La autonomía

Como objetivo de la crianza, lo que los padres y cuidadores anhelan es que los niños y adolescentes adquieran de manera paulatina una independencia creciente, que cada vez sean más capaces de valerse por sí mismos y de ahí el empeño en que aprendan a caminar, a hablar, a comer y a vestirse solos, a “defenderse sin la ayuda de nadie”.

Todo lo anterior se va logrando cuando los cuidadores adultos acompañan y mantienen un equilibrio entre las intervenciones necesarias de acuerdo con la edad y el nivel de desarrollo de cada niño y adolescente, para que actúe por iniciativa propia. Dicho de manera muy simple, la función de ese acompañamiento en la crianza consiste en que el adulto se vuelva progresivamente prescindible, sin caer en los extremos de la sobreprotección o de la permisividad extrema, o peor aún, en el abandono.

La autonomía no es un punto de llegada, no es un objetivo que se cumple al llenar unos determinados requisitos y ya queda alcanzada para el resto de la vida. Tampoco es una estructura que los adultos les fabrican a los niños y adolescentes

Desde el nacimiento, cada niño va construyendo y reconstruyendo su autonomía de manera permanente durante toda la vida y en la cotidianidad, en sus pensamientos, actitudes y acciones. No se trata pues de construir y reconstruir para llegar a, sino para vivir siempre construyendo y reconstruyendo. En la autonomía se dan avances y retrocesos, pero todo está claramente influido por el acompañamiento afectuoso, inteligente y respetuoso que le brinden los adultos significativos en el proceso de crianza.

Luis Carlos Ochoa Vásquez
Pediatra puericultor