Génesis de la autoestima

Nadie llega al mundo con un sentido del valor propio. El recién nacido no es un producto acabado, depende de los demás para sobrevivir, necesita alimento, protección, amor y reconocimiento que se expresa normalmente mediante el contacto físico y las expresiones verbales.

El niño nace sin sentido del yo, aquel núcleo limitado, coherente y lúcido de la personalidad, que sirve de barrera entre el ello (fuente de las pulsiones) y el mundo exterior. El desarrollo del amor propio se produce por la interacción dinámica entre el temperamento innato del niño y las fuerzas ambientales que reaccionan a este.  La autovaloración se aprende en la familia; posteriormente intervienen otras influencias, pero estas tienden a reforzar los sentimientos de valor o falta del mimso que se hayan adquirido en el hogar.

De acuerdo con lo propuesto por el psicólogo estadounidense Stanley Coopersmith, un reconocido experto en la materia, la génesis de la autoestima tiene la siguiente secuencia:

  • Autorreconocimiento: surge hacia los dieciocho meses de edad, cuando el niño es capaz de reconocer su propia imagen en el espejo
  • Autodefinición: aparece a los tres años de edad, cuando el niño es capaz de identificar las características que lo describen, inicialmente en términos externos y, hacia los seis o siete años, en términos psicológicos, introyectando ya el concepto del yo verdadero (quién es) y el yo ideal (quién le gustaría ser). Cuanto mayor sea la diferencia entre el yo verdadero y el yo ideal, más baja será la autoestima.
  • Autoconcepto: se desarrolla en la edad escolar (entre los seis y los doce años). Es el sentido de sí mismo que recoge las ideas referentes al valor personal.  En este contexto, la autoestima es el sentimiento positivo o negativo, que acompaña el autoconcepto.

Juan Fernando Gómez Ramírez
Pediatra puericultor