Formación en valores desde la niñez

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El comportamiento humano está regido por unos principios que se denominan valores. Estos son un producto de la cultura y de la sociedad. Su transmisión se inicia en el hogar, promovida por el ser y el hacer de los padres y los adultos significativos para el niño o niña; más tarde, la institución educativa amplía y fortalece dichos valores para incorporarlos tanto al funcionamiento individual como al social.

Dentro del proceso de desarrollo infantil, es fundamental para el niño y la niña encontrar un referente normativo que les permita, mediante un adecuado proceso de autocrítica, adquirir una capacidad de razonamiento sobre sus propias acciones y la formación de un juicio de valor sobre las mismas, para poder evaluar si sus comportamientos se ajustan o no a los lineamientos morales y éticos que la cultura y la sociedad han definido como deseables.

La familia como elemento socializador primario es la primera institución encargada de este proceso de introyectar valores. Los adultos significativos que están en contacto con el niño, juegan también un papel primordial donde el ejemplo sigue siendo un baluarte fundamental. Tengamos muy en cuenta que en el proceso de inculcar valores, el ejemplo arrastra y, como bien lo anotó el pensador norteamericano R.W. Emerson, “lo que eres habla tan duro, que no se te escucha lo que dices”.

La institución educativa como entidad socializadora secundaria, debe reforzar todos aquellos elementos que se han trabajado previamente en el hogar y cuyas ejecutorias deben ser favorecidas en las relaciones entre los escolares y sus maestros.

Una clasificación de los valores, propuesta por el filósofo alemán Max Scheler, incluye los sociales, económicos, éticos, religiosos, vitales y estéticos, entre otros. En nuestro concepto, existen algunos que se consideran absolutamente necesarios para un adecuado funcionamiento social. Entre ellos están: la amistad, la justicia, la lealtad, la honestidad, la tolerancia, la disciplina, la ternura, el respeto, la solidaridad y la paz.

Un valor primordial que queremos resaltar, es el de la gratuidad, definida como la acción de dar sin esperar nada a cambio, hecho que es de común ocurrencia en las relaciones padres-hijos pero que se necesita que impregne masivamente las demás relaciones interhumanas en el contexto necesario y posible de una vida en armonía.

En las condiciones actuales de la vida institucional en nuestro país, adquiere la mayor importancia el protagonismo y la trascendencia que debe tener el ejercicio pleno de los valores.

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