Los derechos de los padres y los deberes de los hijos

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Tanto las sociedades primitivas como las modernas han definido, según sus creencias y organización, el tipo de comportamiento que los padres deben tener hacia sus hijos y han establecido las funciones que le corresponden a cada uno.

En los últimos años tanto la dinámica familiar como las relaciones entre los padres y los hijos han experimentado profundos cambios.

La crianza, en la actualidad, despierta con frecuencia preocupaciones en los padres. El temor a equivocarse durante este proceso, el hecho de que no existan reglas fijas y la necesidad de garantizar el derecho a la participación de los niños como sujetos de crianza originan con frecuencia tensiones emocionales en los padres.

En toda relación humana los derechos y deberes ocupan un lugar primordial y de necesaria reciprocidad, en el sentido de que quien es sujeto de derechos lo es también de deberes y viceversa. Sin embargo, cuando pensamos en los derechos de los niños, necesariamente evocamos los deberes de los padres para con ellos. Nos parece tan natural y lógico que los padres estén obligados a proporcionar lo que los derechos universales del niño establecen como requisitos mínimos de desarrollo y equilibrio, que en ocasiones nos olvidamos de que los padres también tienen derechos y que los niños también deben tener responsabilidades.

Esto no equivale a decir que los derechos del niño no se deban respetar, ni que no se deba buscar abolir las situaciones de abuso hacia ellos, sino que es necesario mantener un equilibrio en la relación padres/hijos entre deberes y derechos, pues, de lo contrario, pasaremos de la autocracia a la permisividad y los hijos no lograrán insertarse de manera armónica en el orden social, sino que se expondrán a constantes desilusiones por sentirse dueños de derechos que ninguna sociedad puede satisfacer.

En el proceso de crianza tanto las tendencias autoritarias de los padres como los comportamientos permisivos generan consecuencias negativas, demostradas a través de estudios con seguimiento a largo plazo, que producen como resultado jóvenes con un autocontrol deficiente y una incorporación difícil al tejido social.

entorno_2Para evitar comportamientos inadecuados en los niños, que van desde la inseguridad hasta la prepotencia, es necesario que estos tengan un acompañamiento seguro por parte de sus adultos significativos, es decir, debemos reasumir integralmente el papel del adulto, pues, como acertadamente lo afirma el filósofo Fernando Savater, “para que una familia funcione educativamente, es necesario que alguien en ella se resigne a ser adulto”.

Cuando los adultos se ausentan, siempre hay alguien que toma su lugar, por lo que el déficit de adultos responsables en el acompañamiento de las vidas de los jóvenes tiene un precio siempre trágico. Para que la crianza sea efectiva es preciso que el niño sea acompañado por mínimo un adulto, que establezca distancia y diferenciación jerárquica, pero que esté mediada por una relación afectiva, enriquecedora y segura, que le permita al niño convertirse en un adulto seguro, capaz de establecer relaciones afectivas y maduras con aquellos
que lo rodean.

Derechos de los padres

Ser papás no es sinónimo de solo deberes. Ellos, por supuesto, son sujetos de derechos, lo que incluye realizarse como individuos. Se trata de lograr puntos comunes con los de sus hijos. La autoridad asertiva significa la permanente puesta en práctica de los derechos y obligaciones mutuas entre padres e hijos, de manera equilibrada y flexible. Es necesario que los padres hagan valer sus propios derechos al tiempo que respetan los derechos de sus hijos.

Entre los derechos legales de los padres se encuentran: tener y conservar la custodia de sus hijos, tener y conservar la convivencia con estos, representarlos, administrar sus bienes, escoger de común acuerdo su educación, ser respetados y honrados por ellos. No obstante, más que sus derechos legales y educativos, nos interesa hacer mención de aquello de lo que poco se habla, sus derechos     como personas.

Los padres, como cualquier ser humano, son falibles y, por lo tanto, tienen derecho a equivocarse, no por el hecho de ser padres significa que tengan que ser perfectos, y lo importante es saber reconocer los errores que se cometen, pedir perdón cuando sea necesario y aprender de ellos. Nuestros errores son los que nos permiten crecer como seres humanos, es por esto por lo que no deben sentirse culpables por cometerlos, pero sí es su responsabilidad hacer todo lo posible por cambiar modos inadecuados de ser y hacer.

Los padres tienen derecho a disfrutar de la relación con sus hijos. La familia debe ser un espacio para la autorrealización de todos sus integrantes, por lo que ser padre no debe ser algo vicariante, debe existir gozo en la relación entre padres e hijos. Los padres deben estar dispuestos a disfrutar de sus hijos y buscar en su compañía la felicidad.

El hecho de que los niños tengan derechos y de que cada vez se hable más de la crianza humanizada no significa que no se deban establecer límites. Los padres tienen derecho a ser la autoridad en el hogar y a fijar normas que guíen a sus hijos en su proceso formativo. Se trata de que esta autoridad permita educar a través del diálogo y la reflexión, manifestando con serena firmeza los desacuerdos cuando hubiere lugar a ello.

Así como es importante que los padres respeten a sus hijos, del mismo modo los padres tienen derecho a ser respetados y valorados, sin que se les juzgue duramente o se les vea como personas obsoletas e incapaces de evolucionar; a que sus hijos los escuchen y valoren su experiencia de vida, permitiéndoles acercarse para compartir experiencias, pensamientos y sentimientos. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que, para poder exigir respeto, primero es necesario darlo, pues se trata de una relación de doble vía.

La vida de los padres no termina con el nacimiento de los hijos, por esto los padres tienen derecho a satisfacer sus propias necesidades y a alcanzar sus metas. Como lo anota con claridad Erich Fromm, “ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener la capacidad de prestar atención a los demás; el sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse con los otros”. Del mismo modo, los padres tienen derecho a tener sus propios ideales, gustos y anhelos. El mejor modelo y el más adecuado para la realización de los hijos son los padres que se encuentran en el camino de su realización personal.

Muchas personas son incapaces de disfrutar de un momento de felicidad porque no pueden o no saben evitar pensar lo que les deparará el futuro, no solo a ellos, sino también a sus hijos. Como la vida no se repite y el momento presente es el único seguro con el que se cuenta, los padres también tienen derecho a vivir con plenitud el presente.

Finalmente, los padres tienen derecho a tomar ocasionalmente “vacaciones” en la tarea de ser padres, es decir, derecho a descansar, a estar solos, a sacar tiempo para leer o disfrutar de su pasatiempo favorito. Con razón se afirma que la pareja precedió a los hijos y se supone que perdurará cuando ellos se marchen. Debe existir tanto tiempo de papá y mamá como tiempo de marido y mujer, siendo ambos igualmente importantes y decisivos. Estos tiempos no son opuestos, por lo que no se debe sacrificar uno en beneficio del otro, pues irremediablemente terminarán ambos perjudicados. Por el contrario, van de la mano y, en la medida en que se inviertan bien, se ayudan y se fortalecen mutuamente. El secreto está en saber conjugarlos de forma armónica y equilibrada.

El ejercicio pleno de los derechos descritos en armonía con los derechos de los hijos contribuye notablemente para que, dentro de un ambiente familiar amoroso y gratificante, los padres puedan disfrutar la feliz realidad de su trascendencia biológica.

entorno_3Deberes de los niños

Deber significa, según el diccionario de la Real Academia Española, estar obligado a algo por la ley divina, natural o positiva; tener obligación de corresponder a alguien en lo moral o cumplir obligaciones nacidas del respeto, gratitud u otros motivos. Es decir, es una obligación, actitud o comportamiento que debe ser cumplido por todos en la vida cotidiana para poder convivir, por lo que es un asunto de civismo.

En los adultos el concepto de derecho se encuentra ligado al concepto de deber, ya que se tienen derechos si se cumple con los deberes. Por esto, en el caso de los niños y adolescentes se prefiere el término de responsabilidades o compromisos, los cuales son crecientes en función del desarrollo, hasta convertirse en deberes en la adultez; sus derechos no dependen de sus responsabilidades, pues los sujetos de estos grupos etarios tienen derechos por el solo hecho de ser niños.

En la mayoría de las familias de la sociedad actual, ambos padres trabajan, lo que ha reducido considerablemente el tiempo que les dedican a sus hijos; algunos han encontrado una coartada apoyada por ciertos pediatras y terapeutas: “El tiempo de calidad”, según la cual no importa tanto la cantidad de tiempo que se le dedique a los hijos, sino la calidad de ese tiempo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, como lo recalca Sergio Sinay en su libro La sociedad de los hijos huérfanos, la famosa calidad se reduce a darles todo lo que desean y piden, a eliminar todo tipo de límites, a no poner orden y referencias en las vidas de estos y a comprarles muchas cosas que demuestren que, aunque papá y mamá estén poco y no tengan tiempo para escuchar y compartir experiencias profundas y fundacionales, no cabe duda de que “los quieren mucho”. La calidad suele ser el resultado de un proceso, de un trabajo, de un compromiso, de una evolución y un aprendizaje. La calidad no nace, se hace y, como todos los procesos, requiere tiempo.

Es por esto por lo que, sin olvidarnos de los derechos de los niños y de todos los avances tan importantes que se han logrado al respecto, es necesario recordar la relevancia de que estos también tengan responsabilidades de acuerdo con su edad. Si la meta es que lleguen a hacerse cargo de sí mismos, con responsabilidad y valores éticos, con la consciencia (y la actitud) de que todos somos responsables de todos, es preciso un equilibrio entre derechos y deberes que garantice una vida con sentido, acorde con la sabia afirmación del filósofo Savater: “La persona verdaderamente libre es aquella que pregunta cuáles son sus deberes”. Los niños tienen que aprender que los derechos y deberes son inseparables y que la responsabilidad (hacerse cargo de sus propias acciones) es la verdadera llave de la libertad porque nos enseña a elegir. Para esto es fundamental la orientación y el acompañamiento inteligente por parte de los padres, maestros y adultos significativos, pues, retomando las palabras del filósofo Séneca, “no hay vientos favorables para quien no sabe a dónde va”.

Todos los niños tienen necesidad de que se les comuniquen límites y se les obligue a respetarlos, porque de esa manera se sienten seguros y confirman la confianza en sus padres. Además, los límites son básicos para que aprendan a respetar los derechos ajenos. La rigidez o el autoritarismo que los adultos hayan soportado como

hijos no se remedian evitando límites y guías al convertirse en padres. Los niños necesitan saber que no todo se puede ni siempre se puede y es este el papel del adulto. Los padres que creen que hacen libres a sus hijos al quitarles todos los obstáculos solo los preparan para dolorosas confusiones que padecerán en la vida a un precio alto.

Los límites no deben ser demasiado estrechos, porque, si las restricciones son excesivas, los niños se inhiben y se pueden volver sumisos, pero tampoco demasiado amplios, porque aún no tienen la madurez necesaria para afrontar una gran libertad, se angustian y pierden el control de sus acciones. Es preferible que las reglas y órdenes sean pocas y claras, para poder exigir que se respeten, y que una vez se decida prohibir una conducta o dar una orden no se cambie de opinión, ya que esto puede generar confusiones en el niño.

Los niños deben tener compromisos tanto consigo mismos como con su familia, la escuela y la sociedad; estas responsabilidades deben ir siendo asignadas por los padres de acuerdo con la edad y las capacidades del niño. El acompañamiento afectuoso y el ejemplo durante el proceso de crianza son indispensables para que el niño logre asumir estas responsabilidades. “La rebeldía en la crianza no es contra la autoridad, sino contra los padres sin autoridad”, por lo que es importante que el adulto establezca límites, inicialmente por medio de la repetición de rutinas para la formación de hábitos, que finalmente se convertirán en normas primero impuestas por los adultos y luego a través del consenso.

A medida que el niño vaya desarrollando habilidades y destrezas, deben delegarse en él responsabilidades del cuidado de su cuerpo y su presentación física, lo cual incluye mantener un adecuado aseo personal (por medio del baño diario, lavado de manos frecuente, cepillado de dientes luego de cada comida, etc.), alimentarse adecuadamente, practicar actividad física, acostarse temprano y solo ver los programas de televisión apropiados para su edad, obviamente contando con la supervisión de un adulto.

Las responsabilidades con la familia incluyen colaborar en las labores del hogar, fomentar el diálogo (comunicándose sin violencia y sin gritos), el respeto y la comprensión entre los miembros de la familia, lo cual no es solo responsabilidad del niño, sino también de todos los integrantes de la familia.

El niño tiene la responsabilidad de ser disciplinado, obediente y respetuoso de las normas. No obstante, es necesario tener en cuenta que esto no quiere decir que el niño deba ser sumiso. La idea es que el niño logre una obediencia por compromiso, es decir, que cumpla con el deber por voluntad y decisión propia.

Sus compromisos con la escuela son ayudar a sus maestros en la labor de enseñanza, realizando oportunamente las tareas, prestando atención a las clases, cuidando de los espacios y materiales escolares (lo cual incluye el cuidado de los libros y los útiles escolares), y mostrando respeto por maestros y compañeros.

Las responsabilidades del niño para contribuir a una sociedad armónica incluyen ser cortés en el trato con los demás, empleando siempre un vocabulario culto y apropiado (recordar la importancia de frases tan simples como buenos días, buenas noches, por favor, gracias, con mucho gusto, etc.).

El compromiso de amar y respetar la vida de los seres humanos, los animales y las plantas, mostrando siempre respeto por todas las personas, sus ideales, pertenencias y derechos sin importar su raza, religión, edad o sexo. El niño debe saber que sus derechos terminan donde empiezan los derechos del otro, por lo que es su responsabilidad ser sinceros y respetuosos en toda ocasión. Ser solidario, es decir, saber compartir.

Es también responsabilidad del niño devolver y cuidar los objetos que le presten, cuidar y respetar los bienes propios y ajenos, ser grato, cumplido, honrado y leal, respetar las reglas del juego, saber ganar y perder, cuidar y utilizar adecuadamente los servicios y lugares públicos (como escuelas, parques, transportes, bibliotecas, etc.) y respetar las señales de tránsito, lo cual no solo contribuirá al bienestar propio, sino también al de los demás.

Desde la infancia se deben inculcar también responsabilidades hacia el ambiente. Este es el único planeta que tenemos y, por lo tanto, debemos cuidarlo. El niño debe tener el compromiso de amar y defender la naturaleza, sembrando árboles o plantas, arrojando las basuras en los sitios indicados para ello (contribuyendo con el reciclaje), protegiendo y tratando con consideración a los animales.

En el caso del adolescente aplican también las responsabilidades anteriores, pero, al ser su capacidad de comprensión y análisis mayor, estas también deben ser mayores; adicionalmente, el joven se enfrenta a algunas situaciones que no son tan comunes en la niñez. El joven debe comprender que a cada derecho le corresponde una obligación y que a mayor libertad mayores responsabilidades.

Por último, deseamos retomar algunas palabras plasmadas en el libro La sociedad de los hijos huérfanos, que consideramos que todos los padres deberían tener en cuenta en la crianza de los niños: “Los hijos necesitan de la presencia cercana de los padres, pero no como cómplices, sino como guías. Necesitan que quienes han vivido ya experiencias (los adultos) todavía ajenas a sus ciclos evolutivos hagan de esas experiencias referencias, que las transmitan como herramientas de aprendizaje y crecimiento; es decir, necesitan de los adultos como adultos. Necesitan de sus padres para escuchar la palabra No y para valorar en toda su dimensión la palabra Sí. En otras palabras, necesitan que los padres retomen su autoridad, puesto que la herramienta indispensable para poner límites es la autoridad y esta se gana a través de la coherencia y la responsabilidad. El amor no puede ser una excusa para hacerse `amigo’ de los hijos o para desertar de ponerles límites, orientarlos y ayudarlos a crecer. Pues no hay mejor muestra de amor ante el hijo que establecer coherencia entre palabras y acciones y es preciso amar mucho al hijo para asumir la responsabilidad de frustrarlo, limitarlo, orientarlo aun a costa de confrontaciones. Un niño necesita padres, y un padre es alguien que marca límites, que dice: `Hijo, te quiero mucho y por eso ahora te digo No’”.

Es imprescindible que rescatemos el equilibrio entre derechos y deberes, y para esto es necesario que asumamos nuestro rol de adultos, pues solo podremos enseñarles a los jóvenes este equilibrio en la medida en que lo comprendamos y lo apliquemos nosotros mismos.

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