Firmeza y afecto en la crianza de los hijos

Firmeza y afecto

Por: Luis Carlos Ochoa Vásquez
Pediatra y puericultor
Profesor Universidad -Pontificia Bolivariana 

Con el ánimo de comprender mejor esta necesaria relación entre afecto y firmeza en la crianza de los hijos, es preciso tener en cuenta los siguientes puntos comunes:

  • No existen padres perfectos, solamente padres que en todo momento quieren hacer lo mejor por sus hijos.
  • Criar al hijo del vecino es muy fácil, lo difícil es criar al hijo propio.
  • Cuando nace un hijo, él no es el único recién nacido… ¡Los progenitores son también padres recién nacidos!
  • Cada niño o niña es un ser único e irrepetible, por lo tanto, las pautas de crianza no pueden ser iguales para todos.
  • El niño es, ante todo, un sujeto de derechos y no simplemente un objeto de cuidados.
  • En muchos hogares se ha perdido o desdibujado la figura paterna.
  • La educación no es solo la adquisición de conocimientos académicos; es ayudar a construir seres autónomos física, moral, intelectual y emocionalmente.
  • Muchos adultos anhelan niños, niñas y adolescentes sumisos y no tienen en cuenta que la desobediencia, la rebeldía y el enojo hacen parte de la personalidad en formación.

La autoridad

Tradicionalmente se asume la autoridad como algo que se tiene por el solo hecho de ser superior, jefe, maestro o padre de familia, con la suposición de que viene con la función, se impone, mas no se cuestiona. La realidad es que el verdadero concepto de autoridad es aquel sustentado por la capacidad que demuestra una persona de aplicarla, por los méritos que la acreditan, de tal manera que es el sano ejercicio de esa autoridad lo que legitima en última instancia a una persona para ejercerla. En otras palabras, el ejercicio de la autoridad se gana, no se obtiene solamente por el hecho de ser padres de familia.

Cuando es asertiva

La autoridad asertiva es aquella que se aplica positivamente, orientada hacia el desarrollo de una personalidad sana por parte de niños, niñas y adolescentes, comprendiéndolos como sujetos de derechos, pero también de obligaciones, partiendo del respeto y con el gran amor que se les tiene. Precisamente ese debe ser el motor que obligue a padres y maestros a no claudicar en la aplicación de una disciplina que busque que vayan construyendo la autonomía que les permita tomar decisiones por sí mismos y afrontar sus consecuencias.

Es asertiva si niños, niñas y adolescentes se sienten apoyados por sus padres y maestros, quienes antes de amenazarlos o castigarlos les demuestran su afecto, su interés por su progreso.

Aunque los pequeños protesten y se quejen, es una necesidad saber que siempre hay alguien que dirige, que manda y que esa persona los quiere y confía en ellos. Pero, además del afecto y la constancia se requiere de firmeza para aplicar normas justas y hacer cumplir las consecuencias, aunque esto les produzca sufrimiento a padres e hijos. “Ese muchacho se me salió de las manos”, es una de las frases más dolorosas que se escuchan de algunos padres, pues refleja la consecuencia de no aplicar adecuada y oportunamente una sana disciplina, fundamento de una crianza humanizada y humanizante.

El desgaste de la autoridad

Cuando no se hace un buen ejercicio de la autoridad, esta acaba por des- gastarse al punto de que niños, niñas y adolescentes no acatan ninguna norma. Es cuando se termina repitiendo mil veces la misma orden, cuando se anuncian sanciones que casi nunca se cumplen, se actúa por impulsos y rabietas de momento y se acaba por hacerles todo en medio de protestas, desengaños y frustraciones.

Pero los efectos de este desgaste (falta de una autoridad asertiva) no solo se manifiestan en el hogar, sino también en el jardín, el colegio, la universidad y, en general, en la vida adulta. Es claro que cuando la familia no logra imponer límites es muy difícil que la sociedad pueda hacerlo más tarde.

Este desgaste se evita hablando en serio desde el principio y en todo momento. Es como decir: “Te quiero demasiado como para dejar que te portes así. Tu problema de comportamiento debe terminar y estoy dispuesto a hacer lo necesario para que te des cuenta de que hablo en serio”.

Firmeza y afecto en la crianza de los hijos

Firmeza quiere decir ejercer la autoridad paterna en todo momento, sin vacilaciones, pero siempre sustentada en la razón, en la capacidad de comprensión de los niños, niñas y adolescentes, según su nivel de desarrollo, teniendo en cuenta que son sujetos de derechos, pero también de obligaciones, y que la autoridad se ejerce precisamente porque se les quiere.

No es firmeza imponer la autoridad “porque sí”, “porque yo dije y punto”, “porque soy su mamá”. Tampoco lo es el autoritarismo, castigar o imponer sanciones de manera impulsiva, en momentos de enojo o de ira. Cuando uno de los padres cede ante su hijo por lástima, por súplicas o pedidos reiterativos de perdón, está fracasando en su función de primer educador en la niñez y la adolescencia.

La falta de firmeza se puede expresar como permisividad (afecto sin autoridad), manera de relación en la que los cuidadores son excesivamente consentidores, les aceptan sus excusas, perdonan por lástima o desisten de la aplicación de normas. En este caso, ocurren serias alteraciones en la crianza y en el desempeño social presente y futuro. Por otro lado, el exceso de firmeza puede desembocar en el autoritarismo (autoridad sin afecto), lo que desdibuja completamente la noción correcta de autoridad.

Se extrae entonces una conclusión: equilibrar el grado justo de estos elementos esenciales en la crianza (firmeza y afecto), en la medida justa, sin sobrepasarse en la firmeza ni ahogarla en el cariño, es la tarea más difícil que afrontan los padres. De la combinación racional y permanente de una comprensión afectuosa y de una firmeza correctiva dependerá el que se logre criar hijos íntegros, con una personalidad fortalecida.

¿Y del castigo qué?

Tradicionalmente se ha asociado el término disciplina con el castigo físico. Al repetir de generación en generación patrones de crianza, muchos adultos persisten en el castigo físico
(la palmada, la pela, el correazo) como medida válida para corregir a los hijos: “Yo soy un hombre de bien gracias a los castigos que me dieron mis padres. Una palmadita de vez en cuando les hace falta”, son expresiones comunes de los cuidadores de niños.

El castigo físico solo funciona de manera temporal y es completamente opuesto al objetivo de brindar una crianza en libertad, aquella que permita a los niños convertirse en seres autónomos, que lleguen a actuar correctamente, independientemente del premio o del castigo.

El recurso del castigo físico y del emocional (solo produce reacciones negativas como el resentimiento, la revancha, la rebeldía, el retraimiento o la sumisión como única salida para ser aceptado. No podemos seguir fomentando la absurda idea de que para que los niños, niñas y adolescentes mejoren, primero hay que hacerlos sentir mal.

Lo que no debe hacerse

Cuando se trata de asignar funciones o de hablar con los hijos sobre tareas y obligaciones, hay frases y respuestas que no deben usarse.

Estas se agrupan en varias clases:

  • Afirmaciones inefectivas. Cuando una madre le dice a su hija: “Te pedí que arreglaras tu cuarto y no lo has hecho”, le está dando un mensaje incompleto, ya que no transmite en forma clara qué es lo que realmente quiere que haga.
  • Ruegos. Ya se indicó que la autoridad se ejerce con cariño, pero con firmeza, y que esta no es gritar ni insultar. Cuando se da una orden razonable, y se hace de manera cortés, no es un favor que implica súplicas, ruegos ni premios.
  • Ignorar la desobediencia. Es una pésima conducta dar una orden concreta y después hacerse el desentendido si esta no se cumple o repetirla tantas veces que al final usted se cansa y termina haciendo lo que pidió.
  • Frases agresivas. Con estas se lesionan seriamente las relaciones familiares, y se lastima al niño, niña o adolescente en su autoestima y su autonomía, sembrando las bases para futuros comportamientos de inferioridad y minusvalía.
  • Amenazas. “Un día de estos no respondo, me las vas a pagar todas juntas”. Incluye amenazas que nunca se van a cumplir y que el niño aprende a manejar como puro ruido y, por lo tanto, acaba por ignorarlas por completo.
  • Castigos físicos. Para establecer una buena relación de crianza es absolutamente necesario que los castigos físicos desaparezcan como práctica cotidiana.