Estimulación del desarrollo en la etapa escolar

Por: Liliana Zuliani Arango
Médica – neuropsicóloga Docente Universidad de Antioquia
Yolanda Giraldo Giraldo
Médica y psicóloga
Adriana Uribe
Psicóloga

Juliana tiene siete años. Hace un año está en terapia del lenguaje porque pronuncia mal las palabras. Su madre la lleva a la consulta y le hace terapia en la casa, con pocos progresos. La terapista habló con el padre de Juliana y le dijo que debía ocuparse más de su hija. El papá decidió llevar a la niña a las terapias y hacer los ejercicios con ella en la casa. Un mes después, Juliana había superado casi todas sus dificultades en el lenguaje.

¿Cómo es el niño de seis a nueve años?

El niño escolar tiene un adecuado dominio de su cuerpo y va adquiriendo habilidades para el manejo del equilibrio y del espacio. Su actividad física es casi constante y va disminuyendo para darse por períodos cortos.

A los niños de esta edad les gustan los juegos de acción, se sienten muy hábiles en sus movimientos y pueden exagerar sus capacidades reales, pero son torpes cuando están sentados.

Hacen una pinza perfeccionada con sus manos, lo que les da un mejor manejo de las herramientas y del lápiz. Sus trazos y dibujos son seguros y se van llenando de detalles. Los conceptos de tiempo y espacio van cambiando; se hacen conscientes de estos y pueden relacionar los acontecimientos de su vida con el tiempo y el espacio en que ocurren.

El pensamiento del niño escolar se caracteriza por estar ligado con los objetos externos; no hace operaciones en la mente, sino que debe contar una por una las cosas reales. A medida que avanza en edad va adquiriendo el concepto de número y, al mismo tiempo, va superando el egocentrismo de su pensamiento para encontrar explicaciones más realistas a sus preguntas sobre el mundo.

En la etapa escolar su curiosidad sexual se dirige a las partes del cuerpo, las diferencias entre niños y niñas y el proceso del embarazo. Adquiere sentimientos morales y desarrolla un código ético que tiene que ver con los valores de los familiares y amigos. Desarrolla el sentido del deber y acepta más fácilmente las responsabilidades de la casa y la escuela. Dedica mucha energía al juego y a los logros escolares.

El lenguaje se va ampliando porque empieza a tener mayores influencias al relacionarse con los maestros y compañeros del colegio. Se interesa por los amigos y le gusta compartir secretos con ellos. Se siente seguro en grupos del mismo sexo, pues se identifica más fácilmente para los juegos. El niño escolar quiere establecer sus propias reglas para los juegos y no acepta fácilmente cuando pierde, pero poco a poco va aceptando las reglas de estos. A los niños de esta edad les gustan los juegos de memoria y de mesa, y armar rompecabezas.

En esta edad, el niño necesita que los padres le den interés a su desempeño en la escuela y le ayuden a superar dificultades. Las habilidades básicas de la lectura, escritura o matemáticas se aprenden con la práctica y su pensamiento irá evolucionando. Los padres pueden aprovechar este período para aprender con los niños. Cuando el niño está estudiando hay que observar de qué manera aprende más fácilmente, para elegir un método adecuado para él, bien sea con la lectura, con dibujos, mapas conceptuales o manipulando elementos.

Las matemáticas pueden ser prácticas y divertidas. Contar los pasos para ir a un lugar le ayuda a aprender sobre el manejo del espacio. Repartir dulces entre varios niños le enseña a dividir. Contar los días que faltan para ir al paseo le ayuda a conocer el tiempo. Se pueden utilizar elementos como el metro para medir objetos de la casa.

Las rutinas familiares estructuran la actividad del niño. El orden en la casa y en sus tareas le ayuda a crear un orden interior. Esta etapa es ideal para desarrollar la fuerza de voluntad y aprender a terminar lo que se empieza. Las relaciones entre padres y hermanos le brindan al niño un modelo que repetirá en sus relaciones escolares y sociales.

Recomendaciones para estimular su desarrollo

  • Lleven a su hijo de paseo siempre que puedan.
  • Para estimular su desarrollo motor se pueden inventar juegos de equilibrio, columpio, amarrar una cuerda gruesa con nudos para que trepe, saltar cuerda, o jugar golosa.
  • Para facilitar el desarrollo de la capacidad para usar las manos estimúlenlo a que practique juegos en los que se incluyan actividades como ensartar, ensamblar, tejer, pintar o moldear arcilla.
  • El ejercicio le ayuda al niño a fortalecer sus músculos y huesos, por lo que no es bueno que pase mucho tiempo viendo televisión.
  • Enséñenle a hacer cuentas del dinero para los mandados en la tienda.
  • Hay que estar pendientes de las dificultades que pueda tener el niño, como inquietud, falta de concentración o poca comprensión del lenguaje. Si no ven adelantos, busquen ayuda profesional.
  • Enséñenle a clasificar los objetos por tamaño, forma, color, uso y posición.
  • Ayúdenle a hacer colecciones para aprender a comparar.
  • Las adivinanzas le ayudan a sacar conclusiones, por lo cual, es muy útil jugar a las pistas para adivinar un personaje.

¿Cómo es el niño de diez a doce años?

La preadolescencia se caracteriza por ser una etapa de muchos cambios. El preadolescente se está adaptando al crecimiento de sus extremidades, que es desproporcionada con respecto al tronco, por lo que su marcha es poco elegante y no es raro que dejen caer fácilmente las cosas o se tropiecen con los muebles. La pinza con sus manos es más perfecta.

Cuando el niño es mayor y practica un deporte necesita que sus padres lo acompañen para disfrutar los triunfos y compartir los fracasos. Los deportes le enseñan al niño a esforzarse por lograr un objetivo común, a adquirir disciplina y a respetar normas. A medida que crece, el niño va buscando juegos de competencia. Cuando el deporte se practica sin presiones le permite desarrollarse físicamente, relacionarse con los demás, y comprender que el esfuerzo y la preparación son necesarios para alcanzar una meta.

El preadolescente se encamina hacia el pensamiento abstracto, es decir, a la posibilidad de hacer operaciones en la mente, sin imágenes concretas de referencia en el exterior, con lo cual, comprenderá relaciones de causa-efecto sin tener que comprobarlas en la realidad. Este tipo de pensamiento aparece en algunas situaciones, pero se presentan ciertas explicaciones poco lógicas.

Los preadolescentes son inquietos, charlatanes y tienen notables cambios en el estado de ánimo. Se les modifica el patrón de sueño, les gusta trasnochar y levantarse tarde. Se preocupan más por el aseo personal que por el de su habitación. Introducen conceptos de rectitud y justicia a los valores morales. Son fantasiosos, con metas muchas veces irreales.

En esta edad se tiene un lenguaje completo, al que se le agregan palabras nuevas que aprende con sus amigos. El joven desplaza las relaciones hacia el grupo de amigos y se produce una modificación en el tipo de vinculación infantil con sus padres. Este hecho puede producir conflictos familiares porque el preadolescente busca independencia y los padres no se resignan a perder el hijo niño. En ocasiones, reclama independencia y rechaza opiniones de los padres, pero, en otras, es inseguro y actúa como si no supiera qué hacer.

Ser padres implica ayudar al preadolescente a convertirse en una persona autónoma. Si se le resuelve todo se vuelve dependiente y egoísta. Hay que estar conscientes de que se enseña no solo por lo que se dice, sino por la manera en que se actúa. Para acompañar a los hijos los padres deben tener una vida sana, equilibrada y estimulante.

Una buena educación sexual le proporciona al niño herramientas para que decida con conciencia, y evita que llegue sin darse cuenta a situaciones que no desea. El niño que ve a sus padres tratarse con respeto y cariño y que disfrutan de la vida juntos aprende lo fundamental de la relación entre un hombre y una mujer: le parecerá natural vivir estos valores en las relaciones que establezca.

Los preadolescentes buscan dentro de la familia el apoyo emocional que los fortalezca para poder afrontar las exigencias del mundo externo. Cuando esta es capaz de comprender sus sentimientos, se sentirá seguro y con la capacidad de relacionarse con otras personas.

Reconocer los sentimientos del niño implica escucharlo con atención, mirarlo a los ojos y dejar de hacer cualquier otra cosa mientras él habla. Nombrar los sentimientos le ayuda a reconocerlo y a entenderlo. No es bueno culparlo cuando se siente triste por un error; poco a poco en la conversación él mismo llegará a la conclusión de que existen ciertas reglas que hay que cumplir.

La solución de conflictos en familia de una manera apropiada, escuchando las posiciones de cada uno y tratando de encontrar la salida más razonable, facilita que el niño desarrolle actitudes positivas en su familia para sus relaciones sociales actuales y posteriores.

Recomendaciones para estimular su desarrollo

  • Respeten el ritmo propio de aprendizaje del niño, sin compararlo con otros.
  • Ofrézcanle respuestas sencillas a sus preguntas, sin darle detalles que no pida.
  • Si el niño tiene un problema, escucharlo puede ser más útil que darle una solución.
  • Eviten actitudes que cierren la comunicación con el niño, como, por ejemplo, quitarle importancia a lo sucedido, amenazarlo, o ignorarlo.
  • Descubran las capacidades de su hijo y ayúdenle a desarrollarlas.
  • Estimúlenlo a que practique un deporte.
  • Déjenlo tomar decisiones, de esta forma, usted apreciará la independencia de su hijo.