El proceso de individuación: desde la infancia a la adolescencia

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La adolescencia es el paso a la adultez. Los padres deben entender que los hijos no les pertenecen y brindarles apoyo en ese proceso de separación que les llevará a su independencia.

Es común que la adolescencia sea considerada por los padres, y a veces también por los médicos, como una etapa difícil o al menos diferente en la vida de los hijos. Quizás esto se deba a que no es fácil entender y aceptar que ya ellos no quieren ni necesitan los cuidados que tan meticulosamente sus padres les ofrecen y además protesten contra el control que aún quieren ejercer sobre ellos, muchas veces percibido como no dejarles elegir o recibir poco apoyo cuando deciden.

Si entendemos a la familia como un sistema de relaciones estables y duraderas, donde se realizan los aprendizajes fundamentales sobre los cuales se elaboran el conjunto de las relaciones sociales y además se tejen los lazos afectivos primarios, podemos comprender que lo que allí ocurre dejará una huella profunda en la vida de todos sus miembros, en particular sobre los hijos.

Toda la familia tiene su propia y única senda de desarrollo que la hace diferente de las demás, a la vez que les crea un sentido de pertenencia a sus miembros y les proporciona un sentimiento de identidad propio.

El niño y su familia crecen en conjunto, la adaptación de la familia a las necesidades de este, define las áreas de autonomía que ella le permite y que él experimenta como separación. De manera que en toda familia se produce una tensión balanceada entre pertenencia y autonomía.

La individuación se define como el proceso por el cual al crecer el niño desplaza sus inversiones afectivas por fuera de la familia de origen, buscando la realización de sí mismo. Es un asunto individual, que al mismo tiempo no se puede hacer de manera solitaria, se necesita del otro para poder llevarlo a cabo. El niño necesita ‘ser parte de’ para tomar distancia, para poder ‘desprenderse’. Algunas personas subrayan más el valor de la individuación-autonomía-independencia como logro posibilitador de salud personal y otros lo fijan en la pertenencia-intimidad-relación; quizás sea mejor plantearlo como dos condiciones inseparables e interdependientes que se necesitan mutuamente, en donde la una es necesaria para que la otra sea posible, de manera que la individuación se haga desde la pertenencia: reconocerse para diferenciarse.

Para comenzar, debe entenderse que para una adecuada individuación debe preexistir una sólida vinculación, se necesita estar previamente ligado a algo para poderse desenganchar. Las bases de la vinculación afectiva se establecen desde el primer año de vida, al construirse lo que se conoce como el apego, que nace entre el niño y su madre (o cuidador primario) a partir de la satisfacción de las necesidades físicas de cuidado y protección, creando un lazo físico y emocional que da seguridad y confianza básica.

A medida que el niño crece, se inicia un proceso de separación que implica una disolución de la fusión física entre el niño y su madre (o cuidador), comenzando en la niñez temprana con la adquisición progresiva de capacidades motrices y lingüísticas que le permiten explorar el mundo, adquirir la conciencia de su madre como persona independiente de sí mismo y tener la certeza de poder volver a ella cada vez que lo necesita. Cuando el apego ha sido fundado de forma segura, finaliza con la construcción de una representación mental sólida de la madre. Las conductas de apego se mantienen a lo largo de toda la vida con diferentes personas, de manera que la construcción de un apego seguro inicial garantiza y facilita las interacciones sociales a lo largo de la vida.

La individuación es un proceso que ocurre a lo largo del ciclo vital familiar y que se pone en juego en todas las relaciones significativas: las del hijo con su padre, su madre y sus hermanos. Incluye dos dimensiones:

–        La separatividad a través de la autoafirmación que le permitirá comunicar claramente sus puntos de vista, reconocerse diferente de los otros, expresarse libremente, y planear y buscar metas.

–        La conectividad que le dará sensibilidad y respeto por el otro, a la vez que flexibilidad o apertura a otros puntos de vista.

Durante toda la infancia continúa el proceso de individuación, pero es en la adolescencia cuando ocurre la etapa más importante con dos procesos críticos: separación y diferenciación de los padres. La diferenciación implica evaluar las tradiciones, roles, reglas, creencias y valores de la familia de origen y cuestionar, descartar o fortalecer cada uno de estos y así autoafirmarse para construir su propia personalidad. La separación que inició en la infancia temprana, continúa con la autosuficiencia, la toma de decisiones y el control personal, llegando finalmente a desprenderse por completo de los lazos de dependencia para convertirse en una persona adulta, con sus propios sueños y metas. El adolescente logra separarse de su familia, pero sigue involucrado y siendo parte de ella.

Un proceso de maduración exitosa requiere la participación de los padres en la creación de un ambiente facilitador, en el cual el adolescente se pueda apoyar emocionalmente en sus intentos de desarrollar una identidad diferenciada, pues, como ya se mencionó previamente, las personas no se individúan de los otros, sino con otros.

La familia se convierte en una plataforma que, por un lado, pone límites flexibles para permitir al adolescente explorar y experimentar el mundo; pero también le ofrece refugio cuando no puede manejar todas sus cosas solo y le proporciona retroalimentación constructiva cuando comete errores en su desarrollo psicosocial. Sin embargo, muchos padres dificultan el proceso de individuación cuando tienen límites amorfos o rígidos, comunicación poco clara, lucha de poderes, intromisión física y emocional, fronteras impermeables o muy disueltas al exterior, o escasa conciencia de los problemas.

Así como los padres cumplen su función primordial, el adolescente necesita también de objetos externos al núcleo familiar que le proporcionen apoyo emocional y le ayuden a continuar con el proceso de individuación; esta función la cumplen los pares, es decir, los amigos de edades similares que ayudan a superar la inseguridad y a desarrollar su personalidad. Las funciones de los padres pasan a tener una menor implicación en el cuidado y control, mientras permanecen en un vínculo de afecto y aceptación. Se establecen nuevos límites que preserven la intimidad y la identidad y, a la vez, el respeto.

Los niveles más altos de individuación posibilitan niveles mayores de interrelación. Los adolescentes que tienen una individuación exitosa, logran de forma temprana construir un proyecto de vida y luchan por seguirlo, establecen vínculos emocionales fuertes con personas fuera de la familia y no tienen dificultad para hacerlo. Por el contrario, cuando han existido problemas durante el proceso de individuación, los adolescentes y adultos no son capaces de delinear sus sentimientos, pensamientos, necesidades y expectativas, lo cual genera una gran dificultad para establecer vínculos afectivos, pues pueden mostrar una barrera de defensa en contra del contacto con otros por inseguridad o, por el contrario, tener una tendencia a la inclusión y la cercanía con dependencia emocional; las relaciones interpersonales se vuelven conflictivas, ya sea por barreras emocionales o por dependencia afectiva. Puede, adicionalmente, acarrear manifestaciones como baja autoestima, ansiedad, depresión, comportamientos disruptivos, trastornos del sueño, de la alimentación y problemas laborales.

Podemos mencionar algunos aspectos facilitadores en el desarrollo de la individuación:

–        Un apego seguro.

–        Una jerarquía en la familia definida, sin luchas veladas de poder.

–        Comunicación fluida y congruente entre los miembros de la familia.

–        Normas claras y roles definidos, pero flexibles ante situaciones de cambio.

–        Facilidad para reconocer los problemas y buscar ayuda para su solución.

–        Fronteras permeables con el exterior.

De igual modo, hay aspectos que dificultan este proceso:

–        Un apego inseguro.

–        La jerarquía no es clara.

–        Comunicación poco clara, con incongruencia entre los mensajes verbales y no verbales. Hay una prohibición implícita sobre la expresión de diferentes opiniones y sentimientos.

–        Normas rígidas y roles inadecuados e inflexibles.

–        Intromisiones continuas en los espacios físicos y emocionales de los hijos.

–        Familias muy fusionadas o, por el contrario, muy desligadas.

–        Fronteras con el exterior rígidas e impermeables o, por el contrario, inexistentes.

–        Escasa conciencia de los problemas y de voluntad para enfrentarlos.

–       Dificultades en el proceso de individuación de los propios padres que favorecen la aparición de problemas de desvinculación de los hijos. Surge la importancia del aspecto transgeneracional en la internalización de los roles, pues los modelos relacionales se aprenden.

Para concluir, es de vital importancia que los pediatras conozcan las etapas y el proceso de individuación en los niños y adolescentes para brindar educación a las familias. Los padres o cuidadores deben saber que la identidad de los niños se está definiendo desde los primeros años de vida y deben estar preparados para entender los cambios que estos van a experimentar. Deben también recordar que los hijos no les pertenecen, no pueden esperar que ellos piensen igual o actúen de acuerdo con sus propios sueños, y que su papel es brindarles apoyo en un ambiente estable, protector, amoroso y con una comunicación fluida, que les permita desarrollar de manera óptima el proceso de separación y diferenciación de la familia, en su paso hacia la independencia y finalmente la adultez.

Por: Alexandra Mora Reyes

Residente III de Pediatría, Universidad Nacional de Colombia, y

María Luz Sáenz Lozada

Pediatra, profesora titular Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Colombia

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