferentes tipos de poblaciones a la educación, sino que también ha abierto la posibilidad de reconocer las dificultades que se pueden generar en el curso de su implementación.

Un informe publicado en el año 2020 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha resaltado el importante reto afectivo al que se han visto enfrentados los menores de edad, destacando, de igual forma, el compromiso de los padres por enfrentar fenómenos como el aislamiento social, la disminución del ingreso monetario y el hacinamiento secundario a la estancia permanente de todos los integrantes del núcleo familiar, lo cual se traduce en periodos de estrés que pueden influir de manera directa dentro del proceso de crianza en la primera infancia.

A nivel mundial se estima que, aproximadamente, se presentan 3,5 millones de casos de violencia física o psicológica en menores de 18 años anualmente, con una tasa de victimización de 9,4 casos por cada 1.000 niños en Estados Unidos, de los cuales, la negligencia representa el 75% de los casos y el 7% están relacionados con maltrato físico.

Se reconocen diferentes factores de riesgo que tienen una mayor relación con el desarrollo de maltrato dentro del núcleo familiar o de la convivencia con terceros por parte de menores de edad y el principal de ellos es la edad del menor; los niños más pequeños son más susceptibles y con mayor probabilidad de desarrollar cursos más severos y crónicos. Una investigación reciente en el Reino Unido resaltó el aumento en el número de casos de trauma craneal relacionado con maltrato físico dentro de la población pediátrica, lo cual ha supeditado un incremento en los casos de consultas al servicio de urgencias con una mayor preponderancia hacia los menores de un año durante la pandemia por Covid-19.

En el contexto de la autonomía de cada nación para la creación, adecuación y posterior implementación de leyes, la Constitución Política de Colombia, del año 1991, en su artículo 42, brinda autonomía dentro del núcleo familiar para la implementación de medidas correctivas en los hijos; sin embargo, a través del Acto Legislativo número 320, del año 2020, se decretó la prohibición del castigo físico, el trato cruel y degradante o cualquier tipo de violencia como método de corrección hacia los menores, teniendo en cuenta el impacto negativo sobre el psiquismo y comportamiento de estos, al desarrollar una visión negativa hacia quien castiga afectando la relación armónica del menor con su cuidador.

El reconocimiento de la figura de familia a través de subsistemas en los cuales los miembros que la conforman tienen características de dependencia y conexión entre sí, permitiría entender que los padres y madres comparten puntos en común sobre prácticas de crianza con la generación de mecanismos de respuesta que faciliten la resolución de conflictos y la aproximación de carácter amigable, bajo un principio de respeto y comprensión a las situaciones de la vida diaria impactadas por factores externos.

A partir del panorama anterior, es necesaria la implementación continua de estrategias encaminadas a la intervención, apoyo y seguimiento de los núcleos familiares en los que se encuentren vinculados un menor de edad, teniendo en cuenta las estadísticas previamente mencionadas en las cuales los niveles de maltrato físico son significativamente mayores a los registrados previos a la pandemia. El abordaje por parte de grupos de apoyo en los que participen el pediatra, el médico familiar, el psiquiatra infantil, el psicólogo y el trabajador social, constituyen el punto de partida, previo un fenómeno de concientización y normatización de los equipos de apoyo como parte fundamental del proceso de detección y solución de conflictos.