“Ese niño se me salió de las manos”

“No puedo con mi hijo”. “Ya no soy capaz con ella”. “Hace lo que le da la gana, no importa que lo castigue”. “No me obedece, se manda sola”. Estas y otras manifestaciones de angustia son dolorosísimas declaraciones de fracaso en su proyecto de crianza que muchos padres expresan, cada vez con más frecuencia, en los consultorios de los pediatras. Y son confesiones de papás y mamás que, según su criterio, han hecho de todo por sus hijos, les satisfacen todas sus necesidades, están siempre pendientes de ellos y hacen ingentes sacrificios, como así lo expresan, “para que no les falte nunca nada”, “para que no pasen por las situaciones difíciles por las que pasé yo”, “porque para eso trabajo, para darle gusto a mi hijo”.

Se trata de niños que desde los 4 o 5 años ya “mandan” en la casa, deciden qué comer, cómo vestirse, qué programa de televisión ver, a qué horas se acuestan, a dónde salir, a quién visitar y cuánto dura la visita, etc. Los padres los califican de niños tiranos, pero llamarlos así es un contrasentido que empieza a explicar en parte el origen de esta situación: para que alguien pueda tiranizar al otro debe tener primero el poder y la fuerza para hacerlo; el niño, por su propia naturaleza, es el ser más vulnerable física y emocionalmente, no tiene poder ni fuerza. Luego, si se volvió un tirano fue porque alguien permitió que se invirtieran los papeles, pues poder y fuerza son condiciones del adulto.

Por esta razón, las relaciones entre padres e hijos tienen que ser de respeto, de afecto, de sana comunicación, pero tienen que ser asimétricas, desiguales: alguien que tiene el poder, la energía, la experiencia, y la inteligencia cognitiva, emocional y social es quien debería dirigir, orientar, acompañar y corregir a otro que, por su misma naturaleza, no tiene aún esas condiciones.

Esa lógica asimetría en las relaciones padres-hijos explica por qué es necesario el ejercicio pleno de la autoridad por parte de los primeros, por qué las relaciones no pueden ser transversales, entre pares, y por qué razón no es congruente que un padre quiera comportarse como un amigo de su hijo, de la misma manera que siempre habrá una relación asimétrica entre el alumno y el profesor, entre el empleado y su jefe, entre el maestro y el aprendiz. Por esas mismas relaciones asimétricas es que no tiene ningún soporte el castigo físico, el maltrato: alguien con poder y fuerza, con más peso y estatura le pega a otro más pequeño y sin fuerza. Aquí sí cabe plenamente la acepción de tirano, alguien que sí abusa del poder que tiene.

¿Por qué se ha llegado a esta situación en muchas familias?

Por supuesto que entran en juego múltiples causas, pero de manera un poco simplista se podrían condensar en las que se exponen a continuación:

 

  • Una crianza sin límites. Esta es la causa fundamental para que se llegue a esta situación del niño tirano. Para entenderla mejor es necesario definir el término: límite significa borde, frontera, pero también significa el extremo hasta donde se puede llegar.

En psicología se refiere a las restricciones que se deben establecer para que el niño aprenda gradualmente a desempeñarse según las normas de su comunidad. Los límites son entonces, ni más ni menos, que la estructura de toda sociedad. Sin ellos hasta la vida misma sería imposible.

Basta imaginar una ciudad en la que no existan límites: no hay límites de velocidad, no hay contravías, no hay giros prohibidos. Como no hay zonas restringidas (límites), cualquiera puede entrar a cualquier sitio, cualquiera puede tomar para sí lo que se le antoje, etc. Los límites son, pues, el fundamento de las normas, las reglas, los principios y las leyes.

No hay la menor duda de que los límites son necesarios. Ningún niño nace con límites y por eso es necesario criarlo, desde el comienzo, con rutinas que le permitirán luego adquirir e interiorizar normas. Siempre, con el ejemplo, con las intervenciones y las restricciones a tiempo, el niño irá aprendiendo hasta dónde puede llegar.

El niño que al año de edad pega una palmada y no se le dice de manera enfática, categórica, mirándolo a los ojos (sin gritarlo ni menos castigarlo), que “¡eso no se hace!”, seguirá pegando. También el niño irá comprendiendo poco a poco que cuando se pasa un límite habrá consecuencias que no serán de su agrado, pero que las debe asumir, pues son el resultado de su comportamiento. Así, gradualmente, se volverá un ser responsable, comprendiendo que no se puede hacer siempre lo que él quiere.

Pero, además de una necesidad, los límites son un derecho de todos los niños, pues con ellos se les ayuda a su crecimiento emocional, intelectual y social. No aplicar límites a los niños desde el comienzo es violar sus derechos y, por tanto, es una forma de maltrato infantil por negligencia. No puede ser pues una opción, sino un deber criar a los hijos con límites.

 

  • El ejercicio inapropiado de la autoridad. En la paternidad el significado de autoridad va más allá de la facultad de ejercer el mando: se refiere a la autoridad personal, es decir, a la influencia que alguien, por sus cualidades morales, psicológicas y sociales, tiene sobre otras personas. Por eso, en la crianza cobra más fuerza todavía el concepto de que la autoridad no se impone por el solo hecho de ser progenitor (papá o mamá), sino que se gana, se adquiere por su sano ejercicio y con el ejemplo.

 

Muchos padres sufrieron de una paternidad autoritaria y tiranizante y al no querer que esa experiencia la vivan sus hijos, se van al otro extremo, esto es, a la autoridad permisiva, sin límites, sin normas, convencidos de que así sus hijos serán más autónomos e independientes. Pero los resultados son precisamente todo lo contrario, pues el niño criado sin normas se siente inseguro y desorientado, es impulsivo y no tiene la capacidad de desarrollar emociones morales, como la empatía o la compasión; por tanto, es incapaz de mostrar y sentir culpa y arrepentimiento, de sentirse avergonzado por sus actos, mantiene un déficit de empatía y no es solidario.

Una característica esencial de la autoridad que se ha venido desdibujando es la firmeza, es decir, la condición de ejercer la autoridad en todo momento, sin vacilaciones, sustentada siempre en la razón, en el respeto y en el afecto (no en el miedo), en la capacidad de comprensión del niño, tomándolo siempre como sujeto de derechos, pero también de obligaciones. Firmeza es saber decir “no” y actuar en consecuencia. Es saber que hay conductas, como por ejemplo el grito, la violencia, el irrespeto, la burla, que no son negociables.

 

  • La sobreprotección. Se está dando una generación de padres que se entregan del todo a los hijos, que con una ansiedad y preocupación constantes piensan y deciden por ellos, los quieren moldear a su amaño. Pero resulta que cuando se sobreprotege al niño realmente se le desprotege, pues se le impide valerse por sí mismo, no se le deja ensayar formas de resolver los problemas cotidianos de la vida, de ejercitar su voluntad, de confiar en sus posibilidades. El hijo sobreprotegido se vuelve un sujeto pasivo que, de manera inconsciente, transforma sus debilidades en exigencias, criándose convencido de que el mundo les debe todo sin nada a cambio.

 

Con la actitud sobreprotectora se frena la inteligencia emocional del niño, pues no aprende a gestionar la frustración, no sabe postergar la gratificación, se altera su autonomía y autoestima; sobreprotegerlo equivale a decirle: “no eres capaz de…”.

El criar niños sin una autoridad democrática, sin límites, volviéndolos el centro de todo, sacrificando todo por ellos, “tratándolos como adultos en miniatura desde que son pequeños, mientras que los cuidamos como bebés hasta que son grandes”, como dice Ángela Marulanda, son, entre otras, las razones de tener niños que caben en la descripción del síndrome del niño tirano o malcriado, que con tan preocupante frecuencia describen los padres.

Se afirma que: “si un niño llega a los cinco años criado sin límites por parte de sus padres, muy difícilmente la sociedad hará esta tarea”. De ahí la importancia de prevenir, de evitar a toda costa esta situación y esto se logra desde antes de la concepción de un hijo, cuando una pareja, de manera voluntaria y autónoma, deciden gestar un hijo y se preparan para ello (la importancia del hijo deseado, planeado, “buscado”).

Luego, desde el nacimiento mismo, se deben establecer rutinas y pautas de crianza que posteriormente se convertirán en normas y estilos saludables de vida, ejerciendo siempre un frente unido de ambos padres ante al ejercicio de la autoridad; aplicando normas sencillas, claras, positivas, firmes y consistentes. Que el niño sepa de antemano qué se espera de él, que conozca tempranamente las consecuencias de sus actos y las asuma, y que de manera progresiva vaya ejerciendo su autonomía en lo físico, moral, intelectual y social. Y todo lo anterior es posible porque los padres saben volverse progresivamente prescindibles, es decir, saben cumplir su auténtica función de padres.

El niño no es un adulto en miniatura, es un menor de edad que necesita de adultos significativos que lo acompañen con afecto, inteligencia, respeto y firmeza en su proceso de desarrollo. De esta manera y en forma progresiva, con avances y retrocesos, él irá adquiriendo la madurez que le permitirá más adelante dirigir su propia vida y responder por sus actos.

 

Por: Luis Carlos Ochoa Vásquez
Pediatra puericultor
Profesor titular de la UPB