Las palabras y los silencios en la crianza

Palabras y silencios en la crianza

Nacemos en condición de extrema invalidez, ningún otro mamífero llega a la vida tan desvalido. Pero la gran debilidad que tenemos al nacer es precisamente nuestra mayor fortaleza, pues según Carballo: “El hombre debe su grandeza a su extrema invalidez cuando nace, prematuramente, y a la necesidad que tiene de ser tutelado y acariciado”. 

Por: Francisco Javier Leal Quevedo
Pediatra y filósofo 

La extrema invalidez se acompaña de enormes potencialidades para aprender. Y una buena crianza proporcionará el ambiente adecuado para ese largo aprendizaje: seremos completados por la crianza. Ella nos integra a la cultura, entendida esta como la familia, la región, la nación, el planeta, como una totalidad que nos acoge.

La crianza para ser óptima debe realizarse en el territorio del amor, pues como afirma el grupo de puericultura de la Universidad de Antioquia: “Creemos que el ámbito específicamente humano es el del amor y la ternura y que precisamente en él debe desarrollarse la crianza; el del amor entendido como el respeto por el otro y por sí mismo, por la aceptación del otro y de sí mismo. Esta crianza centrada en el interés superior de niños y adolescentes, movida por el amor, es la crianza humanizada”.

Según el epistemólogo chileno Humberto Maturana, el ámbito del amor y la ternura es precisamente el territorio de lo matríztico, donde ocurre la aceptación sin condiciones, el amor sin límites, la sensualidad gozosa. Allí surge la confianza básica que nos ubica en una armonía sin fisuras con la vida, ella solo nos será conferida por una tutela, un acompañamiento amoroso.

Allí la madre u otro adulto, mujer u hombre que tenga hacia ese ser desvalido una relación de cuidado, se convertirá en figura tutelar. La primera relación con la madre, o su equivalente, es básica y constituyente, pero también son importantes otras presencias, como la paterna. La dupla de padres no suele ser suficiente y para la constitución humana es vital toda la urdimbre afectiva: toda la tribu es necesaria para crear la urdimbre constituyente.

La impronta que da la crianza

Criar a alguien es imprimirle un sello, una impronta, que le acompañará toda su vida; es el traspaso del sentido de la vida. Cada grupo humano practica una forma determinada de crianza. La puericultura empírica ha existido siempre, desde los albores del homo sapiens. En cambio, la puericultura científica es una ciencia nueva, de los últimos cien años.

Entre nosotros ha tenido un avivamiento especial, en los últimos 20 años, liderada por el grupo de puericultura de la Universidad de Antioquia: “Entre los múltiples tipos de crianza posibles, consideramos especialmente válido el modelo llamado crianza humanizada. La llamamos crianza humanizada porque se trata de criar seres humanos, que junto con sus necesidades físicas tienen también otras necesidades: afectivas, intelectuales, sociales, creativas y espirituales”.

La crianza humanizada es un acto comunicativo continuado. La comunicación es el fenómeno fundamental de relación de la existencia humana, que cuando es verdadera es siempre de doble vía. La radical imperfección en que se encuentra el ser humano en el momento de nacer solo se remedia con los otros. Nos constituimos para siempre por las primeras interrelaciones personales.

Ese acompañamiento, sabio y próximo, se realiza principalmente por el ofrecimiento de un modelo de vida. Los niños y jóvenes aprenden de modelos que los acompañen, que no se impongan. Ser modelo es mostrar un camino, es una insinuación entre seres libres y no necesita tantas palabras, sino ejemplos. Es necesario que exista el amoroso cuidado del ser que nace por parte de otro, que al tutelarle le transfiera su mundo, es decir, su manera de configurar realidad.

Existen muchas formas de ver la comunicación, lo cual depende, en gran medida, de lo importante que sea el otro en nuestras vidas.

Saber comunicar para la vida

El acto comunicativo tiene un emisor, un receptor y un mensaje. Pero para que sea comunicación verdadera debe ser de dos vías. El intercambio vital que ocurre entre niño y acompañante (puericultor), para ser integral debe componerse de oír y hablar, y de producir cambios en los dos protagonistas del hecho comunicativo.

En la verdadera comunicación, el otro deja en mí su huella. En cierto sentido nos convertimos en el otro, devenimos otro. El oficio de puericultores nos cambia, nos enriquece.

El momento inicial de la comunicación es el encuentro de dos miradas que coinciden, que se acoplan. Este proceso instantáneo es silencioso. Pero una fracción de segundo más tarde, se hablan. La comunicación que empezó visual se vuelve auditiva y verbal. El epicentro pasa del ojo a la palabra. Oír y hablar son hechos complejos. El otro habla, pero su lenguaje está formado, no solo por lo más evidente –las palabras–, sino por tres grandes elementos: lo paraverbal, lo verbal y el silencio.

Cerca del 70% del significado que se transmite cara a cara es no verbal, como el vestido, las posiciones corporales, gestos, suspiros, respiraciones profundas, arrastre de consonantes, interrupción súbita de una palabra o una frase. En la expresión paraverbal es muy honda la participación del cuerpo. Sin embargo, no se nos ha enseñado a conocer esta significación.

Aunque todo el cuerpo comunica, hay lugares preferenciales para ello: los ojos, las manos, los labios. En el niño pequeño, el seno materno y el regazo. El cuerpo es el vehículo para la más profunda de las comunicaciones: la caricia. Ella vale, no solo más de mil, sino más de millones de palabras.

El momento de callar y el momento de hablar

No es posible crear un límite neto entre lo paaverbal y lo verbal. No hay palabras fonética- mente puras, pues todas llevan un halo más o menos notorio de expresiones sonoras paraverbales. El único lenguaje sin trasfondo paraverbal sería producido por un sintetizador, como en los anuncios robotizados de un aeropuerto.

Las palabras y los silencios están íntimamente unidos. El silencio es el estado fundamental sobre el cual se erigen las palabras. Existe un silencio de fondo en nuestra vida. En muchas ocasiones el silencio es más elocuente que la palabra.

Hay un silencio presignificativo. Una palabra pronunciada es un edificio sonoro levantado sobre el suelo del silencio. El silencio es como el humus en que germinan y cobran sentido las palabras pronunciadas. Hay un silencio significativo, que es aquel con el cual se quiere expresar algo. Entonces la mirada y el gesto son el cauce principal de la intención expresiva.

Y existe un silencio transignificativo, solo callando puede entenderse con suficiencia lo que se ha dicho o se ha oído. Y uniéndolos todos, hay un silencio de comunión interpersonal. Este puede ser a la vez abismamiento. La enfermedad como preludio de la muerte nos induce abismamiento. Existe el silencio del no saber decir, el de no poder decir, el de no querer decir.

Las palabras son herramientas de los significados. Ellas recortan lo real, rompen el silencio. El silencio es el estado normal de lo viviente, y es usual la frase: la salud es el silencio de los órganos. Así como la sabiduría lo es del espíritu. ¿Para qué interpretar siempre, hablar siempre, significar siempre? Escuchemos más bien el silencio de las amadas presencias.

El silencio del acompañante

Veamos ahora el silencio del acompañante de los niños, niñas y adolescentes, el puericultor. El saber hablarle al niño no lo será si no se sabe callar; el silencio puede indicarle nuestra actitud acogedora, pues nada alivia tanto como el regazo de un silencio atento.

En ciertas épocas el silencio es aún más exigente, como con el adolescente, pues con frecuencia nuestras palabras pueden ser sentidas como intromisiones en su naciente vida interior. Lo fundamental es que sienta que estamos ahí, dispuestos a oír, si quiere hablar, y dispuestos a compartir.

Uno de los sonidos que rompe el silencio es el llanto. Es un primer lenguaje, con muchos matices y diversos significados, que está influido por otras melodías que el niño ha incorporado, como la entonación de la lengua materna que oyó durante la gestación. Pero existen otros lenguajes en el niño que aún no habla articuladamente: la sonrisa, los balbuceos de gozo, el movimiento corporal.

Hay otros sonidos que no son palabras y que nos comunican, como nuestros latidos. Ese palpitar nos indica desde recién nacidos la existencia y los estados de ánimo de nuestra madre, hasta el punto de que el 70% de las veces la posición preferida para acunar es sobre el costado izquierdo. Ese latido continúa sien- do un medio de comunicación, además de tranquilizador.

La palabra irrumpe en el silencio. Cada una tiene tres funciones: vocativa, expresiva o notificadora, y nominativa o representativa. “Mamá, tengo hambre”, la llama, le notifica la existencia de un estado particular y nombra la específica índole de ese estado. Cada palabra es un código en el cual la cultura ha puesto un significado, por ello es fundamental conocer la tradición y el presente cultural de la comunidad en la que uno vive.

La palabra debe ser vista en toda su trascendencia. El otro habla de sí mismo, de su mundo, de su cuerpo, de su cosmovisión, al tiempo, en el mismo relato. Y debemos ser capaces de hacer una lectura paralela de esos diversos niveles de significancia.

A pesar del tiempo, de haber escuchado a tantos individuos diversos, este hecho comunicativo debe continuar emocionándonos, produciéndonos admiración, pues como afirma Sartre: “La palabra dicha a otro es siempre sacra para quien la pronuncia y mágica para quien la escucha. Sacra, porque algo de sacral tiene para el hombre el hecho de dar nombre a la realidad y en cierto modo dominarla con la palabra. Mágica, porque modifica a distancia el ser del oyente, y en la ‘actio in distans’ tiene la intención mágica su rasgo principal”.

El significado de las palabras para los niños

¿Qué significan las palabras para un niño? La primera palabra es uno de los grandes eventos en la vida del ser humano. Las bases del habla articulada se adquieren a partir del tercer trimestre de la gestación. El feto percibe la voz de su madre y de su padre, las atmósferas afectivas por las entonaciones, los ambientes emocionales por sus latidos.

Las palabras son mágicas, nos confieren un misterioso poder sobre las personas y las cosas. El niño lo percibe así muy pronto. ¿Acaso cuando llama a una persona por el nombre, esta no aparece y viene a su encuentro? Y cuando dice el nombre de una cosa, ¿sus cuidadores no se la damos de inmediato?

Y esas palabras mágicas aparentemente surgieron de la nada y pronto se convirtieron en juguetes maravillosos, que además producen gozo, como aquellas que musita su madre mientras lo alimenta. Amará aún más las palabras si las escucha de los labios de las personas que lo aman.

La maquinita de formar palabras

El puericultor no debe olvidar que la niñez es esa región maravillosa donde surgieron las palabras. Los primeros años están llenos de esa magia de aprender a nombrar las cosas. Luego de esos primeros vocablos poderosos, la maquinita de formar palabras fue adquiriendo velocidad: al segundo año poseía 20, luego 300 y pronto varios miles.

El niño pronto descubre que las palabras inventadas no solo expresan el mundo, sino que además dan dominio sobre él. ”Nombrar es apresar”, decía Cortázar. Apresar imaginarios y a la vez nuestros temores y conflictos.

Ser un buen acompañante de niños, niñas y adolescentes, esto es, un buen puericultor, implica sabiduría comunicativa, con frecuencia no aportada por la letra impresa, sino por la experiencia.

Hoy precisamente celebramos 20 años de comunicación ininterrumpida y exitosa sobre la crianza. Esa ha sido la labor del grupo de puericultura de la Universidad de Antioquia.

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