La escuela: el segundo escenario de socialización

La escuela: el segundo escenario de socialización
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“Queridos papá y mamá, les quiero decir:

Tráiganme al preescolar con mucha alegría; que cuando se despidan vea en sus caras lo contentos que están porque yo me quedo con mi profe y amigos.

No quieran separarse de mí en el primer momento, porque apenas estoy conociéndolo todo y eso me asusta. Quiero que me permitan, por ahora, continuar con los hábitos que tengo en casa —mi tete, mi chupa, mi cobija—, no quieran cambiármelo todo y tan rápido. Conversen mucho con mi profe y todas las personas del preescolar; verán lo importante que es que se conozcan.

Sigo necesitando afecto, comprensión y mimos; los necesito para crecer con fortaleza.

Si lloro, abrácenme, háblenme suave, acarícienme, eso me relaja y consuela. Díganme lo mucho que me quieren.

Papás, si hoy están acelerados, preocupados o ansiosos, ¡cuidado conmigo! Yo los amo, pero no sé lo que les está pasando.

Quiero estar jugando, ya sea solo o con otros niños, no quieran que esté en un espacio cerrado y siempre al lado de un adulto vigilante.

Cuando ya esté adaptado al preescolar, voy a querer mucho a mis profes y amiguitos y serán tan importantes para mí como lo son ustedes.

Denme la oportunidad de empezar a experimentar y disfrutar fuera de casa, y así sentir que todo el amor que me han dado me permite compartir con los demás.

Queridos papá y mamá, yo los quiero mucho”.

Anónimo 

La entrada al colegio supone una separación del niño que debe manejarse con amor y paciencia.
Padres y maestros son responsables del manejo de esta etapa crucial para toda la vida. 

Por: Carmen Escallón Góngora
Pediatra y puericultora Terapista de familia 

La socialización es un proceso dinámico y creciente durante el proceso vital humano. Se inicia desde el nacimiento y se sucede durante los primeros años en la vida de familia, de una manera determinante. A este proceso se le llama socialización primaria y tiene que ver con el reconocimiento que hace el niño de sí mismo por medio de su padre, madre, abuelos, hermanos y demás familiares.

La socialización secundaria, entre tanto, ocurre cuando el niño ingresa al sistema escolar; en ese momento los maestros y los demás niños permiten que el niño se reconozca nuevamente y reconozca a los que están a su lado.

El ingreso del niño al jardín o preescolar es fundamental para el desarrollo de su personalidad. Es el primer peldaño de todo el proceso educativo. Por tal razón, se debe garantizar que este paso se dé de la manera más armónica, con la participación de padres, adultos significativos, maestros y el mismo niño. Este paso debe ser pensado y efectuado de una manera responsable y justa, ya que las equivocaciones que sucedan en esta etapa son de difícil reparación y pueden tener consecuencias para toda la vida.

Cuando el niño ingresa al colegio o al espacio de formación humana y capacitación conocido como jardín de niños o preescolar, se produce para él y la familia una crisis de variadas dimensiones: el niño debe superar el conflicto de separación de la madre, afrontar un sitio nuevo con personas desconocidas e iniciar una tarea hasta el momento nueva, como es la de compartir con niños de su edad y niños mayores. Muchos niños durante esta etapa pueden tener mucha ansiedad, manifestada como irritabilidad, dolor abdominal, dificultad para comer o conducta agresiva.

Cuando los padres o cuidadores estiman que el niño debe ingresar al jardín debe producirse todo un ritual previo alrededor de esta necesidad: elegir un sitio adecuado, cómodo, con maestros que sean de confianza; el niño debe participar activamente en esta elección. Puede llevarlo a cada uno de los sitios probables y dejarlo jugar, permanecer allí y observar su conducta. El proceso se debe anticipar con la lectura de cuentos alusivos a la escolaridad o llevarlo unos meses antes para que vea a los niños en el jardín.

Se recomienda que el niño vaya en compañía de uno de sus padres el primer día, ya que necesita reconocer el espacio físico y sentir que sus padres conectan afectivamente con los maestros o cuidadores. Una buena técnica es la de llevarlo de visita previamente al jardín al que ingresará y establecer cierto contacto con sus maestros.

El objeto de transición, es decir, un osito o el muñeco preferido del niño, puede acompañarlo al jardín, pues con ello aumenta su seguridad y su coraje y siente que puede afrontar las situaciones nuevas que le generan ansiedad con más facilidad.

La separación temporal del niño de sus padres, cuidadores y de su casa para ingresar al jardín, donde se somete a nuevos horarios y a una determinada disciplina, es vivida por el pequeño como una pérdida que le produce dolor e inseguridad.

Son duelos de crecimiento o maduración y se superan cuando el niño siente ganancias al afrontar las situaciones nuevas, tales como aprender y descubrir un nuevo mundo. Muchas veces estos duelos pueden ser dañinos y producirle grandes pérdidas, sobre todo cuando no se produce un acompañamiento respetuoso por parte de los padres y maestros.

El proceso de adaptación

La compra de los uniformes y materiales para el colegio debe hacerse de manera juguetona, teniendo en cuenta el gusto del niño. De la misma manera, el primer día del jardín debe ser muy especial. Los padres deben tratar de disminuir su ansiedad y sus temores, ya que estos se contagian al pequeño que va a conquistar ese otro espacio.

Se debe disponer de mucho tiempo; para lo cual, preferiblemente uno de los padres puede acordar en su sitio de trabajo llegar a una hora en la que no tenga que presionar al niño por supuestas tardanzas. Los padres deben entender que el niño está viviendo una etapa angustiante.

El niño ingresa al preescolar, siendo este un paso trascendental para su desarrollo físico, social, emocional e intelectual. La adaptación a este espacio depende mucho del tipo de familia, y se favorece aún más si se trata de una familia tranquila, paciente y poco ansiosa.

La adaptación a este nuevo ambiente también depende del tipo de preescolar, de la capacitación de la maestra y del vecindario. Cuando hay mucho estrés en el niño generado por cualquiera de estos tres sistemas, su adaptación se torna más difícil. Por otra parte, su edad, el sexo y la capacidad que tenga para afrontar situaciones nuevas serán también factores que influirán.

En el jardín, el niño establece nuevas relaciones, descubre así un nuevo y encantador universo, aprende observando los modelos del maestro y de los compañeros; resuelve conflictos, descubre nuevas emociones, vence miedos. Se desarrolla intelectualmente y va tejiendo la hermosa red que hace parte de la dinámica vital interhumana.

El niño en el jardín hace amigos. Esa experiencia tan fundamental para la vida le va proporcionando una red de seguridad emocional y de apoyo tan necesarios para su desarrollo. Los amigos se convierten en figuras afectivas y necesarias, y son decisivas para las posteriores relaciones amorosas en la vida adulta.

A su vez, el jardín de niños es escenario para que ocurra el juego: descubre una nueva forma de jugar, lejos de la familia y con amigos nuevos, con los que puede intercambiar todas sus emociones y deseos. El niño entra en este mundo de magia, de cuentos, de sonidos, de aprendizaje de descubrimientos, de hacer cosas.

La escuela permite en el niño preescolar el desarrollo completo de la autonomía: el niño se fortalece, se siente grande, seguro y orgulloso de su maestra y de su grupo de compañeros, y así se siente orgulloso de él mismo.

El pequeño aprende la conciencia

de él y la del otro. Sabe así que existen otros que son diferentes. Descubre que hay niños blancos, negros, altos y bajitos, risueños y serios, flacos y gorditos, pobres y ricos. Que la maestra es una mujer que cuida. Que existe un universo que él poco a poco va descubriendo, entendiendo así la conciencia social y del planeta.

Cuando el niño regresa del jardín los padres deben recibirlo, pedirle permiso para revisar su maleta y mirar los deberes que ha hecho, no con el ánimo de juzgarlo, sino de acompañarlo. La casa debe continuar la labor del jardín: maestros y padres están cumpliendo la misma función, la de educar o socializar al pequeño, por lo que es necesario que la comunicación sea activa y que estén en el mismo bando para que el efecto motivador, socializador y educativo hacia el niño sea mayor.

El papel del maestro

  • El maestro de los niños debe ser un mago, un alquimista, debe sentirse niño. Debe trabajar para desarrollar las potencialidades al igual que las cualidades de los niños a cargo. Es algo así como un partero o un jardinero, que espera y con paciencia ayuda a que el fruto nazca. Debe corresponder a la palabra educador que significa: “Sacar de adentro”.
  • El maestro deberá cuidar con esmero al niño, hasta el punto de sancionar las conductas o actitudes indeseables sin lesionar el autoconcepto del niño y sin lastimar su integridad; teniendo en cuenta el cuestionar o corregir el acto sin dañar al niño con frases como “bobo”, “flojo”, “tímido”, etc. El poner rótulos a los niños vulnera su autoestima y su confianza.
  • El maestro es el que tiene que ver con la crianza escolar, es decir, comparte con los padres la responsabilidad de la crianza. Es un modelo que el niño imita, que incorpora en su mundo y en sus juegos. El maestro se convierte para estos pequeños en adultos significativos con una influencia muchas veces tan decisiva como la de los padres.
  • El maestro es un sanador. Cuando en la familia y en la calle existe el horror, se convierte para los niños en un verdadero terapeuta, aumentando la confianza básica y permitiendo reparar heridas. Hay muchos maestros que cumplen una función reparadora ante las adversidades sociales y familiares, tales como la violencia intrafamiliar, la guerra, los desastres naturales y el desplazamiento forzado, entre otras.
  • El maestro debe seguir el principio de incorporación paulatina y gradual de procesos y actividades, entendiendo que cada niño tiene un ritmo propio. El proceso de incorporación de actividades dirigidas al control de esfínteres o hábitos y actividades orientadas por adultos debe hacerse paso a paso y respetando el ritmo de cada niño para evitar así la sobrecarga y el agotamiento en esta etapa de adaptación.
  • El maestro debe ser flexible en la incorporación de nuevos hábitos y debe respetar los que el niño trae de la
  • casa, que muchas veces se consideran inadecuados, tales como chuparse el dedo, usar “chupo”, dormirse con balanceo, etc. Estas condiciones deben permanecer idénticas al máximo para evitar aumentar el nivel de ansiedad. El maestro debe ser paciente e ir incorporando poco a poco nuevos hábitos en el niño.

Recomendaciones

  • Elijan el jardín pensando en su hijo y háganlo en el momento en que el sistema familiar lo estime conveniente.
  • Hagan al niño partícipe de esta decisión, escogiendo el jardín en su compañía.
  • Preparen la entrada de su hijo al jardín con cuentos y relatos, así como visitas previas.
  • Acompañen a su hijo al primer día de clases, y háganlo tratando de disminuir su ansiedad.
  • No se desesperen, recuerden que la adaptación del niño es un proceso gradual.
  • Invítenlo a que lleve su cobija, osito u otro objeto de transición.
  • Estimúlenlo al llegar del jardín.
  • Identifiquen los signos de ansiedad, tales como dolor abdominal, irritabilidad y agresividad, entre otros.
  • Acaricien a su hijo, estimulándolo sin presiones.
  • Por último, disfruten la entrada de su hijo al universo escolar.

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