Ética con y por los adolescentes

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Todos los padres quieren que sus hijos sean hombres de bien, lo que con seguridad les llevará felicidad a sus vidas y les permitirá convivir con los demás en armonía. La pregunta es: ¿qué se debe hacer para lograrlo?

Con razón se dice que una de las labores fundamentales de los padres es acompañar a los hijos para que lleguen a tener un concepto claro de qué está bien y qué está mal y estimularlos a ajustar sus actos según a esos valores.

El conocimiento de las normas de conducta y el intento de obrar en consecuencia es lo que se llama ética. Los asuntos de la ética convienen a todos, pues enseñan a hacer de la vida una buena vida.

¿Y cuándo, dónde y cómo se aprende qué está bien y qué no lo está? Con seguridad en la niñez y adolescencia y principalmente en el seno de la familia, por lo que se dice que los valores esenciales, como la diferencia entre obrar bien o mal, se aprenden en casa, desde la cuna.

En especial es útil ver y sentir la forma como los padres y otros seres significativos viven su vida y hacen de su existencia una buena vida. A los hijos los influyen los actos, palabras y gestos de los padres, mucho más que lo que se hable al respecto de ello: es posible que un simple fruncir de cejas de la madre sea más efectivo para indicar que algo es incorrecto que cientos de discursos sobre la ética.

En la niñez generalmente se aceptan las enseñanzas recibidas sin cuestionarlas. Luego, poco a poco se empieza a ser crítico de esas normas. Es la adolescencia la época en la cual se cuestionan más ampliamente todos los valores para buscar valores propios, autogenerados, que van a acompañar posiblemente el resto de la vida: no se trata de repetir más un código exterior, se trata de hacerlo propio.

El código de conducta parece que ya está prácticamente cerrado cuando se cumplen veinte años; luego la reflexión y las experiencias llevan a estabilizar esas valoraciones, pero para llegar allí es necesario recorrer un camino de aprendizaje y reflexión.

El camino de la formación ética es como una escalera: el primer escalón es aprender qué es correcto y habitualmente se hace por obediencia a la autoridad (padres y otros adultos significativos); uno de los motores principales es la evitación del castigo.

En un segundo escalón se comprende que lo correcto sirve a los intereses propios y permite a los otros conseguir los suyos; de esta manera el ser humano se va adecuando a los sentimientos y expectativas compartidos por el grupo.

Luego se observa que lo correcto es lo que mantiene el orden social mediante la obediencia de la ley y el cumplimiento de los propios deberes, para llegar luego a comprender que la conducta moral se define en términos de derechos y reglas básicas aceptados libremente por los individuos. Después se comprende que lo correcto es lo que está acorde con principios éticos y universales libremente elegidos.

Francisco Javier Leal Quevedo

Pediatra puericultor

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