Los años mágicos de la primera infancia

Niño gracioso

Entendemos como primera infancia el período de la vida comprendido entre la gestación y los seis años de edad, reconocido por los estudiosos como claves en el desarrollo de la persona, puesto que en el se establecen las habilidades motoras básicas del ser humano, se construye virtualmente el desarrollo perceptivo y se sientan las bases de las habilidades cognitivas que llegarán a constituir el intelecto humano.

En estas primeras edades cada niño inicia el descubrimiento y dominio de su propio cuerpo, adquiere los hábitos de la vida cotidiana que le permitirán alcanzar la autonomía personal, inicia la comunicación y la relación social con otros niños y niñas y con los adultos, se introduce en los distintos códigos del lenguaje; hace sus primeras experiencias de observación, experimentación, descubrimiento del mundo exterior… es la trayectoria que día a día va conquistando con su propia acción, debidamente orientada por los adultos significativos que están a su alrededor.

Cada niño es el protagonista de su propio desarrollo y debe realizarlo a su ritmo, con una metodología adecuada, en la que el juego ocupa un lugar fundamental. Es crucial entonces frente a lo anterior, conocer el papel que la educación inicial adopta y que puede favorecer o entorpecer el desarrollo de cada niño.

Hemos designado estos años fundamentales de la vida de los humanos como mágicos. La magia la define el diccionario de la Real Academia de la lengua como “la ciencia o el arte que enseña a hacer cosas extraordinarias y admirables” y esto es lo que realizan los niños en esta edad, donde la sintonía con la vida y el ejercicio de la capacidad de asombro, constituyen un hito fundamental en esta etapa del vivir.

Con toda razón, John Betjeman afirmó: “La niñez transcurre entre sonidos y olores y percepciones, antes de que aparezca la oscuridad de la razón”. Los pequeños viven continuamente la magia del momento. Viven sintonizados con la vida y por ello tratan, frecuentemente, de llamar la atención de los adultos sobre algunos eventos naturales que los impresionan.

Para ellos, la vida es todavía magia. Es triste reconocer, como lo anota Iris Pachioti, que mientras más veloz se vuelve la carrera humana, más raras son las posibilidades de vivir los adultos los momentos “mágicos”. Esta etapa de la vida es fundamental para el despertar de la sensibilidad en los niños.

Por lo general, en la infancia, nuestro contacto con el mundo está hecho de la sensibilidad más libre, el niño acaricia sin ningún problema a los animales, se come las plantas, agarra e ingiere las insectos que están a su alrededor, todo lo anterior sin ningún temor; vive, entonces, en un sentido muy grande de unidad con lo que existe.

Si procuramos desarrollar una actitud tranquila frente a sus exploraciones del entorno, aprenderá el niño a moverse en ellas con seguridad. Debemos tener muy presente que el contacto con la naturaleza puede ser una forma de utilizar esa energía que necesita ser evacuada.

Para bien de nosotros los adultos, la magia todavía nos acompaña ocasionalmente en nuestras vidas y a veces no estamos seguros si algunas cosas las hemos visto realmente o las hemos soñado.

El convencimiento profundo que tenemos de que el niño es sujeto de aprendizaje desde su nacimiento, asociado a las inmensas posibilidades de su desarrollo, reafirman cada vez más la reflexión expresada por Herman Hesse, Premio Nobel de literatura; “Dadme los primeros seis años en la vida de un niño y os regalo el resto”.