Hacia la recuperación de la autoridad paterna. Padres “amigos”: ¿acierto o error?

Padre e hijo

La democracia se ha incrustado en la familia y hemos pasado de una relación piramidal a una horizontal. Hoy día, se cree que somos iguales, la disciplina laxa predomina y los roles de padres e hijos son menos rígidos. ¿Qué tan acertados son estos modelos de vida? Expertos hablan sobre el tema.

Vivimos la época de las familias “amigables”. Padres e hijos son menos autoritarios y se recurre a la democracia cuando de tomar decisiones se trata. Los adultos, intentando dar lo mejor de sí, o en algunos casos desconociendo lo que conlleva su rol como cabezas de hogar, quieren abolir la autoridad o modificarla, por lo que de inmediato salta a la vista la duda: ¿Es este el camino correcto que debemos seguir para educar a los líderes y responsables del futuro?

Con el transcurrir de la historia, la relación padres-hijos ha venido dando vuelcos considerables en términos de jerarquías e imposición de la autoridad, principalmente en los siglos XX y XXI. Al respecto, el doctor Francisco Leal Quevedo, pediatra y filósofo, miembro de la Sociedad Colombiana de Pediatría, explica cómo y por qué, luego de los años 50, la relación padre-madre-hijo dio un giro trascendental, tanto que hombres y mujeres empezaron a asumir otros roles que hasta entonces eran vetados para ellos.

Antes de esta época existía la familia “piramidal”, con una relación “vertical”, en cuya cúspide estaba el padre que daba órdenes. Luego, más abajo, aparecía la madre amorosa y sumisa, mientras que en la base se hallaban los hijos, que obedecían, respetaban y “se sometían”. Hoy día, existe una familia más horizontal. Esto quiere decir que x anteriormente, la familia contaba con un jefe o cabeza visible (padre) quien emitía las órdenes y todos obedecían. Pero, hoy en día en muchas familias, todos ocupan el mismo puesto jerárquico y se hablan de igual a igual.

Esto, en palabras del psicoanalista estadounidense B. Bettelheim, quiere decir que “la familia tiende a ser “democrática”, es decir, una sociedad donde no hay roles rígidos, en la que cada uno de los miembros tiene derechos y deberes y donde todos aprendemos de los demás y somos solidarios. No obstante, esta democracia es especial, porque, aunque todos somos importantes, no somos iguales y no podemos serlo.”

¿Qué significa ser amigo de los hijos?

Atendiendo a las palabras de B. Bettelheim, es evidente que hijos y padres no pueden y deben ocupar el mismo nivel jerárquico; entonces, ¿qué pasa con la consabida amistad entre ellos? Según el doctor Francisco Leal, el punto neurálgico del fenómeno social es la manera en que se entiende el concepto de amistad.

“Muchos padres entienden la amistad como una mayor capacidad de diálogo entre los miembros de la familia, como el aumento de las expresiones de afecto, la mayor tolerancia ante las diferencias y la ausencia de castigo físico. No obstante, otro grupo cree que hay menos límites y, por lo tanto, la disciplina es laxa. Mientras, hay quienes caen en extremos mayores y ven a sus hijos como pares e iguales”.

En términos generales, las relaciones familiares se han tornado “amigables”, cordiales y llenas de afecto; pero con el agravante de que muchos entienden esa amistad en el sentido estricto, es decir, como si padres e hijos vivieran los mismos momentos existenciales, olvidando la brecha generacional existente e ignorando la diferencias de roles.

Este cambio en la estructura familiar tiene varias razones de ser. Por una parte, están los antecedentes familiares o la forma en que los nuevos padres fueron criados y, por otro lado, está el ritmo de vida frenético al que estamos sometidos en la actualidad.

“Es común escuchar a los adultos decir que les faltaron muchas cosas en su niñez o que tuvieron padres muy distantes o difíciles; por eso no quieren repetir la historia con sus hijos. Asimismo, la escasez de tiempo hace que la crianza de los hijos sea compartida con terceros o cuidadores, por lo que los padres quieren reemplazar este tiempo perdido a través de un modelo de compensación que en definitiva solo produce efectos no deseados”, explica Aura Denise Lozano Martínez, psicóloga, especialista en evaluación y desarrollo infantil y adolescente.

Todo esto traduce, primero, que los adultos de hoy quieren ser menos estrictos, más laxos y acortar la distancia con sus hijos para no ser como fueron sus respectivos padres; y, segundo, sienten que la forma de reemplazar el tiempo que no pasan con sus hijos es divirtiéndose, evitando las normas, el castigo o a través de la compensación material.

Según esto, cabe recordar que por más cercanos que quieran ser padres e hijos, siempre habrá diferencias entre ellos: unos son padres y otros son hijos. Los primeros son guías tutelares de crianza y los segundos son tutelados. En ese sentido, los derechos de cada uno terminan donde empiezan los derechos del otro.

El verdadero rol

Como la realidad lo muestra, el concepto de amistad entre padres e hijos suele ser malinterpretado; por eso, es importante que los adultos entiendan cuál es su verdadero papel y cuáles son las funciones que deben cumplir, garantizando la mejor educación para los niños y jóvenes.

En primera instancia, los progenitores deben servir de ejemplo y ofrecer modelos de vida. “Los hijos necesitan un modelo de identificación y los padres debemos ofrecérselos. Ese modelo de vida que se les brinda no debe ser obligatorio ni avasallante, sino una opción, una alternativa que ellos pueden considerar.

Este modelo que les damos, les servirá de sugerencia y de allí podrán tomar muchos elementos, discutirán otros y rechazarán unos cuantos”, asegura el pediatra Francisco Leal. Por otra parte, debe descartarse una relación totalmente “horizontal”, en la que los hijos se conviertan en pares o iguales de sus padres, porque esto les genera inseguridad y ansiedad. Es conveniente que los menores vean a sus progenitores como personas superiores a ellos, que son capaces de cuidarlos y protegerlos hasta que sean adultos.

El apoyo es otra de las tareas que los padres deben cumplir.

Un hijo necesita acompañamiento en sus búsquedas y para ello hay que estar cerca, ejerciendo una cierta labor de tutela. Como lo explica el doctor Leal, “esa relación de discreta tutela o “acompañamiento” es muy necesaria porque los seres humanos tardamos muchos años (15 o más) en desarrollar las capacidades que nos permiten sobrevivir por nuestros propios medios”.

Las claves del éxito

Si bien no existen padres perfectos sino seres humanos que ponen todo su esfuerzo en hacer las cosas bien, sí hay ciertas reglas de vida, según los expertos psicólogos, que ayudan a los padres a ser más acertados:

  • Los padres deben tener prestigio ante los hijos y ser una figura digna de admiración. Por eso, hay que ofrecerles coherencia en el comportamiento.
  • Los adultos deben sentir lo que dicen, decir lo que piensan y obrar en concordancia.
  • La relación debe basarse en la confianza. “Mi hijo confía en mí, yo confío en él”. Cuando esa confianza no se traiciona, se crea un vínculo firme. Sin confianza no hay amistad.
  • La confianza se basa en el respeto, no sólo del hijo hacia el padre sino del padre hacia el hijo.
  • Más que vínculos de sangre, las relaciones de familia se basan en lazos de afecto. El cariño se construye a través del tiempo y de las vivencias compartidas.
  • Cuando el vínculo padres-hijos es firme y de doble vía, surge una comunicación fluida y auténtica.
  • Una relación afectuosa y amigable implica que los padres tengan un espíritu abierto: el mundo actual es distinto al de nuestra infancia y juventud.
  • Está lleno de nuevos valores, deseos y peligros. Hay que enfrentarnos a los nuevos tiempos sin juzgar de antemano.
  • No es suficiente darles cosas, es necesario ofrecerles algo de nosotros mismos: transmitir experiencias, hacerles confidencias, contarles la historia de nuestra familia para que sepan de dónde venimos, pedir su opinión y ayuda; reconocer ante ellos nuestros errores y corregir sus faltas de manera constructiva.
  • Siempre debemos estar dispuestos a respetar su intimidad y sus silencios, sin pretender forzar la comunicación.
  • Algo fundamental: la crianza requiere ser personalizada. Es necesario respetar las individualidades de cada uno de los hijos.

Volviendo a ser autoridad Aunque las relaciones horizontales, en las que se permite el diálogo abierto y hay menos distancia entre padres e hijos, son, sin duda, más fructíferas que las piramidales (una figura totalitaria y autoritaria), sobrepasar los límites da cabida al error.

Por lo tanto, es necesario no abandonar la autoridad. Como lo dice la psicóloga Lozano “a los padres se nos olvidó ser autoridad y, por eso, los niños no tienen un referente para educarse. Así, desarrollan una pésima tolerancia a la frustración porque los padres no saben decirles que no. Al final, solo quedan hijos solitarios y poco seguros”.

La disciplina y la autoridad no se pueden abolir. Aunque los miembros de la familia pueden divertirse juntos y compartir solidariamente las dificultades, siempre habrá un lugar para ser padres.

Para lograr el orden, se requiere disciplina, lo cual no significa una lista interminable de reglas y limitaciones sino que serán suficientes unas pocas normas, útiles, prácticas, llenas de sentido; pero obligatorias.

En definitiva, los hijos necesitan límites, padres que les sepan decir que no, que los corrijan con sabiduría y afecto.

Los padres, como dicen los expertos, no son los compañeros de sus hijos, no son sus iguales; ellos tienen obligaciones educativas que les exigen imponer su autoridad.

Paola Andrea Martínez 
Periodista 
Con la asesoría de Francisco Leal Quevedo, MD 
Pediatra y filósofo Miembro de la Sociedad Colombiana de Pediatría

Aura Denise Lozano Martínez 
Psicóloga, 
especialista en evaluación y desarrollo infantil y adolescente

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