Ética con y por los adolescentes

Ética con y por los adolescentes

 

Por: Francisco Javier Leal Quevedo

Pediatra puericultor y filósofo

 

Todos los padres quieren que sus hijos sean hombres de bien, lo que con seguridad les llevará felicidad a sus vidas y les permitirá convivir con los demás en armonía. La pregunta es: ¿Qué se debe hacer para lograrlo?

Con razón se dice que una de las labores fundamentales de los padres es acompañar a los hijos para que lleguen a tener un concepto claro de qué está bien y qué está mal y estimularlos a ajustar sus actos según a esos valores.

El conocimiento de las normas de conducta y el intento de obrar en consecuencia es lo que se llama ética. Los asuntos de la ética convienen a todos, pues enseñan a hacer de la vida una buena vida.

Pero, ¿cuándo, dónde y cómo se aprende qué está bien y qué no lo está? Con seguridad en la niñez y adolescencia, y principalmente en el seno de la familia, por lo que se dice que los valores esenciales, como la diferencia entre obrar bien o mal, se aprenden en casa, desde la cuna.

En especial es útil ver y sentir la forma como los padres y otros seres significativos viven su vida y hacen de su existencia una buena vida. A los hijos los influyen los actos, palabras y gestos de los padres, mucho más que lo que se hable al respecto de ello: es posible que un simple fruncir de cejas de la madre sea más efectivo para indicar que algo es incorrecto que cientos de discursos sobre la ética.

La ética

En la niñez generalmente se aceptan las enseñanzas recibidas sin cuestionarlas. Luego, poco a poco se empieza a ser crítico de esas normas. Es en la adolescencia la época en la cual se cuestionan más ampliamente todos los valores para buscar valores propios, autogenerados, que van a acompañar posiblemente el resto de la vida: no se trata de repetir más un código exterior, se trata de hacerlo propio.

El código de conducta parece que ya está prácticamente cerrado cuando se cumplen veinte años; luego la reflexión y las experiencias llevan a estabilizar esas valoraciones, pero para llegar allí es necesario recorrer un camino de aprendizaje y reflexión.

El camino de la formación ética es como una escalera: el primer escalón es aprender qué es correcto y habitualmente se hace por obediencia a la autoridad (padres y otros adultos significativos); uno de los motores principales es la evitación del castigo.

En un segundo escalón se comprende que lo correcto sirve a los intereses propios y permite a los otros conseguir los suyos; de esta manera el ser humano se va adecuando a los sentimientos y expectativas compartidos por el grupo.

Luego se observa que lo correcto es lo que mantiene el orden social mediante la obediencia de la ley y el cumplimiento de los propios deberes, para llegar posteriormente a comprender que la conducta moral se define en términos de derechos y reglas básicas aceptados libremente por los individuos. Después se comprende que lo correcto es lo que está acorde con principios éticos y universales libremente elegidos.

Luego de este proceso, la ética se vuelve un rasgo de la personalidad y se incorpora al sistema de valores de quien la practica, influyendo en todos los aspectos de la vida. Este es el largo camino que lleva a la autonomía, es decir, a pensar y actuar independientemente de los demás. La verdadera autonomía no puede estar separada de la responsabilidad, del respeto y la reciprocidad.

Ser ético no es algo que puede encenderse y apagarse como un interruptor, es un rasgo que hay que ganar para volverlo parte de la vida. Perder la ética es fácil, ganarla es un poco más difícil.

La educación en ética debe llevar a convertir a los seres humanos en seres libres que obran bien. En esta educación se trata de acompañar al hijo a formarse un criterio sobre lo que está bien o mal y luego permitir que tome decisiones con autonomía. Así se crían los hijos para la libertad, para hacer de la suya una buena vida.

Los seres humanos son libres para decidir si las acciones se ajustan a normas éticas. Nadie puede imponerle a otro cuál es el sentido de su vida. Para obrar bien se hace uso de la libertad y de la autonomía. Para alcanzar la autonomía y hacerse adulto, el adolescente tiene que crear su proyecto personal de vida en vez de aceptar simplemente lo que otros desean para él.

La autonomía no se logra en un acto mágico el día que se cumplen 18 años. Desde los 12 años y en forma progresiva el joven debe tener la oportunidad de tomar parte en las decisiones que afectan su vida. La adolescencia es el mejor momento para establecer un código de valores propio, elegido por uno mismo. El poder de decisión por sí mismo, o autonomía, no se aprende a ejercer súbitamente.

Algunos padres son paternalistas y otros son autonomistas. Los paternalistas quieren decidir todo por sus hijos, sobreprotegerlos: no están educando para crear hijos libres y autónomos. Sin embargo, tampoco se puede llegar al otro extremo: no se puede ser autonomista radical, pues el niño y el joven necesitan cierta tutela, cierto acompañamiento responsable que les permita progresivamente formarse un criterio ético y tomar decisiones sobre su propia vida.

¿Y qué contenido han de tener las enseñanzas éticas? Hay muchas formas de ver qué deben enseñar los padres. Sin embargo, hay un núcleo fundamental que es válido para todas las creencias: los seres humanos son personas (libres, autónomas, responsables), los otros son personas (libres, con dignidad, merecen respeto). Las personas son fines en sí mismos, no solo medios, es decir, cada uno tiene un proyecto de vida que debe ser respetado por los demás, procurando, eso sí, no obstaculizar el proyecto de vida de los otros.

Para comprender el mundo del otro, que es una persona, se debe intentar siempre ponerse en su lugar. El hijo lo aprenderá cuando vea que los padres hacen eso con su vida. Las decisiones del hijo adolescente deben ser miradas como provenientes de alguien que tiene derecho a tomar progresivamente en sus manos las riendas de su vida.

Hacia la autonomía

La capacidad para el uso de la libertad se alcanza gradualmente con el esfuerzo personal, el aprendizaje y la experiencia. La libertad es algo que padres y adolescentes tienen que conquistar juntos.

La libertad está orientada por valores. Un valor es algo que se piensa que merece la pena, que es deseable y bueno en la vida. Los valores se establecen a partir del concepto de lo que es un ser humano y se desarrollan en la convivencia con otros seres humanos. El adolescente afronta constantemente la necesidad de tomar decisiones relacionadas con valores. Los valores se ordenan según la importancia que se dé a cada uno de ellos.

El juicio ético y el pensamiento se desarrollan paralelamente. La intención de una acción determina si una conducta es buena o mala. Al adolescente le importan la justicia, la igualdad de derechos, el respeto por la dignidad de los seres humanos, la amistad, la lealtad y, más que nada, la libertad.

Los padres deben tener muy clara la meta final de la educación ética: la autonomía. La meta es llegar a reconocer la unidad con los demás y con la naturaleza y aceptar la responsabilidad de los actos propios para hacer un mundo mejor. Para lograrlo se requiere en los años de formación el cuidado, la compañía, el ejemplo y la guía amorosa de sus padres.

Toda convivencia tiene necesidad de normas mínimas, que generalmente se conocen como código moral, pero se requiere una reflexión personal sobre ellas, para incorporarlas como código ético, o desecharlas.

La ética pretende hacer seres humanos más lúcidos, más ilustrados, más veraces, más honestos. Y pretende ofrecer coherencia a la vida, de tal modo que lo que se piensa esté acorde con lo que se quiere, y que lo que se quiere esté acorde con lo que se hace. Y ayudará a lograr el objetivo de la vida: ser felices, lo cual se obtiene en compañía de los otros.

El punto central de la educación ética de los hijos es: ¿Hasta qué punto el niño y el adolescente pueden ser autónomos? Los niños hasta cerca de los 12 años no tienen aún valores propios completamente estructurados, por lo tanto, no pueden definir por completo su propia autonomía.

Hay tres procesos de aprendizaje distintos, con ritmos, vías y tiempos diferentes: conocimientos, habilidades y actitudes. Se aprenden primero las actitudes, luego las habilidades y más tarde los conocimientos.

Las actitudes primarias se aprenden muy pronto, asombrosamente pronto. Se basan en lo que se siente en la familia: la experiencia temprana, es decir, la que el ser vivo realiza en los primeros meses de su vida, tiene un carácter irreversible y determina de manera decisiva su comportamiento y, ante todo, las pautas de su conducta social.

Los primeros hábitos se adquieren en el proceso de formación del individuo, son los que constituyen el carácter de una persona, sus actitudes ante el mundo y la vida. Luego se siguen formando otras actitudes complementarias. Es un proceso largo que los padres acompañan solo en los primeros tramos.

El aprendizaje ético dará felicidad: una de las características de la naturaleza humana es que el hombre encuentra su felicidad y la realización plena de sus facultades únicamente en relación y solidaridad con sus semejantes.

Recomendaciones

 

  • Sean un modelo válido para que su hijo adolescente aprenda a obrar bien.
  • Reflexionen sobre si se es coherente y si el obrar es consecuente con los valores, con un proyecto de vida claro.
  • Enséñenle a su hijo adolescente a ser libre, autónomo y preocupado por los demás.
  • Estimulen a su hijo adolescente a que forme su criterio, a que decida.
  • Conversen con su hijo adolescente sobre la ética: aprovechen ciertas circunstancias familiares, un hecho de la actualidad, o una película para dialogar en familia acerca de la ética.