Los niños, las rutinas y las crisis

Por: Luis Carlos Ochoa Vásquez
Pediatra puericultor
Profesor titular – Universidad Pontificia Bolivariana

“La rutina diaria es para los niños, lo que las paredes son para una casa: les da fronteras y dimensión de la vida”.
Rudolf Dreikurs (psiquiatra y educador)

De manera imprevista, sin tiempo de planear nada, los padres de familia se ven abocados a estar todo el día con los niños. Además de no poder ir al jardín ni al colegio, está el problema de no poder salir al parque, al supermercado, a la piscina, o a visitar los abuelos. A lo anterior hay que agregarle el ambiente tenso, las malas noticias, así como la preocupación de los familiares, vecinos y amigos.

Todo esto se suma como un riesgo que puede alterar la salud emocional de la familia, pero, muy especialmente, la de los más vulnerables en este delicado campo: los niños. Uno de los puntos esenciales para conservar y ayudar a mantener una aceptable estabilidad emocional en los niños es precisamente el de las rutinas, definiéndolas como aquellas actividades que se hacen siempre bajo las mismas circunstancias de modo, tiempo y lugar. Estas van desde la alimentación, el sueño, el aseo personal, el orden en la casa, hasta las normas básicas de convivencia, como saludar, despedirse, respetar un turno, dar disculpas, acatar normas, entre otras.

Ante un duelo o una crisis lo primero que se pierde o altera son precisamente las rutinas o hábitos, lo que le produce al niño la sensación de desorden, de desconcierto, de que “algo anda mal”, y que, a su vez, le ocasiona inseguridad, incertidumbre, temor o angustia. Pero, además, el dejar de hacer una rutina tiene un efecto dominó sobre los demás hábitos, alterándose así la vida diaria del niño.

Por supuesto que, en tiempos de crisis como los actuales, muchas rutinas se alteran o no se pueden ejecutar, pero quedan muchas otras que sí se pueden y se deben continuar realizando si se tiene en cuenta su importancia en el crecimiento y desarrollo de los niños. Las rutinas, además del sencillo y necesario orden de las cosas (cada cosa a su tiempo y en su lugar), tienen una enorme trascendencia en la salud mental del niño y su familia. Veamos cómo:

  • Las rutinas dan seguridad. “Hay luz en la poterna y guardián en la heredad”, decían los abuelos.
  • Dan tranquilidad.
  • Le indican al niño que la situación está bajo control.
  • Dan estabilidad emocional.
  • Atenúan los temores reales.
  • Son una valiosa herramienta para gestionar las emociones.
  • Aportan perseverancia, constancia, regularidad.
  • Dan sentido del orden, del que nace la libertad.
  • En fin, las rutinas le indican al niño, como en los cuentos de hadas, que “hay una luz al final del túnel”.

Es, pues, altamente recomendable hacer todo lo posible para mantener aquellas rutinas que no impiden cumplir las normas tendientes a controlar la actual pandemia, teniendo en cuenta que sí es válido tener alguna flexibilidad, especialmente en los horarios, sin que esto signifique que el niño haga una actividad a cualquier hora (no se levanta a las seis, como es habitual, pero sí puede hacerlo antes de las ocho, por ejemplo).

Por otra parte, es necesario estar alertas porque en estos momentos de crisis, de pérdidas, algunos niños pueden presentar retrocesos en algunas de las rutinas y hábitos ya logrados, como, por ejemplo, querer dormir otra vez con la luz encendida, pedir que la madre vuelva a darle los alimentos, pasarse a la cama de los papás por la noche, etc. Estas regresiones son esperables y la mayoría de las veces son pasajeras. Requieren que al niño se le dé confianza y certeza de que sí hay quien lo cuide y proteja. Pero también se necesita de firmeza por parte de los cuidadores para que dicha conducta no persista en el tiempo. Todo lo anterior se logra escuchando realmente al niño y estimulándolo a que manifieste libremente sus sentimientos.

Mantenga hábitos

Algunas rutinas que se pueden continuar realizando y que ayudan a la tranquilidad del niño son:

  • El horario de levantarse y acostarse, el tiempo del baño, los horarios de las comidas (en las mismas horas y en el comedor), y el cambio diario de ropa.
  • Los cuidados en la casa: llevar la ropa sucia a su sitio, poner los platos en la cocina después de comer, ubicar los juguetes en su puesto, disponer adecuadamente de basuras y residuos, entre otros.
  • El tiempo claramente definido para estudiar y hacer tareas.
  • Los espacios, igualmente importantes, establecidos para jugar.
  • El tiempo para… ¡no hacer nada! Toda persona tiene derecho a tener esos momentos mágicos de aparentemente no estar haciendo nada, pero que, muchas veces, son de reflexión, de encontrarse consigo misma.
  • Los momentos para compartir: ver juntos una película, realizar una lectura en voz alta de su libro favorito, armar un rompecabezas, jugar a los trabalenguas, a las adivinanzas, etc.
  • Los espacios para “visitar” a los familiares y amigos a través de las redes sociales y las nuevas plataformas de comunicación en video que surgieron a raíz de esta pandemia.

No menos importante está que, dentro de las rutinas diarias del hogar, se defina claramente un tiempo para los padres, para lo cual es fundamental que los niños sepan con claridad que no pueden contar con ellos siempre, pero, a su vez, que los padres no se sientan obligados a programarles actividades todo el día. Ellos no son recreacionistas, son padres.

Claro está que, como pasa siempre en todos los casos de la crianza, el ejemplo es fundamental. Si ellos ven que todos siguen su vida normal hasta donde las condiciones lo permiten, es decir, que todos mantienen las rutinas, el mensaje que les llegará será muy claro: no hay nada que temer, la situación está bajo control.