La participación: un aspecto olvidado en la educación de nuestros hijos

La participación
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Cada niño es un ser único que enriquece a la familia y a la sociedad. Bríndele espacio para expresarse y la oportunidad de ser él mismo. 

Por: Hernán Restrepo Mesa
Pedagogo y magíster en Educación y Desarrollo Humano 

Cuando recibimos orientación sobre la educación de nuestros hijos e hijas, por lo general, nos remitimos a temas como los valores, el juego, la autoridad, el buen trato, la nutrición, la salud, el afecto, por mencionar solo algunos. Sin embargo, difícilmente escuchamos hablar acerca de la participación y su importancia en la educación y en la promoción del desarrollo de aquellos seres que tanto amamos.

Valga decir, además, que al referirnos a la participación de los niños y niñas estamos hablando de uno de sus derechos, así como el derecho a la protección contra el maltrato o el abandono; o el derecho mismo a la educación y la salud. Pero ¿a qué se refiere esto de la participación de los niños y niñas? y ¿por qué se afirma que es algo importante en la crianza y en la educación?

Empecemos diciendo que no solo es algo importante, sino fundamental. Como lo ha dicho Unicef al referirse a la participación: “Se trata de un principio clave, un derecho básico, facilitador del desarrollo de los niños y niñas, y del cumplimiento de sus demás derechos”. Incluso afirma que no es un medio, sino un fin en sí mismo. Al respecto, uno de los autores contemporáneos más destacados, Manfred Max Neef, plantea que la participación es una de las necesidades básicas del ser humano, junto a la subsistencia, la protección, el afecto y la identidad, entre otras.

Afirmar que la participación es una necesidad básica es algo que podemos evidenciar en nuestra propia experiencia: basta pensar lo mal que nos sentimos cuando no somos escuchados, cuando nuestra opinión no es considerada o, peor aún, cuando somos acallados o tratados como quien no puede decidir. Ya estarán pensando algunos que, ciertamente es importante participar y decidir, pero que, para el caso de los niños, quizá no sea del mismo modo; pues, de un lado no tienen el criterio para decidir y, por otro lado, eso de la participación siempre ha correspondido a los adultos.

Nuestra tradición ha coincidido con ese pensamiento. No es casual que a los niños y niñas les llamemos ‘infantes’, término que proviene del latín infans, que significa mudo, incapaz de hablar. Se trata de una forma de mirarlos como simples receptores pasivos, sin capacidad para expresar lo que sienten y piensan o, simplemente, con opiniones tiernas, pero sin importancia.

La primera invitación que se nos hace desde la Convención de los Derechos del Niño al plantear que la participación es uno de sus derechos, tan importante como los demás, es a otorgar un nuevo lugar y un nuevo rol a nuestros hijos en las relaciones familiares. Un lugar basado en su reconocimiento como personas capaces, activas y participativas.

Alguien se preguntará, y si se trata de niños muy pequeños ¿también aplica? Una de las investigadoras más destacadas en temas de niñez en el mundo, Garison Lansdown, afirma que: “Cuando se habla del derecho a participar, no existe una edad mínima que se pueda considerar o imponer. Es un derecho que se refiere a todo niño que tenga una opinión respecto a un asunto que le concierne, e incluso los bebés y niños muy pequeños son capaces no solo de tener opiniones, sino también de manifestarlas, aunque las formas de expresión cambien a medida que el niño crezca”. Más aún, si ampliamos la comprensión de este derecho, nos daremos cuenta que puede vivirse y promoverse desde el vientre materno y conoceremos su inmenso valor para la formación de niñas y niños responsables, autónomos y felices. ¿En qué consiste entonces la participación infantil?

Cada hijo o hija es un ser único que enriquece a la familia y a la sociedad con su forma particular de ser y con su ser mismo que es en sí una novedad. De esta manera, la oportunidad que tenga el niño o la niña de expresarse y de ser él mismo o ella misma, de ser observado, escuchado y valorado por lo que es, influirá en el respeto y la confianza que logre para sí mismo y para los demás.

La participación es, por tanto, el reconocimiento que hacemos a nuestros hijos como personas valiosas, capaces, con formas propias de ver y relacionarse con el mundo que enriquecen nuestras perspectivas y nos traen grandes enseñanzas. Como lo expresa el antiguo texto del Talmud: “Cada niño que nace, trae un mensaje para la humanidad. Quizás sean algunas palabras, una obra de arte, o a lo mejor construye algo, o compone una canción. O tal vez nos ayude a entender para qué estamos aquí”.

Cada niño es único

La participación está basada en el reconocimiento de cada niño como regalo único y maravilloso de la vida y, además, la valoración de sus capacidades para sentir, pensar y aportar en la orientación de la vida familiar y social. En la actualidad, diversas disciplinas como la Psicología, las Neurociencias y la Pedagogía, nos hablan de las sorprendentes capacidades de los niños, incluso desde la gestación, para comunicarse y manifestar gustos y preferencias, para aprender y descubrir, para reconocer e interactuar con las voces, los rostros, los gestos, las miradas y las caricias. Capacidades que sin duda van haciéndose más sofisticadas a medida que crecen, pero, sobre todo, si se les brinda un ambiente protector, amoroso y participativo.

Es así como la participación supone también una mayor disposición como papás, mamás y demás personas que acompañamos a los niños, para escuchar, observar, entender y responder a lo que ellos nos expresan y construir relaciones basadas en el mutuo respeto y valoración, pues una forma equivocada de comprender la participación de la niñez, es considerarla como una pérdida de autoridad o un sometimiento de la voluntad del adulto al capricho del niño.

La participación, dice uno de los más grandes exponentes de este tema, Roger A. Hart: “No puede entenderse como una anulación de la enseñanza, de la disciplina, ni tampoco pretende borrar nuestros derechos y responsabilidades como padres y madres para tomar las últimas decisiones en consideración a la protección y a la educación que debemos brindar a nuestros hijos. De lo que se trata es de disponernos a escucharlos, de conocer sus puntos de vista y tratar de entenderlos para brindarles una orientación con mayor claridad, fundamentación y sentido para sus vidas”.

No se trata, por tanto, de hacer todo lo que digan los niños. Ello es un grave riesgo para su formación psicológica y su integridad física. Nada más lejano a la participación que convertirlos en pequeños tiranos. Por el contrario, el objetivo es formar seres capaces de valorar al otro, de expresar sus opiniones y argumentarlas; de comprender el sentido de las normas y afianzar sus principios a partir de las orientaciones de sus formadores. Ahora bien, ¿cómo promover correctamente entonces la participación de los niños y niñas?

La familia, sea cual sea su configuración, es el espacio privilegiado para formarnos como ciudadanos, es decir, para aprender a vivir con otros desde el respeto y el diálogo como fundamento para transformar los conflictos y asumir las diferencias; en otras palabras, es el lugar donde aprendemos a convivir.

Nuestros hijos aprenden a escuchar siendo escuchados, desarrollan su capacidad comunicativa cuando se les permite expresarse y dialogar con naturalidad y confianza. Afianzan su autoestima cuando tomamos en serio lo que expresan y se saben valorados por lo que son; y comprenden lo que es el respeto a los demás y a las normas, cuando sienten que se les respeta y que se les explica el sentido de las reglas para su propio cuidado, el de los demás y el del entorno. Aprenden a ser ciudadanos éticos y honestos cuando somos transparentes en la acción, respondemos sus preguntas con honestidad y les brindamos todo nuestro amor y atención de manera incondicional.

De eso se trata la promoción de la participación. Es una nueva actitud, más interesada y más valorativa del mundo de los niños; más comprensiva de sus realidades y, por lo tanto, con mayor capacidad de orientar de manera cercana y efectiva, pues permite reconocer lo que piensan, sienten y desean. Lo anterior, sin duda, nos ayudará a lograr una sana relación con nuestros hijos, afianzará nuestra autoridad y la fundamentará en el reconocimiento y el amor.

Ya estamos quizá imaginando muchas de las cosas que podemos hacer para promover la participación de los niños en el hogar. Esa realmente es la clave: reflexionar y orientar clara y firmemente a los niños con todo el amor, la valoración y la escucha que en sí mismos se merecen. Podemos, sin embargo, enunciar algunas pistas que nos ayudarán en este entrenamiento:

  • Escuchemos las expresiones de nuestros hijos en los múltiples lenguajes que utilizan: el llanto, la risa, los gestos, la postura corporal, el estado de salud, las palabras, los silencios, sus comportamientos y actitudes.
  • Empecemos por escuchar. Dispongámonos a querer comprender las razones de un comportamiento antes de lanzar un juicio.
  • Rescatemos la pedagogía de Aristóteles de “muchas veces la mejor respuesta es una pregunta”: ¿Y qué piensas tú?, ¿y qué sientes?, ¿y tú que harías?
  • Generemos espacios de conversación familiar. Un juego, una lectura, una comida pueden ser el pretexto. Promovamos la expresión de opiniones y alternativas con una actitud apreciativa y valorativa.
  • Al estar con nuestros hijos e hijas, restemos protagonismo al televisor y a los demás dispositivos que, en muchos momentos, invisibilizan a quienes están a nuestro lado.
  • Si se trata de un bebé o un niño pequeño, aprovechemos todos los momentos cotidianos para hablarle, cantarle y jugarle. Contémosle lo que ocurre a su alrededor, preguntémosle por lo que observa y sigamos sus iniciativas para jugar o interactuar.
  • Valoremos las capacidades de nuestros hijos según su desarrollo, dejémonos sorprender por lo que son capaces de lograr y acompañémoslos brindándoles el cuidado, pero también, el espacio para que puedan tomar sus propias iniciativas.
  • Creámos les lo que nos expresan con todos sus lenguajes. Si los observamos y escuchamos con atención, nuestra sabiduría de mamás y papás nos acercará a su verdad y nos permitirá protegerlos y orientarlos.

El derecho a la participación es como una lamparita que nos guía en la crianza y en la educación de nuestros hijos, pues nos recuerda el valor y la grandeza de escucharlos, observarlos, comprenderlos, dialogar con ellos, en una palabra: acogerlos y amarlos como son.

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