Hora de ir a las aulas

Hora de ir a las aulas

Con la asesoría de Fabiola Prince de Bayer y Felipe Parra
Psicólogos y psicoterapeutas.

Ante la pregunta de cuándo llevar a los niños al jardín infantil, los expertos coinciden en que entre más tiempo pasen al cuidado de sus padres, mejor. Lo ideal es que tengan al menos tres años cumplidos. Consejos para que esta etapa sea menos traumática para unos y otros. 

Los padres nunca parecen estar preparados para dejar que sus hijos salgan de casa, menos a tan temprana edad. Piensan que no pueden “defenderse” de las agresiones del mundo al que se enfrentarán, empezando por otros niños que, aunque ni siquiera son capaces de contar cómo les fue en la jornada o todavía hablan a media lengua, “pueden ser más fuertes que los nuestros”. En el otro extremo están los “nuevos estudiantes”, para quienes los primeros días de adaptación pueden ser de llanto, pataleta y drama por tener que alejarse de papá y mamá. Nada está escrito, pues cada familia es un universo, pero la verdad es que el paso al jardín infantil o al colegio no es fácil y puede asemejarse al de cuando la mamá llega de la clínica a la casa con su primer bebé. “Para ella todo es extraño, pero poco a poco se adapta”, dice Fabiola Prince de Bayer, psicóloga y directora de Consejeras de Crianza. Para la especialista, en la transición del hogar al jardín la clave es que el niño jamás se sienta abandonado.

Al respecto, el psicólogo y psicoterapeuta familiar Felipe Parra, codirector de Construir Familia, afirma que el proceso de adaptación no tiene una duración determinada, pero sí unas particularidades. Se trata de una etapa vital que representa el primer distanciamiento de los padres, indispensable para el proceso de autonomía e independencia, que marca la socialización e interacción con otros.

Los comportamientos son distintos: “Unos niños empiezan a curiosear, otros hacen pataleta y se nota que los que socializan fácilmente son aquellos que tienen padres más abiertos, que participan en un mayor número de actividades con otras personas. Quienes tienen menos procesos de socialización en casa son más temerosos de ir al jardín”, afirma el psicólogo.

Vale la pena esperar

Con frecuencia, los niños van al jardín infantil a los dos, tres o cuatro años y pasan de la etapa de apego a los padres al de acercamiento a otras figuras como profesores y amigos. Sin embargo, contrario a lo que se cree, vale la pena esperar un poco si es posible a que los niños tengan más cercanía con papá y mamá antes de dar este paso. “Así, cuando son más grandes, las situaciones de soledad serán menos frecuentes y difíciles por el tiempo que han compartido con los papás”, comenta Parra. “Los niños son adaptativos y logran crear figuras de protección con sus niñeras, profesoras y personas cercanas”, agrega.

Al respecto, la psicóloga Fabiola Prince recomienda que el niño pase más tiempo con los papás los primeros tres años, etapa en la cual se desarrolla el 80% del cerebro, un proceso que empieza en el vientre materno. “Al menos en los dos primeros años, los padres pueden formar valores y hábitos”, asegura.

Es recomendable, en opinión de los expertos, que antes de esta edad, si es posible, se tenga una persona exclusivamente para el cuidado del niño, que le brinde no solo acompañamiento, sino también aprestamiento para el ingreso al jardín. De igual manera, se debe empezar con un período corto para que la adaptación sea más fácil y consecutiva.

“En esta etapa inicial, lo ideal es que el niño esté en el jardín hasta el mediodía y luego comparta con la madre o una cuidadora profesional en su hogar. Esto le permitirá afianzar poco a poco su autonomía y el reconocimiento de sus espacios”, agrega la especialista.

En los últimos tiempos se ha dado un cambio cultural y socioeconómico significativo que se refleja en las relaciones humanas. Hace 30 años los niños entraban al jardín o al colegio a los cinco o seis años de edad, pero, en la actualidad, la exigencia laboral ha cambiado y ahora deben ir más

temprano porque no tienen quien los cuide. “En ese entonces, los padres tenían contratos de por vida y no se preocupaban porque sus hijos fueran tan pequeños a estudiar. En cambio, hoy en la búsqueda constante de calidad de vida, la sociedad es más virtualizada y el proceso de desarrollo de los niños también. Esto hace que las personas se sientan más solas porque hay menos presencialidad. De ahí tantos diagnósticos de depresión en el planeta”, indica el psicoterapeuta.

Un paso positivo

La entrada del niño al jardín trae muchos aspectos positivos. El niño convierte su mundo en un espacio más amplio y encuentra otras figuras, además de los padres, con quienes logra establecer un mundo más comprensivo y le ayudan a nutrir una identidad.

El desapego representa una adaptación y una diferenciación psicológica. “Nacemos con papás, pero necesitamos procesos de diferenciación para conseguir una identidad futura”, dice Parra.

En esos comienzos, los niños suelen tener manifestaciones discursivas, cuentan nuevas historias y hasta desafían las creencias de sus padres, cuando se comportan como lo hacen sus nuevos amigos. Por ejemplo, si en sus hogares nadie come en la mesa, sino en el estudio, ellos van a querer hacer lo mismo. Pero son situaciones comple- tamente normales y manejables para los expertos.

¿Cuándo preocuparse?

En un primer momento de desapego, la vinculación al sistema educativo puede generar crisis en los niños, que se manifiesta con llanto o silencio, porque sienten que pueden perder a sus padres. Algunos se niegan a ir al jardín y la situación puede ser normal durante el primer mes. De lo contrario, hay que empezar a indagar en las causas de la incomodidad.

Con frecuencia, los colegios cuentan con la experiencia de años para lograr que el niño se entusiasme. Pero si en casa tiene un “infierno”, esto será lo que se reflejará en el colegio. En ese sentido, el experto Felipe Parra enfatiza en que detrás de la situación de un niño que no se adapta, puede haber un problema marcado de pareja. “Ahí se hace necesaria una intervención para toda la familia”, agrega.

Por eso, a su juicio, un mes es suficiente para saber si el jardín es conveniente para el niño; basta con ver si muestra interés, curiosidad y apertura ante los cambios. Al trabajar con los profesores, ellos se van soltando en las primeras dos semanas. En algunas instituciones empiezan a crear hábitos a través de una programación y es labor de los maestros mostrarles un espacio seguro.

El paso de la casa al jardín es un tiempo que marca la vida del niño, por eso es clave aprender a leer las señales y estar alerta ante cualquier situación que no parezca normal en su adaptación. Solo así se le pueden evitar problemas en el futuro y el hecho de tener que acudir a una terapia.

Elegir el jardín infantil

Cuando llega el momento de ir al jardín, los padres deben analizar di- versos factores: la situación familiar, la disponibilidad de horarios y las características del niño.

En términos generales, cuando los niños son capaces de caminar y se inician con el proceso de adquisición de lenguaje, en definitiva, empiezan a ser autónomos. En ese momento se encuentran en mejores condiciones para adaptarse a nuevos retos y empezar a relacionarse con otros niños.

Lo cierto es que el jardín o el colegio no son solamente las instalaciones. Los padres deben preguntar por los valores sobre los cuales el establecimiento basa su programa de enseñanza, pues es claro que el futuro de los niños está, en buena parte, en sus manos. Aquí están algunos consejos clave:

  • Para empezar a buscar jardín, los padres deben hacer un sondeo con los amigos y familiares sobre los establecimientos que conocen.
  • Lo ideal es elegir un jardín cerca de la casa para evitar los extensos desplazamientos.
  • Los juguetes costosos o las instalaciones lujosas, llenas de juegos coloridos, no deben deslumbrar a los padres en el momento de la elección. Lo importante es la calidad humana y profesional de quienes dirigen o imparten las enseñanzas en el plantel.
  • Los padres no deben transmitir su ansiedad a los hijos durante el proceso.
  • Es importante visitar y entablar un diálogo con el personal del jardín. Se deben apreciar cualidades como la calidez humana, sociabilidad, tolerancia, estabilidad y respeto por los derechos de los niños y del profesorado.
  • Los niños deben sentir familiaridad y seguridad en este lugar, el cual debe tener un programa ameno, creativo y divertido.
  • Los padres pueden participar en el proyecto educativo. Debe haber juego exploratorio para que los niños desarrollen habilidades afectivas, sociales y cognitivas.
  • Los grupos deben ser pequeños, en el caso de los bebés, máximo tres niños por educadora.
  • Los padres deben poder visitar el jardín. Es mejor elegir un lugar de puertas abiertas, al que puedan entrar sin restricciones y compartir con la educadora. No es mala idea que un día la mamá vaya a darle al niño una compota o las onces. Este modelo es común en países como Alemania y Estados Unidos.

Dar el paso

  • Durante los primeros días, los padres deben quedarse con el niño por cortos períodos hasta completar el horario elegido.
  • No importa la edad que tenga, al niño hay que hablarle sobre el jardín como si fuera un adulto. Y al despedirse, conviene decirle la verdad y no desaparecerse. Se pueden usar frases tales como: “Tengo que ir al trabajo y tú debes ir a estudiar”, “te voy a dejar en este lugar y te va a cuidar X persona; vas a aprender y a jugar mucho”.
  • En principio, el niño podría ir durante la mitad del horario, así no experimentará temor al abandono. Pero no deje pasar mucho tiempo; el niño debe aprender a ajustarse a su rutina escolar completa.
  • Si los padres ven que el niño llora, deben averiguar qué pasó en el día para identificar el problema. Hay que leer las señales, por ejemplo, ante la presencia de otras personas.
  • Los padres pueden hacer sen- tir más seguro a su hijo si el primer día van en su carro al lado de la ruta, para que no se sienta desamparado.
  • Finalmente, tenga en cuenta que son los niños quienes dan la pauta sobre si el jardín es el adecuado para ellos.