La moral distraída

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Resulta urgente volver a la educación para la convivencia con otros. Desde la casa, pasando por la calle y el colegio.

n este artículo los conceptos de moral y ética se superponen. En efecto, el teólogo Alberto Restrepo González considera que son más los elementos comunes que conducen a la igualación conceptual entre los dos términos señalados. Al respecto, sostiene que: “Ética y moral son, con distinto nombre, el mismo y único saber: la sabiduría referente a la rectitud de las acciones humanas, individuales y sociales… Ambos conceptos se refieren a la responsabilidad, la comunitariedad y la normatividad de las acciones humanas”1. Es decir, gusto, satisfacción, inclinación que sobrepujan a los actores sociales a obrar con determinación enaras del armónico funcionamiento de la sociedad. Para el filósofo español Fernando Savater, “moral es el conjunto de comportamientos y normas que tú, yo y algunos de quienes nos rodean solemos aceptar como válidos; ética es la reflexión sobre por qué los consideramos válidos y la comparación con otras morales que tienen personas diferentes. Pero en fin, aquí seguiré usando una u otra palabra indistintamente, siempre como arte de vivir”2. Naturalmente, arte de vivir bien, bueno y convenientemente. Dicho de otro modo: arte de vivir humanamente. Y lo humano aquí está calificado por el cumplimiento de mínimo cuatro condiciones, a saber: la racionalidad o imperio de la razón, del darse cuenta, del obrar con plena conciencia, con claro consentimiento. La compasión o misericordia o como más genéricamente suele decirse, la ternura o solidaridad; la responsabilidad como compromiso por dar cuenta de lo encomendado, del co- metido y, finalmente, la comunicación, el uso del lenguaje como herramienta privilegiada para tramitar los asuntos más simples de la vida diaria y también los complejos.

En la cultura facilista y relativista de la contemporaneidad hay una defección moral y ética. Se renuncia, por ignorancia invencible o superficialidad, al libre albedrío, que significa lo mis- mo que la capacidad de estimar entre valores y antivalores. Este vacío ético moral genera actitudes y conductas que llevaron a perder la perspectiva ética, a incurrir en la ambigüedad, a admitir la indiferencia; condujeron al “síndrome de la moral distraída. Aquí apenas distinguimos ya la línea entre lo bueno y lo malo, entre lo correcto y lo hampón. Ochenta mil familias viven, en no recuerdo qué región del país, del robo de la gasolina. Bien temprano, papá, mamá y muchachitos caminan unos kilómetros hasta llegar al tubo. Hacen unos orificios y sacan unos litros que luego venden a intermediarios. Los ciudadanos honestos de la zona esperan la llegada de sus proveedores para comprar el producto a mitad de precio.

En Caicedo, las FARC se roban los camiones de café con el único obje- to de venderlo para quedarse con la plata. También allá, otros honrados patriotas adquieren la mercancía robada a precios más ventajosos”3. Lo anormal se torna normal. La malicia adquiere el estatus de virtud social apetecible, inclusive lo legal pasa por moral. El descuido reemplaza el buen criterio en las apreciaciones acerca del recto obrar. De allí proviene la ambi- güedad. Hay suficientes evidencias para comprobar que lo privado se ha impuesto a lo público. El egoísmo patológico ha reemplazado el nosotros sano y por eso provocativo para la generación de una dinámica social justa. Esto nos remite a un problema de mentalidad. O sea, de orientación valorativa, normativa y comportamental que privilegie la convivencia social y su contexto. El ethos democrático. La falta de este último podría explicar, satisfactoriamente, muchas actitudes y comportamientos tanto individuales como sociales. He aquí algunos de tales comportamientos (típicos de una moral distraída) que claman por su auténtica superación:

Filiación política por razones de he- rencia familiar, pertenencia regional, peso de la tradición, contra las convicciones surgidas de la reflexión y la confrontación de la experiencia. Cifrar la adhesión política en hacer clic en ‘Me gusta’ o en la promesa de un cargo, una prebenda, una canon- jía, es decir, en el beneficio particular que se puede derivar de ella.

• Atender prestamente, en calidad de funcionario público, a los amigos y copartidarios y hacer esperar, impacientándolos, al resto de los usuarios del servicio.

• Pagar en unos casos y en otros re- cibir, bajo la forma de aguinaldo y regalo lo que debería ser un cabal cumplimiento de las prácticas usuales del empleado y del reglamento de trabajo.

• Incumplir las normas del tránsito ufanándose de ello (cruzar semáfo- ros en rojo, detenerse en lugar prohibido, avanzar lentamente por la iz- quierda, usar el celular, chatear, etc.).

• Apoderarse impunemente del espacio público.

• Defraudar a los vecinos, traicionar la confianza de los cercanos, mani- pular al prójimo.

• Cosificar a las personas en el colegio, en la casa y en la simple inte- racción social.

• Mercantilizar las relaciones tanto de amistad como de exclusividad afectiva.

• Despreciar la autoridad pública. En fin, se podría hacer un inventa- rio superabundante de incoherencias en las cuales queda claramente visible la distancia entre la genuina posición ética y moral y el decir y el hacer. Resulta urgente, pues, para resolver esta incoherencia volver a la educación para la convivencia con otros en la ciudad. Desde la casa, pasando por la calle y el colegio. Aquí cuentan mucho el ejemplo de las figuras arquetípicas, las palabras convincentes y el reconocimiento de la dignidad de todos y cada uno. Tal y como lo reconoce la filosofía moderna. “Kant afirmaba que todo ser humano… es un fin en sí mismo que no puede ser

tratado como un simple medio… Eso es lo que podríamos llamar el principio ético de no instrumentalización… La idea Kantiana… se traduce diciendo que toda persona es una interlocutora o un interlocutor válido, un interlocutor válido que tiene que ser escuchado… cuando se trata de nor- mas que le afectan y cuyas decisiones tienen que tener una incidencia significativa en el resultado final, porque si no todo esto es una pantomima… La idea de la persona como un interlocutor válido es una clave de moral cívica que tiene que ser aplicada en todas las esferas de la vida social, si queremos tener una sociedad justa a la altura de nuestro tiempo”

Por: Vladimir Zapata Villegas

Educador y rector del Colegio Colombo Británico (Medellín)

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