El pediatra amoroso antes, ahora y siempre

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Dar afecto al paciente no es una pérdida de tiempo, es establecer una relación de confianza para enfrentar el reto diario que trae cada historia de vida.

“Un día descubrí que mis iguales no eran los médicos, ni los académicos, ni los profesores, sino los pacientes y que ellos me permitían y aceptaban como amigo sapiente… y la vida se hizo una fiesta continua para mí”.

Florencio Escardó

Es muy gratificante reconocer que como pediatras podemos generar una sensación de confianza, tranquilidad, plenitud y satisfacción, solo con el hecho de escuchar, y tenemos aún más gozo cuando tranquilizamos y acompañamos a los niños, niñas, adolescentes, padres y cuidadores en sus retos de vida para que ellos logren adaptarse y autogestionar sus propios desafíos. Y es este el objetivo que tiene un pediatra cuando se enfrenta a una familia: generar ese confort único, desde la madre y el padre de nuestro paciente, hasta la abuela o el cuidador que nos acompañan. Nuestro primer gesto es fundamental para establecer una conexión con nuestro paciente y su núcleo familiar; una mirada, un saludo amistoso, un apretón de manos y, ¿por qué no?, un abrazo de bienvenida. Ernst Viktor von Leyden solía hacer a sus alumnos esta aguda advertencia: “El primer acto del tratamiento es el acto de dar la mano al enfermo”.

No debemos tener miedo al expresar amor a aquellas personas que acuden a nuestra consulta buscando una solución, un consejo, por eso es importante recordar lo que dice Verghese: “No debemos ser solo doctores, sino ministros para su sanación… dispuestos a cruzar el umbral tradicional del complejo médico industrial y comenzar a comprometerse con el paciente, su vida, su familia y sus propias historias”.

“La medicina es un arte cuya capacidad mágica y creativa ha sido percibida durante mucho tiempo como residente en los aspectos interpersonales de la relación entre médico-paciente”, así lo indica Hall JA, Roter. Siendo esta relación la base del rompecabezas que se avecina en cada consulta; una palabra de afecto o el simple hecho de escuchar lo que el paciente tiene que contarnos puede hacer la diferencia en la mejoría o el deterioro clínico. Una recomendación amorosa, una caricia, o un gesto de fraternidad puede crear un estado de satisfacción que se puede convertir en un estado de sanación y plenitud. No en vano creemos que: “No hay mejor medicamento que uno mismo”.

La importancia del apoyo emocional en la consulta pediátrica se refleja en uno de los apartes del libro Acompañamiento creativo, en donde sus autores Rubén Bild e Iván Gómez afirman que: “Estamos convencidos de que el apoyo emocional pasa por lo que decimos y cómo lo decimos, sin embargo, ignoramos que dar apoyo emocional al niño (…) y a su familia consiste ante todo en saber escuchar”. Lo anterior lleva a cuestionarnos algo tan simple como, por ejemplo: ¿Qué puede decir un paciente de tres años?, y la respuesta es más de lo que nos podemos imaginar. Su sinceridad hace mucho más fácil nuestra indagatoria; no obstante, obviamente tenemos que complementar ese relato con ayuda del cuidador; ese adulto que acompaña, ama y conoce a nuestro paciente. Por eso, es muy importante contagiarnos de los niños, creer en ellos y en los acompañantes. Ser lo suficientemente valientes para enfrentarnos con amor a ese reto diario que se esconde detrás de cada historia de vida.

Más cerca del paciente

Por otra parte, es muy significativo tener presente la confidencialidad en la consulta pediátrica, ya que el secreto profesional es la base de la relación médico-paciente y es por ello por lo que se debe tomar al niño como una persona que es sujeto de derechos; obviamente es fundamental interpretar los comentarios del niño y discutirlos con el adulto, pero nunca vulnerando sus derechos ni violando la confianza que él ha depositado en nosotros.

Este ámbito es crucial, ya que nos permite acercarnos a nuestro paciente y a su familia, de esta forma es mucho más fácil compartir el conocimiento y la información sobre la enfermedad y así mismo facilita la participación del paciente en la toma de decisiones, logrando cambios en la evolución clínica e incluso se puede generar un impacto no solo en la patología del paciente, sino en la vida como tal y esto debe fomentar ante todo el diálogo entre el médico y su paciente y el acto médico completo en toda su dimensión, ya que ningún medio de comunicación virtual o telefónico reemplaza el ejercicio médico hecho en persona.

Dentro de diferentes estudios éticos se mencionan cinco dimensiones analíticas trascendentales en la relación médico-paciente: observación de las necesidades, influencia generada sobre los pacientes y su núcleo familiar, la confianza, la participación emocional y la autenticidad bilateral. Este conjunto de elementos hace que nuestra consulta sea más humana, más cercana y, a su vez, más efectiva. De esta forma, debemos estar más cerca del enfermo y no de la enfermedad, como lo afirma Corrado Viafora.

En nuestros consultorios con frecuencia el afecto parece arrinconado por tres ídolos modernos: la eficacia, la productividad y la planificación. Dar afecto al paciente no es una pérdida de tiempo, es establecer la única atmósfera que permite ejercer la llamada ‘amistad médica’. Es un gran reto contagiar a nuestros colegas de afectividad, pero ahora cuestiono quién es el responsable de esta titánica tarea. ¿Quién inventó la regla de no poder demostrar afecto a nuestros pacientes? ¿Quién inventó esa barrera de escritorio que impide el contacto con las familias? ¿Quién puso límite afectivo a nuestro trabajo? ¿Quién dijo que no podemos jugar mientras examinamos porque perdemos seriedad? ¿Quién impuso la regla de hablarle a los papas y no mirar a los ojos al niño que finalmente es el que está enfermo? El pediatra amoroso no solo es el médico que cura diferentes enfermedades, es aquel ser humano que se contagia de la inocencia del paciente, lo entiende como persona que es sujeto de derechos, lo quiere y no tiene miedo de demostrar su fragilidad al ponerse en el nivel de un niño. Ese pediatra es aquel que con una mirada cautiva y con un abrazo arrulla el llanto de un pequeño.

Finalmente, queremos compartir una frase del pediatra puericultor y catedrático español, Dr. Alfonso Delgado: “Me resisto a diferenciar entre una pediatría en la sanidad privada y otra en la pública; esta distinción en cualquiera de las áreas o especialidades sanitarias es una falacia que no debemos aceptar, ya que ambas ‘sanidades’ no son contrapuestas, sino complementarias y entre ellas debe existir una leal y positiva competencia, ya que ambas están al servicio de la sociedad”. Con lo anterior, queremos expresar nuestro rechazo hacia la visualización de una medicina excluyente y, más bien, resaltar la pediatría que encuentra gozo en la atención a todos sus pacientes, incluyendo a las personas diversamente hábiles (antes llamadas personas en condición de discapacidad), y la invitación para encontrar en su pediatra aquel médico amoroso de antes, de ahora y de siempre.

Por: Dra. Melissa Cruz

Residente de Pediatría I Unisanitas, y

Dr. Germán Soto y Dr. Darío Botero

Pediatras puericultores y docentes Unisanitas

 

Bibliografía

 

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  10. Rof Carballo J. Tecnología y deterioro de la vida. Antologías temáticas. Anthropos #38, págs. 147-150, Barcelona. 1993.

 

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