Los sonidos del silencio

La dificultad en los adolescentes para expresar su ansiedad, su rabia, miedo y demás sentimientos se manifiesta a través de enfermedades físicas o emocionales. Los padres deben fomentar espacios para el diálogo.

Por: Carmen Escallón Góngora

Pediatra puericultora y terapista de familia

Existe un viejo refrán que dice: “Cuando no lloran los ojos, lloran los órganos”, refiriéndose a la necesidad que tiene el ser humano de expresar su dolor, sufrimiento o aflicción. El cuerpo habla lo que la palabra ha callado. Cuando el ser humano calla lo que necesita decir, entonces lo expresa por medio del cuerpo.

El adolescente se siente frustrado y fracasado cuando al tratar de obtener su libertad la familia reacciona de manera represiva. Cuando el adolescente no puede expresar su ansiedad, su rabia, miedo y demás sentimientos, se expresa mediante el cuerpo, enfermándose o alterando la función física o emocional.

Muchos padres presionan a sus hijos adolescentes al sentirse amenazados por los cambios que viven los chicos, sobre todo, con lo que tiene que ver con la exigencia de libertad, con las salidas y los horarios, con la defensa de ideologías de tipo religioso o político, con la libertad de vivir el noviazgo y con la elección de un proyecto de vida.

El resultado de esta presión puede ser un adolescente calificado de rebelde, el cual a grito pelado exige la libertad que se le niega. El adolescente intenta protestar con palabras o con el lenguaje no verbal, como la ropa que usa, los tatuajes, el uso de alcohol y la conducta desafiante. Puede, igualmente, reaccionar guardando silencio.

Cuando el adolescente opta por el silencio, aparecen entonces las manifestaciones físicas, consistentes en acné (barros), colon irritable, asma, cefaleas, dolores menstruales, anorexia y bulimia, entre otros.

Es necesario establecer un diálogo amoroso y respetuoso entre padres e hijos adolescentes. Este diálogo debe originarse en la primera infancia, para garantizar una adecuada comprensión en la adolescencia.

El adolescente necesita vivir sus propias experiencias; de la misma manera, necesita ser escuchado. Le sobran los sermones, consejos y críticas. Le molesta que sus experiencias de vida sean calificadas, criticadas o confrontadas con las experiencias de los padres.

Los padres deben vivir la emancipación y el desprendimiento del adolescente, otorgándole libertad y manteniendo los límites y el respeto. Además, permaneciendo al lado de él, proporcionándole cuidado, practicando un diálogo sincero y maduro y manteniéndose conectados con las necesidades del hijo.

Muchas veces el adolescente, ante sus muchas crisis, huye del mundo exterior, buscando refugio en su propio mundo, volviéndose silencioso, incomprendido y triste. Se siente desamparado, por ello el sentimiento de soledad es tan frecuente. Se siente huérfano de los padres del niño, con unos padres actuales que desconoce y que le parecen duros e intransigentes.

Tanto padres como adolescentes deben afrontar estos cambios, no como falta de amor, sino como parte de la metamorfosis adolescente. El resentimiento y el dolor por parte de los padres e hijos hacen más difícil el proceso.

Cuando los adolescentes reflexionan acerca del tiempo futuro se sienten incómodos y muchos sienten angustia por no sentirse aptos para afrontar un mundo que los adultos se han empeñado en dejar a los jóvenes para que sean ellos los salvadores. El sentirse como responsables del mundo les genera rabia, ansiedad y miedo.

Muchos adolescentes sienten que no existe un tiempo para ellos. Perciben a los padres como faltos de tiempo y se sienten lesionados cuando se refieren a ellos como ociosos. Los adolescentes necesitan un tiempo para pensarse, para acomodarse al nuevo cuerpo, a los nuevos padres, a la nueva familia, a la nueva sociedad.

Silencio que enferma

¿A quién contarle sus angustias? No existen espacios ni personas con las que el adolescente se sienta cómodo y pueda hablar. Por ello, se hace necesario crear estos espacios y cada día son más necesarios esos adultos significativos que sean confidentes del joven, que no lo juzguen ni lo señalen, lo cual permitiría el diálogo tranquilo, sereno y armónico.

El silencio es perjudicial para la salud. El adolescente que vive en soledad estos cambios se enferma y manifiesta su dolor por medio de síntomas de enfermedad. Es necesario darle la palabra: hablar acerca de lo que está viviendo, de sus sensaciones y sentimientos permite en los adolescentes la recuperación de los síntomas.

La familia debe propiciar espacios de expresión, mediante rituales, juegos, conversaciones informales, la literatura, la recreación, y otras actividades que posibiliten en el muchacho la expresión de sentimientos.

La familia como sistema tiene una fuerza que hace al adolescente permanecer estático y otra que le empuja hacia el cambio. Una familia es tanto más sana cuanto más abierta está para ser transformada por los cambios y sin que por ello pierda su peculiaridad de base.

En las familias caracterizadas por un sistema rígido suelen darse acciones y comunicaciones que varían muy poco. Las familias rígidas se enferman fácilmente, se oponen al cambio y producen miembros con pobre posibilidad de independencia, de autonomía.

Una familia que sabe escuchar, que refuerza la palabra, que no juzga ni califica al joven, seguramente facilitará que este hable con el lenguaje que cambió la estructura del cerebro hace miles de años: la palabra.

RECUADRO

Recomendaciones

 

  • Creen diálogo entre los miembros de la familia.
  • Usen rituales ante los cambios que vive la familia.
  • Elijan espacios para fomentar el uso del lenguaje verbal entre padres e hijos. Mantengan en la familia un clima de comprensión y respeto.
  • Soliciten ayuda externa ante la aparición de síntomas físicos en el hijo adolescente.
  • No juzguen ni califiquen la conducta del hijo adolescente.
  • Expresen sus propios sentimientos ante sus hijos.