La crianza va bien si es un proceso que se da en libertad, sin maltrato ni abusos

Entendida la libertad como la capacidad que tienen las personas de hacer o no hacer algo, de llegar a decidir por sí misma dándose cuenta de lo que hace y asumiendo las consecuencias, es claro entonces que en el proceso moderno de crianza se debe incluir la cualidad de la libertad, ya que su puesta en práctica demuestra que se asume al niño como persona, como sujeto de derechos y a quién se tiene en cuenta en sus opiniones, fortalezas, debilidades y gustos.

Por supuesto que el ejercicio de la libertad, como la construcción y reconstrucción de las metas de desarrollo humano integral y diverso y la adquisición de hábitos, son procesos graduales, progresivos, estrechamente relacionados con la edad y el estado del desarrollo.

Por otra parte, en la crianza es indispensable comprender la inseparable relación que hay entre libertad, autonomía y autoridad. La libertad promovida gracias a la práctica de una relación democrática es el camino que lleva al niño a la autonomía. Libertad y autonomía van de la mano. Se ejerce bien la función de padres si el niño cada vez los necesita menos, si se van haciendo progresivamente prescindibles, pero para ello se requieren cuidadores que sean modelos de personas autónomas y libres, que no sean sobreprotectores ni autoritarios pero que sean firmes de manera afectuosa.

Con relación al maltrato, su preocupante existencia en algunos patrones de crianza se debe, en muy buena parte, al hecho de que todavía se asume la disciplina como una acción punitiva asociada casi siempre con castigo, que para muchos adultos implica una agresión necesaria cuando el niño o adolescente incumplen una norma o comenten una falta.

El castigo físico a los niños es eso. Una agresión de una persona adulta, de mayor tamaño y con más poder sobre otra persona de menor edad, de menor tamaño y emocionalmente vulnerable. Los golpes, las palmadas, los pellizcos son una clara falta de respeto a otra persona y un evidente caso de maltrato infantil. De igual manera, el regaño hiriente, el insulto, la humillación, el grito y los calificativos peyorativos son otra forma de maltrato infantil que alteran de manera grave la autoestima de los hijos.

Por todo lo expuesto, la crianza irá por buen camino si se disfruta un clima de respeto del adulto hacia el niño y adolescente, y viceversa; si el afecto y el buen trato son el denominador común de la cotidianidad, si todos colaboran con las tareas de la casa según su edad y capacidad; si juegan y ríen juntos, si se comunican sus temores, pero también sus esperanzas y sueños.

Luis Carlos Ochoa Vásquez
Marco Antonio Ortega Barrero

Pediatras puericultores