Las violencias cotidianas

Los jóvenes está llamados a construir una sociedad más justa, equitativa y pacífica; pero a pesar de ello, no son ajenos a la violencia. 

Por: Miguel Barrios Acosta
Pediatra y puericultor
Profesor del Departamento de Pediatría
Universidad Nacional de Colombia 

Las violencias, son fenómenos que están atravesando fuerte y significativamente la vida nacional. A diario, hechos relacionados se informan en los noticieros, se publican en los periódicos, se oyen en la radio, se comentan en el trabajo, en la calle, con los amigos. Incluso, se oyen comentarios como que Colombia es el país más violento del mundo. Pareciera ser que las violencias hacen parte de nuestra rutina.

Los jóvenes no son ajenos a esta realidad: las tres primeras causas de muerte en adolescentes son efecto directo de las violencias. Ellos se mueren en primera instancia por homicidios, seguidos de los accidentes y, posteriormente, por el suicidio.

Las violencias son un medio, nunca un fin. Se usan las violencias para conseguir algo, es decir, que existe dirección y racionalidad en el acto violento, en el que existe una diferencia de poderes, de tal modo que él o los más fuertes someten al o los más débiles. Por eso las violencias se ejercen frecuentemente contra los más indefensos, como los niños, ancianos, mujeres, discapacitados, grupos minoritarios o países pobres.

Pero la violencia no solo es lesiva para quien produce el daño: el ofensor también se siente mal cuando arremete, para entenderlo solo hay que recordar los sentimientos que se sienten cuando se ha hecho daño a otra persona.

Hay muchos tipos de violencias: política, social, económica, afectiva, racial. Y existen múltiples formas de expresión: el conflicto armado, la violencia intrafamiliar, la violencia sexual, la violencia juvenil.

Las violencias entre adolescentes y jóvenes se dan en los parches delictivos, las galladas, las pandillas, las bandas, las sectas satánicas, los grupos de sicariato, el suicidio, la violencia sexual y la prostitución juvenil.

Los adolescentes y jóvenes se han relacionado directamente con las violencias, en especial, con las violencias en las ciudades. El mayor número de víctimas de homicidio, como también los sindicados por este delito pertenecen a estos grupos poblacionales.

Se ha asociado el fenómeno de la violencia juvenil en las poblaciones urbanas, pobres y marginadas socialmente lo que ha conducido a una percepción distorsionada y falsa: los adolescentes y jóvenes pobres son delincuentes, cuando la realidad es otra.

Los factores que explican la aparición de las violencias en los adolescentes son múltiples: la pobreza y, la inequidad (diferencia de posibilidades de acceso a los bienes materiales). La falta de empleo, educación, salud, recreación y participación son constantes en las historias de vida de los jóvenes violentos. La garantía para el acceso a estos derechos es responsabilidad del Estado.

La condición de pobreza se complica para los adolescentes cuando la publicidad les impone modas para alcanzar reconocimiento social. Las distintas formas de expresión de la violencia juvenil se ven facilitadas por las necesidades de bienes materiales, como el celular, ropa, viajes, clubes, etc.

La facilidad para el acceso y la disponibilidad de armas es otro factor determinante en la aparición y el incremento de la violencia juvenil.

La debilidad del sistema de justicia, sin duda, otro de los factores condicionantes de la violencia juvenil. Los adolescentes por su condición de menores de edad y la inimputabilidad penal que poseen son usados para administrar justicia privada.

El uso y abuso de psicofármacos, en especial del alcohol, es un elemento que promueve las respuestas violentas. Otro elemento que se ha relacionado con la aparición de la violencia juvenil es la gran cantidad de imágenes violentas que se presentan en los distintos medios de comunicación.

Existe, además, el factor cultural que determina la aparición de las violencias en los adolescentes. Se debe recordar que la principal unidad de socialización y transmisión de la cultura es la familia. La más frecuente forma de expresión de las violencias en el país no es la violencia armada, es la violencia intrafamiliar.

En los hogares colombianos con preocupante frecuencia se fecunda, incuba, nace y se desarrolla el monstruo de las violencias. En las historias de vida de adolescentes y jóvenes colombianos que se relacionan mediante la violencia aparecen la violencia y el maltrato intrafamiliar como una constante.

El castigo físico, el maltrato físico, verbal, emocional y sexual; el abandono real o psíquico, sobre todo por parte del padre; las exigencias que sobrepasan los niveles de desarrollo, el desconocimiento del niño y el adolescente, entre otros, aparecen como factores de riesgo para que se empiece a formar el adolescente violento. Lo anterior se evidencia claramente en los parches delictivos, grupos que tienen rasgos muy particulares: provienen de núcleos familiares muy deteriorados, disfuncionales o con problemas de violencias; sus componentes son hijos de drogadictos, alcohólicos, prostitutas o personas de muy bajo nivel educativo y de escasos recursos económicos.

Los miembros de los parches suelen tener falta de afecto, desarraigo, poco aprecio por la vida y un carácter con tendencias autodestructivas; son desertores del sistema escolar, carecen de oportunidades para cambiar su condición social y no tienen mayores ilusiones en la vida. La mayor parte no aspiran a nada, no tienen en qué ocupar productivamente su tiempo y pasan la mayor parte del día en la calle.

Hay muchas razones por las cuales un joven ingresa a un grupo delictivo unos necesitan y relacionan mucho el sentimiento de libertad, otros para tener algún grado de reconocimiento social, otros quieren tomar la vida como un riesgo permanente y, sin duda, es la carencia de verdadero afecto en la familia el factor de riesgo importante para el ingreso a estos grupos apartados de la ley.

La familia colombiana tiene un reto de gran magnitud para romper el círculo de violencia que está produciendo muerte, desolación y tristeza. Se requiere una familia amorosa protectora, respetuosa de las necesidades y derechos de los niños y adolescentes, como también exigente de las responsabilidades y deberes de los mismos, según sus niveles de desarrollo.

Se debe hacer énfasis en que un adolescente violento es una persona con un inmenso dolor, para el que hubo condiciones sociales, familiares o personales que se sumaron para producir en él un ser contestatario. Con frecuencia solo es reconocido por los suyos, sus amigos o la sociedad mediante las violencias. Cuando la palabra y el lenguaje no circulan ni sirven para el reconocimiento y el crecimiento, las violencias aparecen como un lenguaje, como una forma de expresión.

Los jóvenes también tienen responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa, equitativa, incluyente y con paz. Ellos deben fomentar nuevas formas de relacionarse, en las que se entiendan y aprueben las diferencias, en las que se valore el conflicto como una situación que permite a los individuos con diferencias crecer mediante estas y que este sea entendido como un medio para lograr las mejores soluciones para todos. Se debe recordar, como dijo el filósofo Estanislao Zuleta, que un pueblo maduro para resolver sus problemas, conflictos y dificultades es un pueblo maduro para la paz.

Recomendaciones

  • Reflexionen sobre los niveles de tolerancia, respeto, aceptación y valoración de las diferencias en su familia.
  • Valoren los conflictos y hagan de ellos estrategias para el crecimiento personal y familiar.
  • Reflexionen en familia sobre las violencias informadas en los medios de comunicación.
  • Absténganse de estar armados y vigilen la tenencia de armas en sus hijos y sus amigos.
  • Reflexionen con sus hijos sobre los valores que ellos y sus amigos manejan.
  • Conversen con sus hijos sobre las violencias en el país y, en especial, sobre las distintas formas de expresión de las violencias juveniles, analizando en familia los factores que determinan su aparición y sus posibles soluciones.