Inapetencia

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La queja de los padres con respecto a lo poco que comen sus hijos es un tema frecuente con el que se enfrenta el pediatra en su práctica diaria.  Bernard Brusset nos menciona por ejemplo, que un tercio de las consultas de pediatría son debidas al rechazo alimentario por parte del niño. Mientras que Levin afirma que entre el 33 y 50% de las madres consultan por este motivo. Illingworth precisa que de todos los problemas del comportamiento, la inapetencia es el más común. La prevalencia cambia obviamente con la edad, como quedó demostrado en una investigación realizada en Huascar (Perú), que reveló que hacia los 11 meses de edad un poco más del 30% de los niños eran inapetentes, con relación al 2.2% en el primer mes de edad.  Además de la relación con la edad, dicho estudio reveló una asociación positiva de la inapetencia con la presencia de fiebre, diarrea y enfermedades respiratorias, y negativa con la alimentación materna.

Terminología

No hay unanimidad de criterios en la utilización de los diferentes términos relacionados con el tema de la poca ingesta de alimentos por parte del niño.  Algunos autores sin embargo, establecen diferencias entre inapetencia y anorexia, teniendo en cuenta el diferente significado de apetito y hambre.  Cuando hablamos de apetito nos referimos a un elemento adquirido, dependiente de experiencias exógenas, placentero y sin manifestaciones físicas, mientras que el hambre es un impulso innato que produce desagrado y se acompaña de algunas manifestaciones físicas.  En estas condiciones, el pediatra Ernesto Plata Rueda menciona que el término inapetencia se refiere a la pérdida de apetito y anorexia a la pérdida del hambre. Bernard Brusset también establece cierta diferencia entre las dos situaciones señalando que la anorexia de origen orgánico compromete el hambre, mientras que la anorexia de origen mental  compromete el apetito. Para el pediatra Gustavo González Ochoa “anorexia o inapetencia son palabras equivalentes que significan pérdida del apetito. El primero es vocablo profesional; el segundo es popular”.  En términos generales se puede afirmar que comer por hambre es comer por necesidad, el hombre puede comer, además de hacerlo para satisfacer sus necesidades, y uno de sus placeres: el apetito. En consecuencia podemos decir que el niño pequeño dado que no tiene desarrollado aún el apetito, come por necesidad  y no por placer, hecho fisiológico que puede llegar a explicar muchas de las circunstancias bajo las cuales es clasificado como inapetente.  No habiendo unanimidad de criterios respecto al significado de los dos términos – anorexia e inapetencia-, los consideramos equivalentes.

Vale la pena recordar un poco la actitud de duda que muchas veces se asume frente a las madres que se quejan de que sus hijos sobreviven prácticamente  sin comer nada.  Algunos autores resaltan que el problema es más frecuente en familias con buenos recursos económicos, siendo más raro en familias con numerosos hijos y con bajos ingresos.

Mientras la inapetencia en el adulto es una condición que usualmente pasa inadvertida, en el niño produce grandes temores, debido tal vez a que para los padres es muy importante que su hijo coma bien, pues de ello depende en  buena medida un mejor crecimiento y desarrollo, haciéndolos más fuertes y con mejores defensas contra posibles enfermedades. Una vez que los padres lo catalogan como inapetente, emplean una serie de métodos o recursos con la intención de que el niño como mejor, métodos que son muy variados pero al mismo tiempo muy bien definidos:

–       Método de la persuasión: consiste en utilizar el ruego para que coma.  Le piden que coman un poco más por “papá Noel”,  por la “tía fulanita”, o por “supermán” , pero el niño no muestra ningún interés, ni entiende lo que los adultos quieren.

–       Método de distracción: en este caso la madre prende la radio o la televisión o se pone a cantarle. Otros le ponen un espejo para que observe como come.

–       Método del soborno: consiste en darles dulces, helados, paseos, idas a cine, etc., con el compromiso de que coman bien

–       Tónicos : la mayoría de veces la familia ha utilizado uno o más tónicos o multivitamínicos con el objeto de lograr un mejor apetito de sus hijos.

–       Amenazas: una de las amenazas más frecuentes consiste en decirle al niño que si no come bien no va a ser grande y fuerte, lo cual no parece importarle. Otra frecuente e insensata amenaza es decirle que no lo van a querer más, si no come bien.

–       Método de la fuerza: la mayoría de las veces se ha utilizado.  Le tapan la nariz y le introducen la comida cuando el niño abre la boca para respirar.  –

–       Castigo: con mucha frecuencia los padres la han pegado alguna vez a sus hijos por no comer. Como dijo Ana Freud: “la comida en estos casos es más un trabajo forzado  que la satisfacción de un deseo”.

–       Alimento entre comidas: muchos padres por temor a que el niño se muera de hambre les dan comida todo el día, se llegan a contar multiples ofrecimientos de alimentos al día.

La madre no es la única que emplea estos métodos, el padre es su mejor aliado y tiende a ser más severo que su esposa y a usar más el castigo físico y los métodos de fuerza.

Si los abuelos viven en casa, ellos también se unen a la refriega.  Para regocijo del niño, la casa entera girará a su alrededor y éste siempre ganará.

Recomendaciones  de los expertos para mejorar la condición de inapetencia:

–        En lo posible no permitir ingesta alimentaria entre comidas

–       No forzar la alimentación

–       Hacer de los momentos de la alimentación los más agradables del día

–       Quitar en el niño la idea de que para sus padres es muy importante que él coma

–       Darle gusto en sus preferencias alimentarias

–       Presentar  el menú simultáneamente para que pueda escoger según sus predilecciones

–       Servir cantidades pequeñas.  Agregar un poco más cuando termine por si le apetece

–       No pedirle que coma ni urgirlo a hacerlo.

–        No dar bebidas endulzantes ni golosinas.  Una porción de postre, a la que tiene derecho, nunca será premio ni promesa por comer bien

–       Retrasar el desayuno hasta que tenga suficiente apetito o despertarlo un poco más temprano

–       Limitar el tiempo de cada comida a media hora

–       Modificar o cambiar el ambiente de las comidas; si se considera que el niño tiene motivos para rechazar o temer a la persona que habitualmente le da de comer, conviene sustituirla mientras  recupera su apetito.

Estos puntos pudieran ser complementados con la advertencia de Levin:

“Prestad poca atención al rechazo de los alimentos. Algunos niños delgados están destinados a ser adultos delgados, no tengáis temor a la desnutrición.  No luchéis con las comidas. Es mejor un pedazo de pan en paz que una casa llena de banquetes, de víctimas y de contiendas”.

Luis Fernando Gómez Uribe

Pediatra Puericultor

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