Hermanos: una historia en común

Por: Marisol Sánchez Mojica 

Estudiante XII semestre de Medicina (Universidad Nacional de Colombia)
Por: María Luz Sáenz Lozada
Pediatra, terapeuta de familia y profesora asociada (Facultad de Medicina Universidad Nacional de Colombia)

Son los primeros compañeros de juego y confidentes. Entre hermanos se aprende a socializar y a estrechar vínculos afectivos. Los padres deben tratarlos como seres individuales y evitar los favoritismos.

“Los dos hermanitos, a quienes el hambre mantenía siempre desvelados, oyeron lo que la madrastra dijo a su padre. Gretel, entre amargas lágrimas, dijo a Hansel: ‘¡Ahora sí que estamos perdidos!’. No llores, Gretel ―la consoló el niño―, y no te aflijas, que yo me las arreglaré para salir del paso… De vuelta a su cuarto, dijo a Gretel: ‘Nada temas, hermanita, y duerme tranquila’”. Fragmento del cuento Hansel y Gretel, de los Hermanos Grimm.

En muchas ocasiones hemos oído decir a nuestros hijos que: “Los hermanos no sirven para nada”, que lo único que hacen es disminuir la probabilidad de tener a papá o a mamá ‘solo para mí’, e incluso en algunas oportunidades nos han manifestado que envidian a los ‘hijos únicos’; sin embargo, muchas veces también hemos escuchado que ellos siempre han deseado tener un hermanito con quien compartir… En fin, en las siguientes líneas vamos a aclarar por qué son tan importantes los hermanos, el gran significado de ellos en la vida de cada persona y algunos consejos para hacer que las relaciones entre ellos sean las mejores.

La familia es el sistema social donde el niño crece, se desarrolla y se adapta, evoluciona a lo largo del tiempo con fases de cambio y de transición, en las cuales las comunicaciones e interacciones varían de acuerdo con el ciclo vital y en donde cualquier cambio en un miembro es un desafío para todo el sistema. Dentro de la familia existen subsistemas formados según la jerarquía, la edad, el sexo o la función, que poseen límites y funciones específicas; uno de estos subsistemas es el fraternal, conformado por los hermanos.

El curso de la vida de la familia está marcado por períodos alternados de estabilidad y cambio, porque hay que integrar las nuevas necesidades y demandas al estilo de vida acostumbrado y a las normas de la familia. Las familias establecen modelos repetidos y predecibles para relacionarse y enfrentar situaciones, lo que les permite mantener vivas las relaciones, regular y perpetuar muchos aspectos de la vida familiar y compartir un mismo universo de experiencia. Cada persona percibe la estructura de su ambiente del modo en que su familia lo hace, pues ella es una fuente de seguridad para todos. Para los hermanos esta sensación es muy parecida, pues el origen de esos sentimientos viene del mismo sitio. Sin embargo, es también cierto que cada hermano crece en una familia diferente, pues siempre van a presentarse cambios dentro de ella, dados por variaciones en la pareja, cambios en los vínculos y la influencia de los factores sociales, económicos y ambientales en el tiempo; cada uno de los padres y cada hermano establecen relaciones diferentes según las expectativas, semejanzas, diferencias y la posibilidad de desarrollo personal para cada hermano en relación con los otros. Cada uno de ellos comparte la historia familiar (mitología, hechos, emociones, sentimientos) a través de una lectura y una reconstrucción individual que a veces es diferente a la de los otros miembros, que los lleva a tener conclusiones totalmente diferentes sobre lo que sucede en casa.

Un vínculo que no se rompe

Casi todos hemos crecido con un hermano o una hermana, de tal manera que las relaciones entre hermanos son el vínculo familiar de mayor duración, se inician con el nacimiento del hermano menor y finalizan con la muerte de uno de ellos. A medida que crecen y maduran, la rivalidad de la infancia se va superando dando paso a una relación de unión y amistad duraderas, que se hace más fuerte en los momentos de necesidad; van a conformar un vínculo de apego muy intenso que influye en la identidad de manera estable. Esta relación marca toda la vida, ya que se comparte más tiempo con los hermanos que con los padres.

El vínculo entre los hermanos se desarrolla por el hecho de compartir gran parte de las competencias sociales y las experiencias relacionales y afectivas necesarias para el desarrollo, diferente al vínculo con los padres que están con nosotros desde el nacimiento, pero la naturaleza exige que nos abandonen llegado un cierto punto de sus vidas. La pareja llega más tarde, habitualmente cuando ya estamos en la edad adulta y no ha compartido directamente nuestra infancia y adolescencia.

Los hermanos son los primeros compañeros de juego y los primeros confidentes; es con ellos con quien se aprende a socializar, buscar y hallar nuevas amistades y vínculos afectivos; a llevarse bien con los demás para conseguir amigos y aliados, a relacionarse con el mundo exterior, a cuidarse mutuamente, a conocer y aplicar el significado de la palabra ‘solidaridad’, a negociar y competir, a disentir y argumentar, a pelear y reconciliarse, a criticar y ser criticados, a salirse de sí mismo para conocer nuevos espacios, a salvar la apariencia cuando ceden y a lograr reconocimiento por sus habilidades. Así, cuando los niños se ponen en contacto con el mundo de sus iguales extrafamiliares, actúan de acuerdo con las pautas adquiridas en el subsistema fraternal, pues lo que aprenden en este nuevo mundo, deja una marca indeleble.

Si la familia es cohesiva y flexible, es más probable que se presenten pocos conflictos familiares y tenga mejor capacidad de resolverlos; se puede predecir que los hermanos de esa familia se encontrarán más unidos, mantendrán buenas relaciones, tendrán un buen autoconcepto y podrán admirar más fácilmente a los otros; además, tendrán menos dificultades para incorporarse a otros subsistemas sociales como los vecinos y los compañeros escolares.

Sin embargo, a pesar de tener una familia unida y con límites flexibles, las relaciones entre hermanos pueden verse afectadas por múltiples factores, por ejemplo: el orden de nacimiento, que imprime en cada hermano una visión diferente de la familia; el género, ya que si son del mismo, habrá mayor competencia y rivalidad; la diferencia de edades, si esta es menor de tres años, pueden presentarse más conflictos dada la competencia por el mismo territorio y la dependencia hacia los padres, aunque si esta es mayor de ocho años pertenecen a generaciones diferentes, carecen de una historia compartida y no sienten necesidad del otro; no obstante, después se verá favorecida una relación de protección y cuidado del hermano mayor hacia el menor; y la personalidad, que en ocasiones puede llevar hacia el favoritismo de uno o los dos padres o la dominancia de uno de los hermanos sobre los otros, creando una pequeña jerarquía. La proximidad de edad y sexo promueve la accesibilidad a eventos de la vida común, mientras que las diferencias en la edad y en el sexo la disminuyen.

No obstante, entre los hermanos también pueden existir sentimientos negativos como celos, hostilidad o agresividad que pueden debilitar los vínculos y afectos. La rivalidad entre hermanos es algo natural e inevitable; se define como los sentimientos y acciones competitivas que ocurren frecuentemente entre cada uno de los niños de una familia y que se manifiesta con acciones de rechazo hacia el hermano: le dañan o alteran sus juguetes, lo ridiculizan, amenazan o golpean y preguntan constantemente ¿me quieren más que a …? Entre las causas de celos o rivalidades entre hermanos, se encuentran: privilegios otorgados a los hijos según el lugar que ocupa en la familia, etapa del ciclo vital que se esté viviendo, preferencia de los padres hacia un nuevo hijo de sexo diferente, características distintivas de los hijos (discapacidad o enfermedad) y el nivel de sensibilidad individual.

Los niños menores de seis años se caracterizan por su egocentrismo: “Esto es mío”; sin embargo, se les debe enseñar a respetar las pertenencias de sus hermanos, a ser generosos y despertar la capacidad de admirar a los demás. El hermano mayor regularmente puede sentir más rivalidad que los más jóvenes, ya que siente que los menores invaden su privacidad y son una amenaza constante de su posición en la familia. Así mismo, los niños escolares y púberes sienten celos de las libertades de las que gozan los adolescentes, por eso hay que tener en cuenta que a los hermanos mayores no siempre les agrada que se les pida su colaboración cuidando a los menores.

Para cada hijo se tejen y tienen expectativas y sentimientos distintos, esto unido a los sucesos que transcurren a lo largo de la infancia y a las semejanzas o diferencias entre los padres e hijos que contribuyen a ser lo que cada uno es. Por otro lado, se pueden adjudicar ciertos roles, por ejemplo: ‘el juicioso’, ‘el inteligente’, ‘el tímido’, ‘el torpe’, etc., que pueden marcar la identidad positiva o negativamente. En las familias sanas estos papeles son asignados y modificados de manera flexible, lo que garantiza la posibilidad de desarrollo de todos; por el contrario cuando una posición funcional se convierte en estable, generalmente de forma implícita, se está preparando un espacio para el síntoma.

Respecto al orden de nacimiento de los hijos las expectativas para cada uno son diferentes: del primogénito se espera que sea el responsable, el obediente y sobre quien primero recae el legado familiar; tiene una prelación sobre una determinada posición funcional que no puede ser ocupada por los otros hermanos, hasta que él no la deje libre. Para el segundo se crean otros espacios con los padres, más relajados y lúdicos. El tercero debe inventarse un espacio que todavía no haya sido ocupado por los otros dos hijos, pero, en general, se es más libre en su elección.

Los tuyos, los míos y los nuestros

Dada la alta tasa actual de familias reconstituidas, en las cuales uno o los dos cónyuges llevan consigo a los hijos de sus relaciones previas, hay que considerar la relación que se establece entre estos nuevos hermanos, ya que las expectativas son muy altas, manifestadas en el deseo de que todo funcione inmediatamente y bien. Al inicio de la conformación de esta nueva familia, se presentará mayor cantidad de peleas por los juguetes, el computador, los programas de televisión o el espacio; pero quizás más importante por el rol a desempeñar, pues es frecuente que sean desplazados del que traían y que les toque asumir uno nuevo, sin posibilidad de discutir. Deben aprender a ser hermanos entre ellos y con los recién llegados. Es frecuente que se formen alianzas y también que aparezcan rivalidades, además de que deben adaptarse al nuevo padrastro o madrastra. No se debe esperar que los hermanastros compartan o estén juntos todo el tiempo y que se consideren iguales, ya que entre ellos habrá una fuerte competencia sobre los roles a desempeñar.

Recuerde que cada niño tiene derecho a pasar tiempo con su papá o su mamá y a estar solo si lo desea, que no está prohibido compartir y recordar historias de la familia anterior, que tienen derecho a pasar tiempo con su padre o su madre y con los familiares que no viven con él. No olvide repetir muchas veces a sus hijos que ellos no fueron la causa de la separación y definir con claridad cuáles son los espacios y los límites de cada familia.

Y, para finalizar, otra tendencia actual es la de tener un único hijo, lo que ocasiona la desaparición del subsistema fraternal, no se cuenta con ese primer laboratorio de socialización entre iguales, y a largo plazo, contribuirá a la desaparición de la figura del tío, que muchas veces es un gran apoyo en la familia extensa.

Consejos para favorecer una buena relación entre hermanos

  • Establezca reglas claras: qué está permitido y qué no, según edad y grado de madurez.
  • Enseñe a pedir perdón, dar las gracias y decir ‘por favor’.
  • Trate a cada hijo como una persona individual, con privilegios y responsabilidades diferentes, evitando los favoritismos.
  • Evite entrometerse en los conflictos de los niños. Felicite o premie a los hermanos cuando se lleven bien durante un período de tiempo o sean capaces de resolver sus propios conflictos. Si no lo hace, retire privilegios o aplique el ‘tiempo-afuera’.
  • Respete el espacio, juguetes y tiempo de cada hijo, pero no olvide promover juegos en familia.
  • Evite calificar (o descalificar) y comparar a los hijos entre sí, haga que cada hijo se sienta igual de importante.
  • Fomente la cooperación en la realización de las tareas de la casa.
  • Respete la privacidad de su hijo. Cuando tenga que regañarlo o castigarlo, hágalo en un lugar apartado, no delante de los hermanos.
  • Si va a tener un nuevo hijo, prepare al primero para la llegada de su hermano, explíquele el nuevo rol que va a desempeñar ahora en la familia y refuerce con frases positivas, así: “Te vas a divertir mucho; cuando él/ella crezca, podrán jugar juntos”; y cuando nazca, evite recriminar acciones: “Así lo lastimas”, “aléjate de él/ella”; y, por último, refuerce comportamientos positivos: “Eres muy responsable”, “estás cuidando bien a tu hermanito”.
  • Siempre tenga en cuenta que el hermano es el pariente más cercano y el que dura más tiempo, siempre está ahí y continuará existiendo la mayor parte de nuestras vidas.