La guerra: un monstruo grande y pisa fuerte

“Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: ‘yo mato para robar’.

Las guerras siempre invocan nobles motivos, matan en nombre de la paz, en nombre de Dios, en nombre de la civilización, en nombre del progreso, en nombre de la democracia, y si por las dudas, si tanta mentira no alcanzara, ahí están los grandes medios de comunicación dispuestos a inventar enemigos imaginarios para justificar la conversión del mundo en un gran manicomio y un inmenso matadero. En Rey Lear, Shakespeare había escrito que en este mundo los locos conducen a los ciegos y cuatro siglos después, los amos del mundo son locos enamorados de la muerte que han convertido al mundo en un lugar donde cada minuto mueren de hambre o de enfermedad curable 10 niños y cada minuto se gastan tres millones de dólares, tres millones de dólares por minuto, en la industria militar que es una fábrica de muerte”.

Discurso con motivo de la Marcha mundial por la paz y la
no violencia
(2009), por Eduardo Galeano

El informe No a la guerra contra la infancia, de la organización Save The Children (2019), revela que en 2017 más de 420 millones de niños en el mundo vivían en zonas de conflicto. Es decir, 1 de cada 5 niños se encontraban en medio de la guerra. Se percibe, además, un ostensible aumento de estas cifras si se comparan con el año anterior. Esta situación se concentra especialmente en países como Sudán, Siria, Uganda, República del Congo, Yemen y Palestina.

En Colombia es fácil calcular el impacto del conflicto armado sobre la infancia, en especial si somos conscientes del más de medio siglo de confrontación armada y de las millones de víctimas que ha dejado la guerra. A fecha del pasado mes de abril, la Unidad de Víctimas (entidad oficial encargada de la atención de víctimas en Colombia) tiene registradas a 8.303.836 personas como víctimas del conflicto armado.

La imagen en blanco y negro de Kim Phuc, la niña de 9 años en Vietnam, desnuda, desamparada, al lado de otros niños que también intentan escapar de la guerra. El rostro ensangrentado de Omran Daqneesh, el niño sirio de 4 años que fue rescatado entre los escombros y luego espera la atención médica: sus ojos no ven a ningún lado, fijos, como detenidos en el tiempo. El cuerpo de Alan Kurdi reposando sobre la arena, en la orilla de una playa turca, muerto, ahogado, mientras intentaba junto con su familia huir del conflicto armado. Todas estas fotografías icónicas revelan la afectación de la guerra sobre la infancia, pero se sitúan en otros mundos, lejos de las fronteras colombianas.

Así, la imagen del sufrimiento de los niños por los enfrentamientos armados parece ubicarse en realidades de otros territorios, como una tragedia que les ocurre a otros, una tragedia que no nos pertenece. Distraídos, con los ojos fijos en otras catástofres, no vemos la propia. La idea de los niños que se mueren de hambre en África nos restó consciencia de la propia hambruna, de los niños que se mueren por desnutrición en el Chocó y en la Guajira, o en cualquier franja de miseria del territorio colombiano. Este artículo, entonces, es una invitación a mirar a través de los ojos de Kim, Omran y Alan, lo que viven los niños colombianos, las múltiples afectaciones y la urgente necesidad de encontrar estrategias políticas para ponerle fin a las confrontaciones armadas.

En el informe Como corderos entre lobos. Del uso y reclutamiento de niñas, niños y adolescentes en el marco del conflicto armado y la criminalidad en Colombia (2012), la investigadora Natalia Springer afirma que: “De manera contundente, (…) se concluye que la autoría y plena responsabilidad de estas graves violaciones masivas y generalizadas a los Derechos Humanos y al Derecho Internacional Humanitario recae, no sobre individuos, sino sobre grupos armados ilegales y organizaciones criminales identificadas y conocidas: las FARC, el ELN, las bandas criminales (Bacrim), y los grupos paramilitares, que han establecido la práctica de reclutamiento y uso de los niños y las niñas dentro de sus objetivos estratégicos como parte de una política metódica, sistemática, deliberada, dirigida contra una población en situación de extrema vulnerabilidad y que golpea, especialmente, a los grupos indígenas”.

La investigadora revela una de las aristas más visibles de la guerra en Colombia sobre la vida de los niños  y los adolescentes, pero, lamentablemente, no es la única. Las diversas afectaciones del conflicto armado sobre la infancia colombiana no solo concentran las responsabilidades en los grupos ilegales –ampliamente descritas en sus acciones–, sino que también ponen sobre la mesa la responsabilidad del Estado por acción u omisión.

Las acciones militares, de diferente índole y perpetradas por actores legales o ilegales, impactan sobre la vida de los niños colombianos. El pasado mes de abril, hombres armados llegaron a una ranchería de La Guajira y abrieron fuego contra un exguerrillero de las FARC acogido al acuerdo de paz, contra su esposa y contra Samuel David, su pequeño niño de 8 meses de nacido. La gravedad de las heridas y el difícil acceso a un servicio hospitalario produjo la muerte del lactante. Así, la guerra ha dejado una larga lista de niños muertos, de huérfanos de la guerra, de reclutados por los grupos ilegales, de desplazados, de víctimas de minas y artefactos explosivos, y les niega el acceso a servicios, dificultando el derecho a la salud y a la educación.

En abril de 2016, en Cajibío (Cauca), un profesor fue asesinado en el aula de clases delante de sus estudiantes. Los niños fueron testigos del momento en el que un hombre armado ingresó al salón de clases y le disparó en dos ocasiones al maestro. Desde 1980 a julio de 2018 asesinaron a 1.088 educadores en Colombia, según revela la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación (Fecode), unos 28 docentes cada año. La violencia se ha metido en los salones generando un impacto directo sobre el derecho a una educación.

La presencia de actores armados ha dificultado el trabajo de los educadores de las escuelas rurales y las dinámicas de microtráfico manejadas por las Bacrim han significado un aumento de riesgo en los maestros en zonas urbanas. Todo ataque a los educadores es un ataque al derecho a la educación de la infancia colombiana. Las amenazas y asesinatos de los maestros obedecen, además, a razones asociadas a la violencia sociopolítica por sus vínculos con sindicatos, por sus exigencias a la inversión de recursos a la educación y, en ocasiones, por su vinculación partidista. Así las cosas, es claro que la escuela también ha sido un territorio en el que se ha disputado la guerra de este país.

Por otra parte, las acciones militares y presencia de soldados de ejércitos –legales e ilegales– tienen consecuencias sobre la integridad sexual de los niños colombianos. En 2015, el informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas aseguró la existencia de videos pornográficos producto de violaciones a 53 niñas colombianas por parte de soldados de Estados Unidos en el territorio nacional. Renán Vega, autor del informe, no pudo sustentar sus afirmaciones con rigurosidad y fue cuestionado por la falta de fundamentos; sin embargo, uno de los hechos victimizantes más difíciles de registrar es la violencia sexual. La complejidad de la guerra colombiana no ha permitido conocer con precisión la dimensión del problema, las víctimas suelen guardar silencio y las evidencias se pierden en el miedo.

En el informe La guerra inscrita en el cuerpo. Informe nacional de violencia sexual en el conflicto armado (2017), elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, queda suficientemente descrita la relación de la presencia permanente de grupos armados con la naturalización de relaciones de poder y dominación en medio de los privilegios machistas y los estereotipos sexistas de una sociedad patriarcal. Las masculinidades armadas en medio de la guerra reafirman el poder hegemónico sobre los cuerpos de las mujeres y los niños.

El informe relata que en siete sentencias de Justicia y Paz analizadas se identifican 57 casos de violencia sexual documentados, de los cuales, 24 fueron ejercidos sobre niñas y adolescentes entre los 9 y 17 años (es decir, el 42%). En el año 2010, en Tame (Arauca), un subteniente del Ejército violó a dos niñas de 13 y 14 años, respectivamente, y le quitó la vida a una de ellas y a sus dos hermanos de 9 y 6 años.

La Corporación Humanidad Vigente, que ha hecho seguimiento a casos de violencia sexual en el departamento de Arauca, denuncia que en el año 2005 una niña de 11 años fue víctima de violencia sexual por parte de un soldado del Grupo Mecanizado  Nº 18 General Gabriel Revéiz Pizarro en Tame. La misma organización documenta que en 2010 una niña que iba camino a la escuela, muy cerca de la Brigada Nº 18 del Ejército, fue golpeada por un militar y llevada a un matorral con el propósito de violarla. Uniformados de la policía lograron evitar la violación, pero la niña tuvo que ser trasladada al Hospital San Vicente de Arauca por múltiples lesiones.

La guerra exacerba todas las múltiples expresiones de violencia y establece caóticos márgenes de autoritarismo y control arbitrario. Niega la oferta de servicios del Estado y somete a las víctimas a severos traumas emocionales. Según el Informe Global sobre Trata de Personas (Viena 2018), realizado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por su sigla en inglés), la trata de personas está asociada a zonas de conflicto armado que actúan con absoluta impunidad en medio de la guerra.

Es imperativo insistir en la atención integral de las víctimas y construir políticas de salud mental en consonancia con esta dolorosa realidad. La deuda de más de 50 años de violencia sociopolítica debe intentar saldarse con estrategias que fomenten la resiliencia. Los niños colombianos necesitan, con urgencia, más arte, más lúdica, más cuentos, más deporte, más música. También es imperativo construir caminos para la finalización definitiva del conflicto armado porque toda guerra es un atentado a la infancia. Mientras suenen los fusiles, ningún niño puede crecer sano en Colombia. Kim, Omran y Alan no son imágenes en láminas de ficción, son niños que sufrieron la devastación de las guerras. Sus rostros son los rostros de miles de niños colombianos que merecen crecer en paz.

 

 

Por: Carmen Escallón Góngora
Pediatra puericultora y terapeuta de familia
Universidad de Cartagena