La escuela: escenario de realidades

La escuela: escenario de realidades

Por: Carmen Escallón Góngora

El maestro y la escuela son el segundo escenario de la crianza. Cada niño que ingresa es único y así debe ser tratado, con sus fortalezas y debilidades, a fin de estimular el desarrollo de sus habilidades y múltiples inteligencias.

La etapa de la infancia comprendida entre los seis y los doce años tiene como centro de la vida la escuela, por ello, a este período de la vida del ser humano se le llama etapa escolar. En esta época el niño se convierte en un nuevo científico, con una forma de pensamiento que va desde el puramente mágico y concreto hasta llegar al pensamiento abstracto, es decir, que emite conceptos a partir de las ideas. Es la etapa donde el niño se abre como una flor a un completo y maravilloso desarrollo intelectual. En esta época ocurren cambios verdaderamente significativos, hasta el punto de que podemos mirar las diferencias que existen entre un niño que ingresa a la escuela y el que sale al final para entrar a la secundaria. Es una etapa de crecimiento intelectual, moral, espiritual y físico.

Para el escolar el estudio es la principal actividad. La escuela se convierte en su centro, de allí la importancia tan grande de contar con un sistema escolar que capacite al niño, enseñándole nuevos y complejos conceptos por un lado, y que permita la formación humana por el otro, y que le desarrolle los valores humanos y un nivel de crecimiento tal, que sea capaz de tener conciencia de sí mismo, de los otros, de la sociedad y del universo que habitamos.

La escuela debe permitirle al niño escolar el desarrollo armónico de todas sus inteligencias múltiples: la lógico-matemática, la inteligencia emocional, la musical, la corporal, la ecológica, la espiritual y la espacial. Para ello, debe considerar que cada niño que ingresa a su sistema es único y, por lo tanto, debe ser tenido en cuenta con sus fortalezas y debilidades, preocupándose por estimular su potencialidad. Este tipo de escuela requiere de maestros que sean verdaderos parteros que permitan que el conocimiento nazca sin presiones y al ritmo de cada niño.

Cuando el niño ingresa a la escuela primaria es frecuente que aparezcan algunos temores nuevos, como el miedo a los nuevos amigos, a la desaprobación social, a hacer el ridículo, a la burla de los compañeros, a equivocarse, a los maestros; y que continúen los miedos que trae de la etapa preescolar, tales como el miedo a la oscuridad, al abandono, a la muerte, a la violencia, a los fenómenos naturales y a lo desconocido.

La creación de un espacio escolar sano es una tarea tanto de padres como de los profesionales de la salud, educación e ingeniería. Se deben tener en cuenta algunos factores como la localización de la escuela, la cual deberá estar lejos de bases militares, fábricas, hospitales o de sitios que produzcan contaminación auditiva o ambiental. Los materiales de la escuela deben ser incombustibles, no húmedos y resistentes a insectos y otros agentes destructores naturales. El salón debe ser amplio, las paredes lavables y lisas, con pinturas de colores claros y atractivas visualmente. De igual forma, debe ser iluminado, con buena acústica y bien ventilado.

La escuela para el niño usualmente se vuelve menos atractiva y menos lúdica de lo que fue el jardín. En este sentido, padres y maestros están ante un gran reto y es el de posibilitar un sistema escolar que se convierta en escenario de varias realidades: donde se conjugue el aprendizaje con el asombro, con el juego, la magia y la fascinación, produciendo así un verdadero enamoramiento del niño por este sistema que lo envolverá durante muchos años.

En la escuela, el niño desarrolla habilidades que impulsan y promueven su desarrollo físico, emocional, espiritual y social. Socializa con otros niños y así construye un nuevo mundo donde el otro le mira y con esa mirada lo vuelve niño, al igual que él tiene el poder de hacer niño a los niños que mira. Además de aprender a leer, escribir, operaciones matemáticas y conocimiento de historia, geografía, etc., el niño adquiere cada día nuevas destrezas integrales, y logra aprender lo que es el sentido de la amistad, de la justicia, de la lealtad y la confianza. Así mismo, supera miedos, se enamora y juega.

Los programas escolares deben fundamentarse en las características, necesidades e intereses de los niños. Deben ser dignos y asertivos evitando el autoritarismo y la permisividad. De igual forma, depende mucho la imagen del maestro como modelo, para que el niño aprenda ese otro currículo, que es el aprendizaje de los valores humanos. Los maestros son verdaderos espejos en donde los niños se reflejan. En la escolaridad, el maestro tiene un gran significado para la vida del niño, hasta el punto que el maestro y la escuela se constituyen en el segundo escenario de crianza.

El escolar va a la escuela porque necesita autonomía, necesita hacer amigos y aprender. La escuela es una nueva y peligrosa aventura. La adaptación del niño a esta depende de la escuela misma, del respeto que el maestro o maestros tengan de los derechos humanos, de la aceptación de los otros niños, de la organización afectiva que el niño trae, de su experiencia en el preescolar, así como del tipo de familia que tenga.

El maestro es el elemento que unifica y sostiene a los niños en la escuela; es el adulto que representa el respeto y la autoridad. La mayoría de los problemas de adaptación escolar y de aprendizaje se originan cuando el niño ingresa a la escuela primaria y a la secundaria. En estos dos períodos sensibles la sabiduría del maestro, su paciencia, su dignidad y su madurez afectiva son determinantes. Si el maestro sabe resolver conflictos y sabe vivir, con toda seguridad ayudará al niño a resolver sus propias crisis. La escuela y la casa, en una íntima conexión

Los padres deberán participar de las actividades de planeación y ejecución de los programas académicos de sus hijos, manteniendo una comunicación constante con el colegio. Deberán acompañar a su hijo en la escogencia de este, animarlo y ser ellos mismos modelos en cuanto al cumplimiento de sus funciones. Un padre que trabaja con agrado enseña a su hijo que el trabajo es un gozo que dignifica y promueve bienestar. Un padre que lee, enseña a su hijo el agrado por la lectura.

Los padres deben convertirse en animadores del proceso escolar de sus hijos, respetando la autonomía del muchacho. Deben estimular la reflexión, la imaginación y la creatividad sin hacer los trabajos que al niño le corresponde. Igualmente, deben ayudar a sus hijos a revisar las debilidades y fortalezas, a aprender de sus caídas y a estimular los logros. Deben respetar el ritmo de aprendizaje de su hijo, recordando siempre que cada niño es único e irrepetible, y que, por lo tanto, compararlo con otro niño lo enajena y lo disminuye.

Los padres deben contarles a sus hijos sus propias experiencias en el trabajo y en la calle, esto estimulará al niño a hacer lo mismo. Cuando el niño hable del colegio, déle suficiente interés a este tema, así sabrá cómo va el desarrollo escolar y cómo va el niño en este proceso. Cuando el niño es pequeño y juega al maestro, observe el juego, el cual dará cuenta de lo que sucede en el mundo real.

En la casa se deben crear hábitos de estudio, para ello, se debe disponer de un espacio adecuado con una mesa o un escritorio, sin la presencia del televisor, y con música agradable. Las tareas deben ser realizadas por el niño y, en caso de requerir ayuda, los padres deben brindarla sin realizar el trabajo de los niños. Es muy importante fomentar la lectura de cuentos y relatos para el desarrollo intelectual y emocional de los niños. Leerles cuentos antes de dormir y en el momento en que existe un interrogante o curiosidad, les ayuda en su desarrollo escolar.

La escuela puede convertirse en un refugio para el niño. Cuando la calle y la familia son los sitios del dolor, la escuela debe seguir siendo el sitio de la felicidad. Muchos niños sometidos a malos tratos en su familia se salvan porque encuentran una escuela respetuosa y un maestro amoroso que los escucha y los defiende de la adversidad. El maestro entonces debe convertirse en un sanador de las heridas físicas y emocionales de la infancia. El educador que facilita el que los estudiantes narren sus miedos, sus dolores y angustias, es un maestro que les ayuda a sus chicos a sanar. Cuando el escolar cometa una infracción, el maestro debe sancionar con palabras que cuestionen el acto, pero nunca atacando al niño. Por ejemplo, cuando un niño destruye el trabajo del compañero en un ataque de rabia, en el momento de la sanción el maestro podría decirle algo como: “Quiero que pienses por qué hoy estuviste tan molesto y dañaste el trabajo de Óscar. Tú que eres un niño tan responsable, debes pensar en eso”. En lugar de decirle frases como: “Eres un niño destructor y grosero, así no me gusta a mí”. Nunca se debe sancionar al niño quitándole el recreo o con planas o frases repetidas. Esto lo lastima y le produce aversión por la escritura.

La escuela, por otro lado, debe favorecer la investigación, la curiosidad y el asombro que es una necesidad del escolar. De igual forma, debe poseer un atractivo tal, que el niño y el maestro la vivan con agrado, hasta tal punto que el día viernes o el inicio de vacaciones no se conviertan en motivo de felicidad y celebración. La metodología empleada debe ajustarse a las necesidades físicas y emocionales del niño y del maestro; las clases, entre tanto, deben desarrollarse más en espacios abiertos, y más desde el juego y la lúdica.

El escolar, al igual que los demás seres humanos, necesita un significado para aprender; es lo que se llama aprendizaje significativo. Necesita estimularse para que el aprendizaje del descubrimiento de América sea importante para él. Algunos niños dicen: ¿Para qué debo aprenderme la historia de tal hombre en la historia? El aprendizaje debe satisfacer una necesidad por conocer por parte del niño. El maestro es justamente alguien que estimula a sus estudiantes hacia la vida. Muchas veces el aprendizaje a través del juego propicia el interés del niño, quien mientras más estímulos y conocimientos tenga, más rico hará su juego, y mientras más juegue, más motivación tendrá por aprender.

La lectura y la escritura se constituyen en la herramienta más importante en el escolar, sobre todo los primeros años, pues modifica áreas importantes del cerebro y transforma el pensamiento del niño, volviéndolo más lógico. La lectoescritura le genera seguridad, orgullo y autonomía, al tiempo que lo introduce en el mundo del conocer por él mismo y en el de transmitir sus emociones, pensamientos y decisiones en un papel. Le permite, además, avanzar en las demás materias y le abre la puerta a un universo de realidades desconocidas hasta ahora, promoviendo así la fantasía y la capacidad de soñar.

El escolar poco a poco va haciendo grupos de amigos y así la escuela se convierte en el eje de su vida social. El niño lleva a su casa la caída de su amiga Margarita, la muerte del abuelo de Antonio, la enfermedad de la mamá de Julián, etc. Estos personajes van tejiendo cada día su espacio emocional donde él se reconoce y crece. Los amigos son necesarios y el escolar siente la importancia de sentirse aprobado y aceptado por ellos.

Todo lo que acontece en la escuela es importante para el escolar. Los maestros siempre dejan huellas: esos buenos maestros dejan en el chico una marca amorosa que nunca se borrará y que le ayudará en los procesos de vida posteriores. La escuela debe entender su significado y cada día trabajar hacia la construcción de un territorio de paz, de un espacio de consensos y de diferencias, donde el error sea parte del proceso, donde cada estudiante sea tenido en cuenta como único e irrepetible, y donde el maestro entienda que la letra con sangre no entra. Esta será la escuela que necesita la región: una escuela para la paz.

Recomendaciones

  • En las posibles opciones de escuela que le presenten al niño para elegir, deben tener en cuenta el ambiente emocional, las instalaciones, el patio y los otros escenarios.
  • El primer día de clases es difícil, así que este debe ser acompañado con mucha paciencia y solidaridad.
  • Hagan de las rutinas de la mañana un espacio de juego y gozo.
  • No castiguen a su hijo cuando se equivoque, como una manera de recordar que el error es parte del aprendizaje.
  • Trabajen en los hábitos de estudio de su hijo, haciendo un espacio de estudio agradable, fomentando la lectura, y siendo ustedes excelentes modelos.
  • Revisen la relación que ustedes tienen con su trabajo, tanto si es buena como mala, como un excelente modo de entender que el niño tiene un modelo para imitar.
  • Mantengan una estrecha y buena relación con el colegio.