La alimentación y la crianza humanizada

La alimentación y la crianza humanizada

Respeto, amor e inteligencia: tres palabras claves para los padres en la alimentación a los niños. Mitos y verdades.

Por: Miriam Bastidas Acevedo

Pediatra puericultora

El hijo, ese regalo y a la vez préstamo que la vida le hace a los seres humanos para acompañarlo en su proceso de crecimiento y desarrollo, necesita un apoyo amoroso e inteligente que le provea de lo necesario para su existencia, en el momento en que lo requiere, y en la cantidad y con la calidad suficientes. De estas necesidades, una básica es la alimentación, que brindada con amor e inteligencia constituye un pilar fundamental en la crianza y favorece el desarrollo de las potencialidades del niño.

En la alimentación hay dos mecanismos importantes por los que el ser humano busca alimento, uno de ellos es el hambre, que constituye una defensa y se manifiesta con un conjunto de sensaciones poco placenteras en el organismo, forzando al individuo a buscar comida para satisfacerla, y el otro, es el apetito, en el que prima básicamente el deseo, que orienta a ingerir solo cierto tipo de comidas objeto de su deseo.

Dejando de lado aspectos no menos importantes como la nutrición, es fundamental reconocer que la alimentación del niño brinda un espacio privilegiado para favorecer su desarrollo y la construcción de las metas de desarrollo humano integral y diverso.

Durante el primer año de vida del niño prima la búsqueda de alimento por hambre, quien utiliza el llanto como forma de expresarse y cuya satisfacción inmediata le da certeza de que es amado, lo cual refuerza su confianza básica y, por lo tanto, contribuye a la construcción de su autoestima.

Además, se inicia en las bases de la solidaridad al recibir la ayuda que tanto necesita en esos momentos, permitiéndole también la autonomía alimentaria y de sus procesos digestivos que empieza a ejercer desde que nace, y lo lleva con seguridad al placer y conformidad consigo mismo y con el ambiente, fundamento de la felicidad.

Hacia el segundo año de vida y en la etapa preescolar continúa el hambre como motor fundamental en la búsqueda del alimento y empieza a aparecer el deseo y la preferencia por determinados alimentos inducidos por los adultos implicados en la crianza, de tal forma que el niño aprende a comer lo que consumen en la familia y en la comunidad en la que está inmerso, y se presentan fluctuaciones en sus sensaciones de hambre y saciedad, que lo llevan a comer unos días más que otros.

Autonomía y autoestima

Es así como en la alimentación durante los años preescolares, el respeto por el niño mismo y por su sensación de hambre o saciedad fortalece su autoestima, ya que este percibe que lo que siente es válido para quienes lo rodean y que, por lo tanto, él es valioso, lo cual le da la posibilidad de decir no cuando no quiere y lo prepara para afrontar algunos momentos en la vida con una negativa rotunda ante ofrecimientos que no desea aceptar; esto además favorece su propia toma de decisiones y, por consiguiente, su autonomía.

Con la autonomía y la autoestima fortalecidas se da paso a la creatividad. El niño se siente amado sin condiciones, percibe que la comunicación entre él y sus padres o cuidadores es afectiva, se siente partícipe de su proceso de crecimiento y desarrollo, y favorece la convivencia familiar, constructora de la solidaridad, que inicialmente se da consigo mismo para extenderla posteriormente a los otros.

En los años escolares debe continuar ese trato que respete la dignidad humana del niño y así continuar con la construcción de su crecimiento y desarrollo.

Así mismo, cobran importancia las reglas y normas que la familia establece en la alimentación, tales como los horarios y los rituales, con flexibilidad y participación, que promueven la formación de hábitos alimentarios saludables y evitan el autoritarismo y la permisividad que tanto confunden al niño.

Cuando se obliga al niño a comer mediante la amenaza, el chantaje o la súplica se perturban los mecanismos fisiológicos del hambre y saciedad y, aún más grave, se afectan el amor y el respeto implicados en un buen vínculo afectivo, y aparecen el temor y el miedo, que lo obligan a aceptar lo que otros quieren que haga, negándole así la posibilidad de ser.

El niño aprende a manipular a los adultos significativos con la comida ingiriéndola cuando quiere gratificarlos y rehusándose cuando desea castigarlos; esto es notorio principalmente cuando la madre trabaja y deja al niño al cuidado de otros a quienes les recibe muy bien las comidas, lo que significa que este ha percibido la angustia que genera en los padres el que no coma y pone a prueba tanto los límites de éstos como los suyos propios.

En ocasiones los adultos recurren a la televisión, a los juegos y maromas para que el niño reciba los alimentos, y otras veces al castigo, con lo cual convierten el momento de la alimentación en un circo o campo de batalla, que distorsiona una valiosísima oportunidad de fortalecer el vínculo afectivo y la construcción y reconstrucción bidireccional de las metas de desarrollo.

Mitos

Algunas creencias sobre los alimentos y la alimentación favorecen actitudes y prácticas inadecuadas e impiden la flexibilidad y una relación armoniosa entre el niño y los padres o cuidadores.

El niño gordo es el más sano y saludable:

Actualmente se sabe que el sobrepeso constituye un riesgo para la salud. El sobrepeso no equivale a ser saludable, por el contrario, indica que la dieta no es balanceada y que está recibiendo un exceso de energía que el organismo tiene que almacenar en forma de grasa.

La sopa alimenta más que el seco:

Las sopa es solo una forma de preparar los alimentos en la que se utiliza mayor cantidad de agua, ésta es necesaria para los procesos digestivos en el organismo, por lo que hay que ofrecerla al niño en cantidad suficiente, pero no en exceso, ya que tiene que ser eliminada por el riñón y suele poseer poco valor nutricional como tal.

La sustancia de la carne alimenta más que el bagazo

La sustancia es agua con grasa desprendida de la carne; lo que es verdaderamente útil es la fibra (bagazo), por lo que hay que procurar que el niño lo ingiera.

La yema del huevo alimenta más que la clara:

La yema está formada principalmente por grasa y la clara constituye la proteína; el niño debe ingerir tanto la yema como la clara.

Los niños deben comer con poca grasa, poca sal y poco azúcar:

Los niños necesitan una dieta balanceada en grasa, sal y azúcar, pues están en período de formación. Además, así se disminuye la posibilidad de colesterol alto, hipertensión o agravamiento de la diabetes si se tiene.

Prácticas desfavorables

  • Ofrecer otra variedad de alimentos cuando el niño no quiere comer; pues con esta práctica él aprende a manipular a los adultos
  • Interrumpir abruptamente el juego para que se dedique a ingerir alimentos; esto solo le provocará malestar y disgusto que trasladará a los alimentos mismos.
  • Ofrecer golosinas antes de las comidas principales: pues esto suprime la sensación de hambre.

Algunos elementos útiles para recordar

  • El niño es propio regulador de sus procesos de hambre y saciedad y estos no deben ser interferimos.
  • El niño ante todo es un ser humano y merece un trato justo y respetuoso.
  • El niño capta emociones y necesita percibir a sus padres como seres equilibrados y justos.
  • La alimentación del niño debe enfocarse en la calidad de las relaciones que se establecen con él y no solo en la cantidad de alimentos que ingiera.
  • Las prácticas alimentarias no deben convertirse en un campo de batalla en el que haya un vencedor y un vencido, sino en un momento en el que tanto el niño como el adulto mantengan intacta su dignidad.
  • Los padres no deben considerarse malos padres si el niño rechaza los alimentos, ni sentir que esta actitud equivale a rechazarlos a ellos.